Me atrae mucho cómo la hipnosis aparece en mitad del rumor popular y la literatura científica; tiene algo de espectáculo y algo de laboratorio, y la verdad es que la ciencia española ha ido poniendo luz sobre qué funciona y qué no. En la práctica clínica la hipnosis se entiende como un estado de atención focalizada y aumento de la sugestionabilidad, no como control mental absoluto. Estudios modernos, tanto internacionales como de grupos de universidades y hospitales españoles, muestran que la hipnosis modifica la percepción del dolor, reduce la ansiedad y mejora la respuesta a tratamientos complementarios cuando se aplica por profesionales formados. No es una cura milagrosa, pero sí una herramienta válida en el arsenal terapéutico, especialmente como terapia adjunta en dolor crónico, en procesos oncológicos para controlar ansiedad y náuseas, y en unidades de parto o odontología para reducir la necesidad de medicación en casos seleccionados.
A nivel neurofisiológico la investigación ha venido mostrando cambios concretos: alteraciones en la conectividad entre regiones frontales y parietales, mayor implicación del cíngulo anterior en la modulación de la atención y variaciones en redes como la llamada red en modo predeterminado. En términos sencillos, el cerebro bajo hipnosis puede reconfigurar cómo procesa señales sensoriales y emocionales, lo que explica por qué el dolor puede percibirse con menos intensidad o por qué una persona puede dejar de experimentar náuseas tras una sugestión. En España hay equipos que usan herramientas de imagen y electroencefalografía para medir estos efectos, y clínicas que integran la hipnosis en programas de manejo del dolor o en psicoterapia. La evidencia para dejar de fumar o para tratar ciertos trastornos psicológicos es mixta: hay estudios positivos, pero la consistencia y la magnitud del efecto varían según el diseño y la pericia del terapeuta.
Es importante separar la realidad de los mitos. La hipnosis no obliga a nadie a actuar contra sus valores ni permite implantar recuerdos exactos; por el contrario, la memoria puede volverse más maleable y existe riesgo de crear falsos recuerdos si no se evita la sugestión indebida. En el contexto español la práctica responsable suele estar vinculada a profesionales sanitarios —psicólogos y médicos— y a formaciones acreditadas; lo que circula en redes o en espectáculos de escenario responde más a dinamización social y obediencia del grupo que a un trance misterioso. En cuanto a seguridad, cuando la hipnosis la aplica personal formado es generalmente segura, aunque se debe tener precaución en personas con psicosis o con traumas no procesados, porque pueden aflorar contenidos emocionales intensos.
Personalmente me gusta pensar en la hipnosis como una habilidad relacional y técnica: funciona por atención, expectativa y la relación terapeuta-paciente, y la ciencia española ha ido desentrañando sus mecanismos y límites. Si uno la aborda con sentido crítico y con profesionales responsables, puede ser una alternativa útil y complementaria; si la buscas como solución instantánea o truco, decepciona. Al final, la hipnosis me sigue pareciendo una mezcla fascinante de mente, cuerpo y contexto, y merece respeto tanto en la clínica como en el debate público.