3 Answers2026-01-26 09:12:19
Hay un plan que nunca falla: madrugar, coger binoculares y dejar que el día te sorprenda entre juncos y dunas.
Yo suelo llegar a Doñana desde Sevilla o Huelva, dependiendo de dónde salga mi tren o coche de alquiler. Lo más importante que aprendí con el tiempo es que gran parte del parque está protegido y sólo se accede con visitas autorizadas: reservas oficiales, recorridos en 4x4 con guías o rutas desde pueblos como El Rocío y Matalascañas. Por eso siempre consulto la web del parque o llamo a un centro de visitantes para ver horarios, puntos de acceso y plazas disponibles antes de planear el día.
En el terreno, me gusta combinar un trayecto en todoterreno por las marismas con un paseo a pie por las dunas y algún observatorio de aves. Las mejores épocas que recomiendo son la primavera (marzo-mayo) y el otoño (septiembre-noviembre) por las migraciones y la actividad animal; el verano puede ser abrasador y muchas rutas se limitan. Llevo siempre agua, protección solar, repelente, botas cómodas y un buen juego de prismáticos. También respeto las normas: no salgo de los senderos, no doy comida a los animales y evito ruidos innecesarios.
Acabar la jornada en El Rocío, con su atmósfera única, o en la playa de Matalascañas, viendo cómo se tiñen las marismas al atardecer, me parece el broche perfecto. Cada visita me deja alguna foto diferente y un recordatorio de por qué merece la pena cuidar este rincón único de España.
3 Answers2026-01-26 09:08:41
Me encanta perderme en mapas y, por eso, me obsesioné con las marismas del sur de España. Las más extensas y famosas son las relacionadas con el estuario del Guadalquivir: hablamos del gran complejo de marismas que incluye a Doñana y las marismas del Guadalquivir, repartidas entre las provincias de Huelva, Sevilla y Cádiz, en Andalucía. Es una zona de transición entre río y mar, con salinas, canales, llanuras lodosas y dunas móviles; esa mezcla crea enormes superficies inundables que funcionan como refugio para miles de aves migratorias y especies endémicas.
He pasado muchas horas leyendo sobre su importancia: Doñana, además de ser parque nacional y reserva de la biosfera, actúa como pulmón y filtro natural. Las marismas del Guadalquivir forman un mosaico que históricamente se ha usado para pesca, ganadería y salicultura, pero también han sufrido presiones de desecaciones, regadíos y urbanización. Aun así, su extensión y heterogeneidad las convierten en las marismas más representativas y, en conjunto, las mayores de España por su continuidad y valor ecológico.
Me gusta recordar que no solo son paisaje, sino historia viva: en primavera el cielo se llena de fumareles, zarapitos y grullas, y caminar por sus orillas te hace sentir conectado con ciclos naturales que parecen perderse en otros lugares. Para mí, son uno de los mejores ejemplos de cómo un humedal puede ser enorme, variado y absolutamente imprescindible para la biodiversidad.
3 Answers2026-01-26 20:27:50
Perderme entre juncos con la cámara al hombro es una de esas pequeñas maravillas que las marismas españolas regalan sin pedir nada a cambio.
En mis recorridos por Doñana y por las riberas del Ebro suelo combinar observación de aves en los hides con paseos en barca por los meandros; los paseos en embarcación son tranquilos y te acercan a garzas, espátulas y bandadas de flamencos sin molestarlos. También disfruto mucho de las rutas en bicicleta por caminos habilitados y de las sendas cortas con paneles interpretativos que explican cómo funcionan las mareas y la salinidad. A primera y última hora del día la luz es de película, perfecta para fotografía y para sentir el silencio distinto que tienen las marismas.
Además, en sitios como las Marismas del Odiel y el Delta del Ebro hay actividades guiadas: recorridos en 4x4 autorizados, paseos a caballo por senderos marcados y talleres sobre pesca tradicional o extracción sostenible de moluscos en temporada. Para quien busca algo más activo, el kayak o la canoa por canales interiores es estupendo; te deslizas muy cerca de la vida silvestre y, si vas con un guía, aprendes sobre la flora y la dinámica del ecosistema. Termino siempre con algo de comida local: arroces del Delta o pescado fresco mirando al agua, y me quedo con la sensación de que las marismas te enseñan a bajar el ritmo y apuntar al detalle.
3 Answers2026-01-26 14:55:14
Recuerdo un amanecer en Doñana en el que el cielo parecía pintado con flamencos; aquel espectáculo me pegó a la orilla y cambió la forma en que miro las marismas. Allí abundan las aves acuáticas: flamencos, garzas (garza real, garceta común), espátulas, cigüeñas y cucharas, además de multitud de ánades y porrones que utilizan las lagunas para alimentarse y descansar. Las orillas tienen chorlitos, avocetas y zarapitos que buscan pequeños invertebrados en el fango, mientras las camas de pastos salinos sostienen grupos de gaviotas y charranes.
También recuerdo haber visto rastro de nutria en un canal y cómo los visones americanos y el cangrejo rojo americano («Procambarus clarkii») han cambiado el equilibrio; las marismas no son sólo aves: hay zorros, gineta, jabalíes y pequeños roedores que forman parte de la red trófica. En el agua se mueven anguilas, mújoles y gobios, y en las charcas salobres sobreviven tortugas de estanque y serpientes como la culebra de agua.
Pensando en la biodiversidad, me fascina la importancia de las microcomunidades: las salinas con sus diatomeas y el camarón de salmuera que tiñe de rosa las lagunas alimentan a los flamencos, y las praderas submarinas sostienen peces reproductores. Las marismas españolas, desde el Guadalquivir hasta Santoña y el Odiel, son refugio, corredor migratorio y un recordatorio de lo frágil que es ese equilibrio frente a la contaminación y la presión humana; conmueve y motiva a cuidarlas.
4 Answers2026-01-26 23:39:56
Recuerdo caminar entre juncos que rozaban la cara y sentir que estaba dentro de un latido vivo del paisaje.
He pasado años fijándome en cómo las marismas del sur de España, esas planicies salobres y encharcadas, sostienen una biodiversidad que parece salida de un atlas natural: aves migratorias que hacen escala, peces que se crían en canales tranquilos, y una maraña de invertebrados y plantas halófitas que filtran el agua. Para mí, lo más impresionante es su papel como vivero; muchas especies comerciales de pesca dependen de las marismas en alguna fase de su ciclo, y sin esos espacios las pesquerías locales perderían su base.
También pienso en las marismas como guardianas: absorben agua de lluvia y mareas, reducen la energía de las olas y amortiguan inundaciones, algo crucial en un país con zonas costeras densamente pobladas. Además, almacenan carbono en sus suelos anóxicos, ayudando a mitigar el cambio climático aunque ese valor muchas veces pase desapercibido. Cuando se destruyen, liberan ese carbono y pierden su capacidad de depuración natural, lo que incrementa la contaminación aguas abajo.
Ver las marismas protegidas, restauradas y conectadas a ríos es una de esas pequeñas victorias ambientales que me llenan de esperanza. Me quedo con la idea de que conservarlas significa cuidar no solo naturaleza salvaje, sino también la seguridad y el sustento de comunidades humanas que llevan generaciones enlazadas a esas mareas.