El viento de la alta noche andina silbaba furioso contra los cristales rotos de la estación meteorológica, filtrándose en ráfagas heladas que estremecían el recinto. Bajo la tenue luz de emergencia, el eco de la revelación aún vibraba en el aire, pesado y asfixiante. Gabriel Rossi —el hombre al que todos daban por muerto en el fondo del cañón del Urubamba— permanecía de pie frente a su hija, con los brazos relajados y una sonrisa cargada de amargura en los labios.Elena Rossi dio un paso al frente, con las manos temblando levemente mientras la pistola táctica apuntaba al suelo. Su mente, habituada a descifrar los algoritmos más complejos del mundo financiero, se negaba a procesar la evidencia física que tenía enfrente.—¡Tú te fuiste... vi caer el vehículo oficial por el precipicio la noche del atentado! —exclamó Elena, con la voz quebrada por una mezcla de dolor, rabia y una confusión abrumadora—. ¡Mi madre guardó luto durante años! ¡Yo crecí cargando con la culpa de un apellido marca
Última actualización : 2026-11-05 Leer más