Me llama la atención cómo «esnob» se usa hoy casi como un comodín cuando la gente quiere señalar pretensión social o cultural.
En mi experiencia, en las calles y en las conversaciones cotidianas se aplica tanto a quien presume de gustos caros como a quien se cree superior por escuchar cierto tipo de música o leer autores 'difíciles'. No siempre es un insulto directo: muchas veces se dice en plan broma para tocar un nervio social, como cuando alguien comenta que solo come en restaurantes con estrella o que solo lee autores clásicos. Para mí eso mezcla dos cosas: por un lado, la crítica a la ostentación; por otro, el rechazo a lo que se percibe como gatekeeping cultural.
Al final creo que en España actual 'esnob' es una etiqueta rápida que señala distancia social simulada —esa actitud de decir «yo sé más, tengo mejor gusto»— y también una forma de gestionar inseguridades propias sobre el estatus. Lo interesante es que ahora se usa igual para el postureo en redes que para la actitud en la vida real, y suele venir con ironía y cierta sorna. Yo lo escucho seguido y me hace pensar en cuánto valoramos la autenticidad hoy en día.
Me fijo en detalles pequeños que muchos pasan por alto cuando miro perfiles: fotos siempre en el mismo sitio ‘cool’, frases en inglés soltadas como quien deja caer un trofeo y menciones continuas a restaurantes o librerías de moda. Suelen presentar sus gustos como únicos y, si alguien propone algo distinto, la respuesta suele ser condescendiente o ignorante por encima de razonamientos. En España eso se nota en referencias locales: hablan de barrios concretos de forma performativa, citan festivales y eventos culturales con un tono de exclusividad, y usan etiquetas para marcar pertenencia más que para compartir.
También observo su conducta en los comentarios: corrigen de forma pública errores mínimos (sobre todo ortográficos o de gustos), presumen de haber leído obras clásicas —a veces con citas sueltas— y rara vez participan en conversaciones sin llevar la conversación hacia lo que ellos consideran “alto nivel”. No va tanto de tener gustos diferentes como de poner puertas al resto. Al final, reconocer a un snob en redes es ver cómo convierte cualquier tema en una prueba de estatus personal, y a mí me cansa porque apaga el diálogo auténtico.
Me topé con la palabra snob en muchas tertulias culturales y sigue sonando igual de punzante: alguien que pone el estatus y la apariencia por encima de la experiencia real. Tengo 48 años y he visto cómo ese término se aplica a personas que desprecian lo popular solo porque consideran que lo accesible no tiene valor. En España eso suele mezclarse con clase social: no es solo que prefieran cierto vino o cierto restaurante, sino que lo usan como tarjeta de presentación para excluir a otros.
En mi círculo literario, por ejemplo, llamamos snob a quien presume de leer solo «literatura seria» y mira por encima del hombro a quien disfruta de bestsellers o cómics. Con las redes sociales, el fenómeno ha evolucionado: ahora hay snobismo de postureo, basado en etiquetas, marcas y certificaciones rápidas de cultura. Eso hace que a veces el juicio sea más performativo que honesto.
Al final, lo que más me molesta es la distancia que crea: el snobismo en España puede ser un mecanismo de defensa ante inseguridades, y también una forma de mantener privilegios. Personalmente prefiero la curiosidad a la exclusión; me quedo con lo que amplía mi mundo, sea popular o no.