Me encanta cómo Rajkumar Hirani plantea todo en «PK»: parte de una idea sencillísima —un extraterrestre que llega a
la tierra y pierde su transmisor, confundido por
costumbres humanas— y la estira hasta convertirla en
una fábula sobre
la fe,
la hipocresía y el amor. Yo lo vi con ojos de alguien que disfruta tanto la
comedia como los
dilemas morales, y lo que más me
pega es la mezcla de humor absurdo con preguntas serias: ¿qué es la religión cuando
la palabra se interpone entre la gente y su empatía?
el director usa al personaje central, PK, para poner en jaque prácticas sociales y religiosos autoproclamados. PK habla sin malicia, repite lo que escucha y por eso desnuda contradicciones: mercadotecnia de la fe, términos vacíos como ‘dios’ que terminan siendo productos, y el dolor que generan los tabúes. Al mismo tiempo, Hirani no demoniza la espiritualidad, sino que pide honestidad y
humanidad.
Al final,
la trama no solo trata de recuperar un objeto perdido, sino de recuperar la mirada crítica y
la bondad hacia el otro. Salí del cine con una mezcla de risa y molestia buena: invitado a cuestionar y a reírme de mis propias certezas.