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Siento que la clave está en lo cercano: en el vecindario, en el instituto y en la conversación de la sobremesa.
Desde mi mirada tranquila, lo esencial es reforzar la participación ciudadana cotidiana. Fomentar consejos de barrio, foros municipales y procesos participativos sinceros donde la gente vea que su voto y su opinión generan resultados concretos corta el terreno del populista que promete soluciones instantáneas. También pienso que las políticas sociales que combaten la precariedad y la exclusión desactivan la rabia que alimenta discursos simplistas.
Finalmente, creo en el poder de las historias: clubes de lectura, cine fórum y talleres culturales que acerquen narrativas plurales y enseñen a entender al otro. No es una receta veloz, pero sí una ruta práctica y humana para recuperar confianza y diálogo en España, paso a paso.
Con la mochila llena de cómics y fanzines, veo el populismo desde una mirada juvenil y práctica: lo enfrentas donde ocurre, en la calle, en las redes y en las conversaciones de bar.
Creo que la estrategia tiene que ser táctica y creativa. En lo inmediato, campañas de verificación rápidas y accesibles, influencers responsables que expliquen con ejemplos sencillos y accesibles por qué ciertos mensajes manipulan emociones. También es vital trabajar la moderación transparente en plataformas y exigir reglas claras sobre publicidad política, microtargeting y bots; sin caer en censuras injustas, pero sí pidiendo cuentas a las empresas tecnológicas.
A medio plazo, hay que construir alternativas atractivas: movimientos ciudadanos que no rehúyan el lenguaje emocional pero lo usen para proponer soluciones concretas, espacios de participación juvenil en barrios y colegios y políticas que atiendan preocupaciones reales como empleo, vivienda y sanidad. Yo creo que la juventud puede hacer mucho cambiando la conversación: menos victimismo, más propuestas y más diálogo con quien piensa distinto, sin perder la firmeza en los principios.
Me he pasado noches dándole vueltas a esto y creo que combatir el populismo en España exige un enfoque de largo recorrido, no soluciones mágicas.
Con cuarenta y tantos años de lectura y debates con amigos de todo tipo, veo que lo primero es fortalecer la educación cívica y la alfabetización mediática desde la escuela. No me refiero solo a aprobar leyes: hablo de que la gente aprenda a identificar bulos, entienda cómo funcionan las instituciones y reconozca argumentos falaces. Las novelas y las películas que leemos y vemos también importan; historias como «1984» sirven de advertencia cultural, pero hay que traducir esa reflexión a talleres prácticos donde la gente tenga herramientas reales para pensar críticamente.
Paralelamente pienso en medidas institucionales: transparencia real en financiación política, órganos reguladores independientes, periodismo local con recursos y reglas claras para la publicidad política online. En lo social, hay que reducir la desigualdad que alimenta el resentimiento con políticas públicas creíbles. Me gusta imaginar pequeñas alianzas ciudadanas —bibliotecas, asociaciones de vecinos, clubes de lectura— como redes de defensa contra la demagogia, espacios donde practicar la deliberación y el respeto. Al final, creo que la vacuna contra el populismo es una mezcla de cultura política, instituciones fuertes y redes comunitarias que recuperen la confianza entre personas.