Me apasiona cómo los cuentos antiguos se instalan en la cultura y luego se transforman, y con «La Belle et la Bête» ocurre justo eso: no es una historia real en el sentido histórico, sino
un cuento literario que toma motivos de mitos y folclore.
La versión que la mayoría de gente conoce viene de Europa del siglo XVIII: primero apareció una versión extensa de Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve y luego, más difundida y condensada, la adaptación educativa y moralizante de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont. Esos textos no relatan hechos verídicos, sino que trabajan arquetipos—la belleza, la bestia, la prueba del amor verdadero—que ya estaban en relatos más antiguos como «Cupido y
psique» y en tradiciones orales que se encuentran en muchas culturas. Hay además hipótesis interesantes que discuten si figuras históricas como Petrus Gonsalvus, un hombre del siglo XVI con hipertricosis que vivió en la corte europea, pudieron inspirar parte de la iconografía de la «bestia», pero eso jamás convierte la fábula en un acontecimiento verdadero.
En mi lectura, lo valioso no es si pasó o no, sino lo que el cuento explora: la transformación interior, los prejuicios sobre la apariencia y la idea de que el amor puede redimir. Es una fábula construida sobre otras historias y sobre imaginación humana, no un testimonio histórico, y por eso sigue sintiéndose tan universal y adaptable hoy en día.