Me encanta desempolvar relatos que quedan a un lado en las lecturas rápidas; hay mujeres en la Biblia cuyas historias son pequeñas minas de significado y valentía que rara vez se cuentan en las catequesis habituales.
Pienso en Rizpah, la concubina de Saúl, que aparece en «2 Samuel» casi como una nota al margen y sin embargo deja una imagen inolvidable: después de que los cuerpos de los ejecutados quedaran expuestos, ella se planta sobre las rocas y vigila los cadáveres con piel y alma, día y noche, hasta que el rey toma acción. Esa fidelidad dolorosa habla de duelo, de memoria pública y de protesta silenciosa.
Hay otras figuras que ejercen poder desde lugares inesperados. «Hulda» —la profetisa consultada en tiempos del rey Josías según «2 Reyes»— legitima cambios religiosos grandes con una palabra; su autoridad muestra que el flujo profético no es solo masculino. «Jael», en «Jueces», es una audaz que ejecuta a Sisera en un acto que mezcla astucia y violencia para terminar con una opresión; más allá de lo gráfico, me interesa cómo su acción altera el curso de una comunidad.
Me conmueven también las que actúan en derecho y supervivencia: las hijas de Zelofehad, relatadas en «Números», que demandan herencia y cambian la ley para mujeres; Shifrá y Puá, las comadronas de «Éxodo», que desobedecen un edicto genocida y salvan vidas; y Tamar, en «Génesis», cuyo recurso extremo para asegurar descendencia pone sobre la mesa las fallas de un sistema patriarcal. Además, figuras del
nuevo testamento como Febe, que Pablo llama «diaconisa», y Junia, mencionada entre los apóstoles en «Romanos», me recuerdan que en las primeras comunidades cristianas muchas mujeres tuvieron papeles centrales. También Lydia, la comerciante de tejidos que recibe a la iglesia en «Hechos», y la silenciosa Anna, la profetisa anciana en «Lucas», completan un mosaico: mujeres que rezan, defienden, interceden y transforman.
Me gusta volver a esos episodios porque cada uno, aunque breve en el texto, abre debates sobre poder, género y memoria. Estas narrativas menos conocidas ayudan a imaginar una historia religiosa más compleja y llena de voces que merecen ser leídas en voz alta.