Me fijo en los detalles con una lupa antes que nada. He pasado años mirando piedras en mercadillos y tiendas pequeñas, así que lo primero que busco son las bandas. El
ónix auténtico, que es una variedad de calcedonia, suele mostrar estrías
paralelas y muy regulares; si la pieza tiene un negro uniforme perfecto sin líneas o con vetas que parecen pintadas, sospecho de una imitación.
Además, uso tres pruebas rápidas que no dañan la pieza: toque para la sensación térmica (la piedra verdadera se siente fría al tacto y tarda en temperarse), peso en la mano (el vidrio y el plástico suelen sentirse más ligeros o, en el caso del vidrio, más pesados de forma distinta) y mirar con lupa si aparecen burbujas redondeadas o líneas de flujo curvadas, típicas del vidrio. Bajo luz fuerte busco brillo ceroso en lugar de brillo vítreo.
Si quiero confirmarlo, llevo una pequeña prueba de acetona para ver si hay tinte superficial que se desprenda, y, si tengo a mano, uso un refractómetro portátil: el ónix tiene un índice de refracción cercano a 1.54 y una densidad alrededor de 2.6. Todas esas señales juntas me ayudan a distinguir imitación de real, y al final siempre me quedo con la sensación de haber hecho una compra más segura.