Esa noche, ya era tarde cuando mi madre me llamó. Me preguntó con cariño si me estaba adaptando a vivir sola en aquel pueblo. Le respondí tranquila que todo iba bien. Ella guardó silencio al otro lado de la línea, luego suspiró y bajó la voz.—Cariño, llevaba tiempo queriendo decirte algo —confesó mi madre en voz baja—. Cada vez que volvías de un viaje con Roman, te veía con la mirada apagada. Pero tú lo querías y me daba miedo decírtelo porque no quería hacerte sentir mal.Me ardieron los ojos al escucharla y apreté el teléfono contra la oreja.—Mamá, ¿de verdad fui tan tonta? —le pregunté con un nudo en la garganta.—No, hija. No fuiste tonta —me aseguró tras una risa suave al otro lado de la línea—. Cuando somos jóvenes, nos empeñamos en perseguir lo que creemos que nos tiene reservado el destino. Si al final encuentras la manera de salir de ahí, todo habrá valido la pena.Le di la razón con un murmullo. Después de colgar, apoyé los brazos en el borde de la ventana de mi depart
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