Hay algo liberador en convertir el dolor en versos.
Cuando quiero escribir sobre el
desamor, empiezo por dejar de buscar frases hechas y me vuelvo casi detective de pequeñas imágenes: el vaso que quedó con agua tibia, la canción que cortó la tarde, la ropa doblada en silencio. Escribo listas de sensaciones antes de formar estrofas; así mi poema respira lo concreto y evita la grandilocuencia. Me entretengo con metáforas que no suenen rematadamente románticas: en lugar de decir «me rompiste el corazón», prefiero decir que «mi boca aprendió a guardar inviernos». Eso me ayuda a mostrar el dolor en vez de nombrarlo.
Después juego con la forma: a veces un verso largo que se desliza sin punto, otras veces cortes secos que recuerdan un golpe. Uso el ritmo como si fuera luz: dejar un silencio, repetir una palabra como un latido, romper una línea en el punto exacto donde quisiera que el lector contenga la respiración. Leo en voz alta, y si me suena falso lo corto, lo vuelvo a pulir. También pruebo escribir desde un yo que no es totalmente el mío; la distancia a veces deja ver detalles que la rabia oculta.
Al final, permiso que el poema quede imperfecto. El desamor no necesita conclusiones científicas; pide honestidad y textura. Cuando lo releo, busco una frase que me deje un escalofrío pequeño: esa es la que suele sostener el resto. Me voy con la sensación de haber puesto en papel algo que antes me daba vueltas en la garganta, y eso, aunque no cure, halaga un poco.