Tengo la sensación de que Michôd quería que sintiéramos el trono como un lugar frío y peligroso.
En «The King» él deja a un lado
el esplendor teatral tradicional de las
obras de shakespeare para presentar algo mucho más seco y directo: un viaje interno de poder que se construye con
miradas, silencios y paisajes húmedos. Se nota que buscó realismo, casi documental, para que el
espectador experimente la casa del reino como una
jaula más que como un pedestal. Eso explica la paleta apagada, la cámara cercana y las escenas de batalla filmadas de forma áspera, sin idealizar la violencia.
También veo la huella de su trabajo anterior: Michôd viene de contar historias de violencia y fricción moral, así que en «The King» apuesta por la ambigüedad ética y por mostrar las consecuencias humanas d
el poder. Quería que Henry fuera humano antes que un héroe legendario, que el trono pesara en sus hombros y que la política fuera sucia y tangible. Al final me quedó la impresión de una película que busca más preguntas que respuestas, y eso me gustó porque rompe la mitología y nos deja con la duda.