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AMOR PERVERSO
AMOR PERVERSO
Autor: Maria Pulido

CAPÍTULO 1

Autor: Maria Pulido
last update Fecha de publicación: 2026-04-22 07:18:08

Radin Año 977 A.C. Una semana después de la coronación.

Jasemin.

No quería ir.

Me miré en el espejo una vez más, con el corsé apretado hasta los huesos y el cabello recogido como si estuviera lista para ser subastada. El vestido dorado que mamá eligió para mí brillaba como un premio… solo que yo no había ganado nada.

Y no tenía ninguna intención de agradar a nadie.

“Es solo una cena, Jasemin. No vas a pelear una guerra, vas a mostrarte.”

Como si ser exhibida frente a la realeza no fuera una forma sutil de sacrificio.

Desde la coronación del rey Malek, todo Radin parecía un tablero brillante en donde los peones llevaban perlas en lugar de espadas.

Esta noche, los nobles con títulos, tierras y poder habían sido invitados a una cena privada. Era el momento ideal para presumir a sus hijas frente al nuevo rey… y también, frente a su hermano, el visitante más temido de todos.

Aaron… El hombre que no necesitaba una corona para infundir respeto, el que no gobernaba un trono… sino el miedo.

Después de una semana de esa coronación del rey de Radin, yo todavía tenía los dedos entumecidos y las marcas invisibles en los brazos. De todas las personas en el mundo, a mí, exactamente me había tocado la maldición de chocar con los ángeles caídos.

Y para colmo de mi desgracia, estaba a nada de asistir a la famosa reunión de nobles, que sería el circo para presumir a sus hijas no solo delante de la realeza, sino de cualquier hombre con título que viera una que le interesara para escoger.

¿En qué punto de la historia llegábamos a esto?

—Deja de fruncir el ceño —dijo Amal, mi hermana desde el umbral, acomodándose su peineta de perlas con delicadeza—. Te saldrán arrugas y luego dirás que es culpa de la familia también.

—Es culpa de la familia —repliqué sin mirarla.

Ella rió suave, con ese tono que usaba cuando se sentía por encima de mí. Me llevaba tres años, y eso la hacía creer superior.

Pero ella era siempre perfecta, siempre dispuesta y orgullosa de hacer lo que se esperaba de una hija noble.

—No es el fin del mundo, es una cena con la realeza, y una de las más importantes para muchas de nosotras. Todos los hombres importantes del reino estarán allí, eso, sin contar a… tu ya sabes… —dijo mientras se ajustaba su vestido celeste.

Más recatada, más elegante y más... adecuada.

Me levanté con torpeza, el vestido me hacía sentir prisionera.

—Una cena para presumir hijas como carne fresca.

—Una cena para asegurar el futuro —me corrigió ella—. Mamá dice que el nuevo rey es muy cortés, y ya lo vimos en su coronación, se parece a la reina Hadassa, creo que sacó su carácter, eso es bueno para Radin. Y Aarón… bueno, Aarón es Aarón, digno de Babel.

La sola mención de su nombre me hizo girar el rostro.

—¿Sabes lo que dicen de él, Amal?

—Ehhhhhh… ¿qué tiene mucho poder?

—Que no tiene alma —la corté de forma grosera—. Que gobierna con puño de hierro y que en Babel nadie sonríe sin su permiso.

Amal se encogió de hombros y me sonrió como una tonta.

—¿No lo viste con tus propios ojos? ¡Por Dios, Jasemin!, es una escultura… oscura, pero, aun así, todas quieren casarse con él… ¿Eso dice algo no?

—Sí. Que la estupidez es contagiosa…

***

El carruaje nos dejó frente al palacio. Ya desde fuera se sentía el murmullo elegante de la élite respirando poder.

El palacio estaba vestido de gala. Mármol pulido, columnas que se alzaban como juramentos y candelabros que ardían como si imitaran el cielo. A cada paso que daba, podía sentir las miradas de otras chicas, todas cubiertas de terciopelo, perfume caro y ambición.

Sabía lo que buscaban.

Sabía por qué sonreían tan amplias, por qué se inclinaban tan bajo frente a los príncipes. Querían ser escogidas, ser reinas, ser consorte, ser algo.

Y yo…

Yo solo quería que terminara.

Mis padres se movían como peces en el agua. Saludaban, reían, y me presentaban como a mi hermana.

A mi lado, Amal sonreía con dulzura a cada noble que se cruzaba. Mi madre nos guiaba como si fuéramos joyas expuestas, y mi padre caminaba con ese orgullo inflado que solo mostraba cuando creía que estaba triunfando.

—Recuerda inclinarte con gracia si el rey Malek te dirige la palabra —me susurró mamá con una sonrisa que no sabía cómo estaba sosteniendo—. Y por favor, no contestes con ironías. Esta noche no es para eso.

—¿Y para qué es? —pregunté entre dientes.

—Para no quedar relegadas al olvido, Jasemin —mi madre apretó sus palabras un poco enojada, mientras Amal me tomó del brazo con suavidad.

—Solo relájate, te ves preciosa, hasta tú puedes parecer dócil esta noche.

Tragué el veneno, sonreí de lado y luego lo sentí, como un cambio de temperatura y un silencio que no pertenecía a esa sala. Tuve miedo de girarme, pero lo hice y como si la maldición me persiguiera, sus ojos estaban en mí.

Aaron… Vestido de negro absoluto, sin brocados, sin joyas, sin necesidad de nada que lo adornara. Estaba de pie en el extremo del salón, solo, con una copa entre los dedos, mientras observaba a todos con esa expresión de quien ya sabe cómo termina cada jugada.

Era hermoso, sí, pero no de forma convencional. Su rostro era afilado, como si hubiera sido tallado con rabia, y su boca parecía esbozar una sonrisa perpetuamente contenida. Y sus ojos… Dios… sus ojos eran el abismo.

Aaron se parecía mucho a su padre, mientras Malek tenía más facciones de la reina.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, supe que él ya me había visto mucho antes, tal vez desde que entré, o tal vez desde siempre.

Él no sonrió, no hizo gesto alguno, pero me sentí desnuda bajo esa mirada, no como mujer… sino como presa, pero no aparté los ojos, aunque me ardieran y aunque sintiera que no podía respirar.

—Ahí está —susurró Amal deslumbrada—. Dicen que es mucho más atractivo en persona…

—¿Atractivo? —bufé—. Es un cuervo vestido de rey.

—Pero uno que puede darte un imperio si te elige.

—Prefiero mi libertad.

Amal no respondió. Tal vez no comprendía que algunas coronas son solo jaulas más doradas.

Me giré en el instante y vi al rey Malek conversando con una sonrisa. Él, en cambio, era otra cosa. Su porte era elegante, noble. Sonreía a todos con esa serenidad que envolvía, no que amenazaba, y cuando se acercó a saludar a mi padre, su presencia no me oprimió el pecho.

Malek tenía ese tipo de presencia que imponía sin aplastar. El tipo de hombre que el pueblo amaría y el tipo que las madres quisieran para sus hijas.

—Señor Almer —saludó con cortesía—. Damas.

Mi padre sonrió orgulloso y nos presentó.

—Mis hijas: Amal, la mayor… y Jasemin…

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