Un juego de engaños
Paul, con una sonrisa cruel, añadió:
—Supongo que no todos tienen el gusto de estar con una perdedora.
Leonela sintió un calor subirle al rostro, pero no retrocedió. No les daré el gusto, pensó, su rostro endureciéndose. Su mirada se posó en un joven que destacaba entre la multitud. No llevaba bebidas en su charola, sino una bandeja discretamente sujeta bajo el brazo, como si estuviera a punto de dirigirse a algún encargo. No había placa en su uniforme, solo una camisa blanca impecablemente planchada, un pantalón azul de corte elegante y unos zapatos negros tan pulidos que reflejaban el sol. Su porte era firme, casi magnético, y Leonela supo de inmediato que él sería su cómplice.