La recepción crítica de «El día que se perdió el amor» en España generó debates intensos y opiniones encontradas desde que empezó a circular, y recuerdo la mezcla de halagos y reproches en redes y revistas especializadas.
Yo noté que una parte importante de la crítica se centró en las actuaciones: muchos criticones alabaron la entrega de los protagonistas, destacando cómo lograron transmitir vulnerabilidad y tensión en escenas clave. También se valoró la fotografía y la intención visual del director, que intentó crear una atmósfera melancólica y urbana con planos largos y una paleta cromática apagada. Parte de la prensa cultural reconoció el riesgo formal del proyecto y su apuesta por un tono intimista, además de comentar que la banda sonora acompañaba con buen tino las variaciones emocionales del guion.
Sin embargo, las críticas más duras atacaron la estructura narrativa y la sensación de exceso dramático. Varias voces señalaron que el ritmo se resiente en tramos centrales: escenas que deberían aportar claridad acaban alargando conflictos y provocan una sensación de repetición. También se comentó la presencia de subtramas que no resolvían bien su propósito, lo que para muchos dejó una impresión de desorden en el guion. En cuanto al tratamiento temático, algunos críticos reprocharon que la película cae en lugares comunes sobre el amor perdido y la culpa, con soluciones demasiado didácticas en el clímax, mientras que otros sintieron que ciertos personajes fueron utilizados como arquetipos más que seres complejos.
A nivel público hubo división: espectadores que buscan cine emocional y artísticamente ambicioso defendieron con pasión «El día que se perdió el amor», apreciando su tono contemplativo y la carga sensorial; por otro lado, quienes prefieren tramas más compactas o finales cerrados se mostraron frustrados. En plataformas y redes se formaron hilos con reseñas entusiastas que destacaban detalles y símbolos que resonaron con algunos, mientras que comentarios más críticos apuntaban a que, pese a buenas intenciones, la película no siempre logra conectar a nivel narrativo. También se habló sobre la dirección actoral y la decisión de enfatizar silencios y miradas, algo que para unos resulta potente y para otros excesivamente hermético.
Personalmente, disfruté su valentía estética y la intensidad de ciertas escenas, aunque reconozco que el guion podría haberse apretado en algunos momentos para mejorar la tensión dramática. Creo que «El día que se perdió el amor» es de esas piezas que polarizan: funciona muy bien si uno se deja llevar por su pulso emocional y su atmósfera, pero puede resultar frustrante si se busca una trama tradicional o respuestas claras en cada giro. Al final, me quedo con la sensación de que provoca conversación, que a veces es justo lo que necesita el cine para seguir vivo.