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Mi íncubo desobediente

Mi íncubo desobediente

By:  Lilith VaneCompleted
Language: Spanish
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"Mi íncubo llegó hace un mes y todavía no deja que lo toque. ¿Por qué pasa esto?" Escribí al asesor con el ceño fruncido, ya perdiendo la paciencia. La respuesta del agente no tardó en llegar, redactada con esa cortesía empalagosa de siempre. "Señorita, nuestras unidades suelen estar ansiosas por convivir con sus dueñas. Si el suyo se comporta así, lo más probable es que esté defectuoso. Si gusta, podemos tramitar el cambio ahora mismo. El nuevo le estaría llegando en una semana." Me quedé mirando a Diego. Era perfecto, tal como lo había soñado siempre. No podía con el pensamiento de devolverlo. Decidí darle un voto de confianza y esperar unos días más. Si de plano no funcionaba, intentaría mandarlo a reparar. Me encantaba demasiado como para rendirme así de fácil. Pero todo se fue al carajo durante la cena familiar. Fue ahí donde sentí un nudo en el estómago al darme cuenta de que mi íncubo tuvo una reacción al ver a mi hermanastra... que estaba sentada justo frente a él. En ese momento, caí en cuenta: el día que llegó el paquete, fue ella quien lo abrió. Esa misma noche, volví a contactar al asesor. "¿Me confirman que el nuevo llega en una semana? Olvídenlo, mándenme el reemplazo de una vez."

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Chapter 1

Capítulo 1

Diego tenía los ojos inyectados en sangre y el ceño tan fruncido que parecía estar al límite de sus fuerzas.

En los últimos días, se había ido consumiendo, desgastándose frente a mis ojos.

Se dejó caer en la orilla de la cama, jadeando, mientras yo hojeaba el manual de Cómo domar a un íncubo.

—Aquí dice clarito que, con tan solo... —me aclaré la garganta, sintiendo cómo me ardía la cara—, con eso debería bastar para que se te pase.

Levanté la mano hacia su cuello. Justo bajo la clavícula, resaltaba un pequeño lunar carmesí que subía y bajaba al ritmo de su respiración agitada. Era una maldita tentación.

Pero justo cuando iba a rozarlo con los dedos, me apartó de un empujón.

Me miré la muñeca, donde la piel clara empezaba a enrojecerse por el golpe, y fruncí el ceño. Todavía no dejaba que lo tocara.

—Perdón —dijo él, clavándome una mirada sombría y pesada—. Fue un reflejo.

Soltó un suspiro pesado y se puso de pie.

—Necesito un baño de agua fría.

Mientras lo veía alejarse, saqué el celular para contactar al asesor.

Diego era mi capricho más reciente, mi adquisición de hace apenas un mes. Me había costado una fortuna y lo diseñaron justo a mi medida. Y tuve que esperar un año entero para que por fin me lo entregaran.

Lo irónico era que, se supone que los íncubos deben saciarse con su dueña para sobrevivir, pero él se negaba a dejar que le pusiera una mano encima.

"¿Por qué mi íncubo actúa tan distinto a los demás? Se nota que la está pasando fatal, pero por más que quiero ayudarlo, no deja ni que lo roce."

Con el ruido del agua corriendo en la ducha de fondo, esperé la respuesta del asesor.

"¡Hola, nena! Una pregunta, ¿ya cerró el vínculo con él?"

Me había leído el manual al derecho y al revés, no iba a cometer una estupidez así.

"Obvio. Lo vinculé la misma noche que llegó."

El chat se quedó mudo un buen rato hasta que respondieron.

"Qué raro... Nuestros íncubos están entrenadísimos para ser bien encimosos. Lo normal es que no quieran despegarse de sus dueñas ni un segundo."

Empecé a perder la paciencia.

"¿Y para qué le mentiría? Le estoy diciendo que algo anda mal."

El asesor respondió con ese tono profesional y ensayado de vendedor.

"No se me altere, reina. Hagamos algo: devuélvalo y le mando uno nuevo ahorita mismo. Le estaría llegando en unos siete días."

Casi al mismo tiempo que leí ese mensaje, la puerta del baño se abrió.

Diego salió envuelto apenas en una toalla blanca.

Gotas de agua le recorrían las sienes, bajando por el ángulo marcado de su mandíbula y perdiéndose entre sus pectorales y abdominales, hasta desaparecer bajo la tela.

Se me secó la boca.

Era demasiado mi tipo. Literalmente estaba hecho a mi medida, y resultaba que me había salido defectuoso.

"Voy a observarlo un poco más. Si no mejora, ahí veré si pido que lo reparen."

La intención del asesor era retirarlo y cambiarlo por otro, pero me daba demasiada lástima deshacerme de él.

"Entendido, linda. Cualquier cosita me avisa por acá. ¡Besitos!"

Bloqueé el celular. Al ver su rostro pálido y sus ojos enrojecidos, no pude evitar sentir una punzada de compasión.

—Acabo de hablar con el asesor —le dije en voz baja—. Dicen que nunca se habían topado con un caso como el tuyo...
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