La habitación era más pequeña de lo que esperaba.Valeria se había imaginado algo dramático, una cámara acorazada revestida de acero e iluminada por una sola bombilla, el tipo de lugar donde un hombre guardaba secretos que pretendía llevarse a la tumba.Sin embargo, lo que encontró fue una oficina sencilla, sin ventanas, con un escritorio, tres archivadores y una pared de estanterías que se extendían desde el suelo hasta el techo. Había una lámpara sobre el escritorio, una silla y absolutamente nada en las paredes.Parecía el despacho de un hombre que no quería que nada le recordara a algo.Alejandro se hizo a un lado y le permitió entrar primero. Marina entró detrás de ella y se detuvo justo después del umbral, todavía con los brazos cruzados, observándolo como observaba a un testigo hostil.—Es aquí —dijo Valeria. Giró lentamente sobre sí misma, asimilándolo todo—. Catorce años, y aquí es donde guardaste todo.—Sí —respondió Alejandro.—Podrías haberlo puesto en cualquier otro lugar
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