Recuerdo debatir durante horas en hilos polvorientos sobre por qué Cthulhu aparece como algo tan antiguo y terrible, y una de las teorías más populares que suelo ver sostiene que es literalmente un ser extraterrestre. En esos foros muchos usuarios enlazan pasajes de «
la llamada de Cthulhu» y especulan que sus descripciones encajan mejor con una entidad llegada de otra estrella o dimensión: piel alienígena, biología incomprensible, y un ciclo de sueño/aviso que suena más a tecnología que a magia. Yo, que he leído a Lovecraft con una linterna bajo las sábanas, encuentro atractiva la idea de que el horror cósmico sea algo que no pertenece a la Tierra y cuya psicología es totalmente ajena a la humana; eso explica
la locura que provoca su mera contemplación.
Otra corriente que frecuento en debates mezcla ciencia y mito: Cthulhu como superviviente de una línea evolutiva
marina imposible, una forma de vida que evolucionó en las profundidades y retuvo rastros de inteligencia y control sobre la mente. Esta teoría suele apoyarse en relatos de
criaturas abisales y en analogías con especies reales como calamares gigantes, pero lleva el giro de que la consciencia de Cthulhu es colectiva y ancestral. En el foro
me gusta leer cómo enlazan esto con ideas meméticas: la propia figura de Cthulhu funciona como un
virus cultural que se refuerza cada vez que se le nombra.
Finalmente, hay quienes ven en Cthulhu una construcción psicológica o social: un arquetipo junguiano, una metáfora del miedo a lo desconocido, o incluso un experimento de culto que ha cobrado vida por la fe colectiva. Es una lectura menos literal y más simbólica, y a mí me interpela porque permite conectar los mitos descritos en «Los mitos de Cthulhu» con ansiedad social, colonización y el choque entre ciencia y superstición. Sea cual sea la explicación que prefieras, a mí me encanta cómo cada teoría revela tanto sobre quienes la proponen como sobre la criatura misma.