INICIAR SESIÓNUVPO. CAPÍTULO 39. Castigados por portarse malSloan había enfrentado a jueces federales, fiscales implacables y empresarios capaces de destruir una compañía con una llamada telefónica. Sin embargo, jamás había sentido tanto miedo como cuando escuchó la voz de Darío Rivera al otro lado de la puerta.—¡Sloan! ¡Muchacho, abre!Alejandra seguía sentada sobre el escritorio, con el cabello revuelto y una expresión de absoluto terror.—¡¿Qué hace aquí?! —susurró.—¡No lo sé!Ambos se miraron. Después miraron los documentos esparcidos por el suelo.—¡Dios mío! —exclamó Alejandra—. ¡Va a matarnos!Sloan se acomodó apresuradamente la camisa.—Tranquilízate.—¡Tú tranquilízate! ¡Tienes la boca roja!Él se pasó el dorso de la mano por los labios.—¡Tú también!Alejandra saltó del escritorio y comenzó a arreglarse la blusa. Sloan recogió sus lentes del suelo, se los puso y respiró profundamente. Fue inútil. Los dos estaban colorados, despeinados y jadeantes.—¡Sloan! —insistió Darío—. ¡Me dijeron
UVPO. CAPÍTULO 38. Agua y fuegoEl mundo giraba demasiado lento, y su corazón demasiado rápido. Y aquello la enfureció todavía más. Lo empujó bruscamente, jadeando con desesperación y tratando de recomponerse.—¡Sloan…!—Perdóname —murmuró él retrocediendo.—¡¿Qué diablos estás haciendo?!Sloan se pasó una mano por el cabello y la miró con una expresión que Alejandra jamás le había visto.—Ese es el problema, que no lo sé… solo sé que me estoy volviendo loco por ti.—No digas eso… ¡¡No puedes decirme estas cosas de repente!—¿Y qué quieres? ¿Qué te las diga despacito? ¿Por niveles? —replicó él.—¡No…! Digo… ¡no sé! ¡Llevas años tratándome como si fuera la peor molestia de tu vida! —exclamó Alejandra y Sloan abrió la boca, pero ella no lo dejó hablar—. ¡Siempre me regañabas! ¡Siempre querías que dejara de molestarte, que me callara, que me marchara! ¡Hasta me hacías listas de reglas para que no invadiera tu espacio!Su voz se quebró ligeramente mientras apartaba la mirada y de su garga
UVPO. CAPÍTULO 37. Trata más fuerteUn empleado soltó una carcajada y la secretaria se llevó las manos a la cintura.—¡Alejandra, no puedes decir eso del jefe! ¡Eres su guardaespaldas! Si no quieres intervenir al menos llama a seguridad —la reconvino.—Lo siento, mi contrato no incluye resolver discusiones sentimentales —declaró y en aquel instante, Tiffany arrojó un cojín. Alejandra señaló el despacho—. Además, la munición acaba de pasar a categoría blanda. No veo motivos para intervenir.La puerta se abrió diez minutos después, y Tiffany salió con el rostro enrojecido y el cabello ligeramente despeinado. Todos los empleados regresaron inmediatamente a sus actividades. Uno incluso comenzó a escribir frenéticamente sobre un teclado que no estaba conectado.Y Alejandra permaneció junto al escritorio de recepción. Tiffany la vio de inmediato, y, tal como Ale temía, sus tacones de aguja de dos mil dólares, avanzaron directamente hacia ella.—¡Todo esto es por tu culpa! —vociferó con un t
UVPO. CAPÍTULO 36. Dos mujeres y un abogado en peligroEse mismo mediodía, Tiffany apareció en el bufete. Alejandra estaba conversando con la recepcionista cuando la vio entrar. La mujer llevaba un vestido elegante y una bolsa de una tienda exclusiva.—Hola, Alejandra.—Hola, Tiffany.La respuesta salió casi inaudible y Tiffany la observó con curiosidad.—¿Estás enferma?Alejandra negó rápidamente.—No. Estoy bien —dijo, pero cuando ella se acercó para preguntarle si Sloan estaría disponible para una cena esa noche, Alejandra se cubrió instintivamente la boca con una mano, como si aquella mujer pudiera ver los besos que todavía sentía sobre sus labios; como si pudiera descubrir, con solo mirarla, lo que había ocurrido la noche anterior.Tiffany continuó hacia el despacho de Sloan, mirándola por encima del hombro como había hecho desde el mismo día en que se habían conocido.Alejandra trató de ver hacia otro lado, pero cuando vio que Sloan salía a recibirla, sintió una vergüenza tan p
UVPO. CAPÍTULO 35. Sentimientos encontradosNinguno de los dos durmió, eso había que decirlo. Alejandra pasó la noche dando vueltas en su cama, recordando cada segundo de aquellos besos. A las tres de la madrugada se levantó para beber agua. A las cuatro intentó leer. A las cinco consideró seriamente mudarse a otro continente.Sloan, por su parte, se quedó sentado en su despacho hasta el amanecer. Pensó en Tiffany, en la tutela, en el botón de pánico que había activado por celos. Y, sobre todo, en la forma en que Alejandra lo había besado antes de apartarse.A las siete de la mañana salió del apartamento esperando un largo día sin verla, pero lo que encontró fue peor. Ella lo esperaba junto al auto, exactamente igual que todos los días anteriores. Llevaba pantalones negros, una blusa blanca y unas gafas oscuras.—Buenos días. El auto está listo.Él sintió una punzada en el pecho que fue directamente a aflojarle las rodillas.—Alejandra...Pero ella solo abrió la puerta trasera.—Tie
UVPO. CAPÍTULO 34. Un desastreEra fiebre, calor, humedad, la presión de sus dedos en su espalda, de su mano sobre su trasero, de su pecho contra el suyo mientras aquella boca la asaltaba sin piedad. Alejandra trató de retroceder… o quizás lo pensó, pero su cuerpo seguía anclado al de Sloan.Sus manos se apoyaron instintivamente contra el pecho desnudo, y él profundizó aquel beso, como si llevara demasiado tiempo conteniendo algo que finalmente había dejado de obedecerle.Y Alejandra, que podía derribar a tres hombres armados, conducir durante una persecución y saltar de un avión sin perder la calma, descubrió que no tenía la menor idea de cómo defenderse de aquel beso.Cuando Sloan se apartó, ambos respiraban desesperados, y Alejandra lo miró, atónita.—¿Qué…?—Creo que tengo un problema. —Él apoyó la frente contra la suya y ella tragó saliva.—¿Uno nada más?Sloan cerró los ojos.—Uno bastante grave.Alejandra bajó lentamente la mirada hacia ese espacio inexistente entre los dos y d







