Me fascina el brillo profundo del
ónix y cómo cambia según la luz; por eso me esfuerzo en cuidarlo bien. Primero, conviene entender que el ónix es una variedad de sílice con una dureza moderada, así que no es invencible: evita golpes y ralladuras. Para la limpieza diaria o después de usar una pieza, uso agua tibia con un jabón neutro y un paño suave; si hay suciedad incrustada, frotar suavemente con un cepillo de cerdas muy suaves ayuda. Nunca uso limpiadores abrasivos, amoníaco ni lejía, porque pueden opacar la piedra o afectar si está teñida.
Para dejarlo realmente reluciente, lo seco con microfibra y a veces lo pulso con una gamuza de pulido para joyería; una gota pequeña de aceite mineral o aceite de bebé puede realzar el tono negro, pero lo aplico con moderación y lo retiro bien para que no atraiga polvo. Evito los ultrasonidos y el vapor, especialmente en piezas con engastes o tratamientos.
Finalmente, guardo cada pieza separada en bolsitas de tela o en compartimentos acolchados para que no se raye con otras joyas, y procuro quitarme los anillos y colgantes al lavar platos, al hacer deportes o al aplicar productos químicos. Para piezas antiguas o muy dañadas, prefiero llevarlas a un profesional para pulido; así preservo la pátina y el brillo sin riesgos. Me gusta pensar que con pequeños cuidados el ónix envejece con dignidad y siempre luce espectacular.