LOGIN*—Sebastián:
Sebastián comenzó a prepararse para la mañana. Abrió el armario y tomó con cuidado el uniforme de gala militar. La tela azul oscuro, impecablemente planchada, contrastaba con los detalles dorados de los botones y las insignias bordadas sobre los hombros. Sobre el pecho descansaban varias condecoraciones obtenidas durante sus años de servicio, pequeños fragmentos de una vida que apenas recordaba, pero que demostraban que había sido un soldado ejemplar. Aquel uniforme no representaba únicamente el ejército estadounidense, simbolizaba el honor, el sacrificio, la disciplina y el compromiso de quienes habían jurado entregar su vida por su país. Cada medalla contaba una historia que él ya no podía recordar, pero cuyo peso seguía sintiendo cada vez que la prendía sobre la tela. Aquella mañana debía vestirlo porque se celebraba el Día De Los Caídos y antiguos compañeros de armas, oficiales en activo, veteranos y familiares de soldados caídos asistirían a la ceremonia de homenaje. Era uno de esos días en los que se negaba rotundamente a salir de casa. De haber podido elegir, habría permanecido acostado viendo cualquier cosa en la televisión para mantener la mente ocupada, pero había compromisos que no podía ignorar. Con el uniforme perfectamente ajustado a su cuerpo, el cabello cuidadosamente peinado, el kepí descansando bajo su brazo y cada una de sus medallas colocadas en el lugar correspondiente, Sebastián salió de su pequeño apartamento. Bajó las escaleras del edificio y salió fuera de este. Al levantar la vista, encontró un cielo completamente cubierto por densas nubes grises. Apenas había luz y una brisa fresca agitaba las copas de los árboles, como si incluso el clima comprendiera el peso que tenía aquella fecha. Qué día tan pesado, pensó para mover la cabeza. Fue hasta su camioneta negra de doble cabina, abrió la puerta del conductor y subió. Encendió el motor mientras el ronroneo grave del vehículo rompía el silencio del estacionamiento. A lo largo del trayecto se cruzó con numerosas banderas estadounidenses ondeando frente a las casas y edificios públicos, muchas de ellas a media asta en señal de respeto. En distintos puntos de la ciudad también podía verse a veteranos vistiendo sus antiguos uniformes y familias llevando flores en dirección a diferentes cementerios. Cada Día De Los Caídos era igual. Cementerios militares de todo el país se llenaban de banderas y arreglos florales perfectamente alineados junto a las lápidas blancas, familiares enteros acudían a rendir homenaje a sus seres queridos y las ciudades organizaban ceremonias, desfiles y ofrendas para recordar a quienes habían hecho el sacrificio definitivo. Para la mayoría de los ciudadanos era simplemente un día normal, pero para quienes alguna vez vistieron el uniforme, era una jornada cargada de duelo, recuerdos y heridas que nunca terminaban de cerrar. Aparcó la camioneta en un espacio libre y apagó el motor. Sebastián permaneció unos segundos inmóvil, observando el volante antes de exhalar lentamente. Tomó el kepí que había dejado sobre el asiento del copiloto y levantó la vista hacia el espejo retrovisor. Se lo colocó con precisión, acomodó el cabello que sobresalía bajo la visera y revisó que cada insignia y cada medalla permanecieran perfectamente alineadas sobre su uniforme de gala. Cuando estuvo satisfecho con su apariencia, descendió del vehículo, cerró la puerta y se alisó automáticamente la chaqueta antes de dirigirse hacia la entrada del cementerio. Al cruzar las enormes rejas de hierro, el ambiente se volvió todavía más melancólico. Decenas de astas sostenían banderas estadounidenses ondeando lentamente a media asta, mientras coronas de flores, cintas negras y pequeños arreglos florales descansaban frente a incontables lápidas de mármol blanco perfectamente alineadas unas junto a otras. El viento recorría los senderos levantando apenas algunas hojas secas, y el respetuoso silencio que envolvía el lugar solo era interrumpido por el lejano canto de algunos pájaros, el roce de las ramas de los árboles y el murmullo apagado de las familias que caminaban entre las tumbas. Había veteranos apoyados en bastones observando viejos nombres grabados en piedra, viudas sujetando fotografías contra el pecho y niños demasiado pequeños para comprender del todo por qué los adultos lloraban mientras dejaban flores junto a aquellas cruces. A Sebastián le costó respirar. El peso del ambiente parecía instalarse directamente sobre su pecho y, por mucho que intentó convencerse de mantener la calma, le resultó imposible. Como había pensado antes de salir de casa, habría preferido quedarse encerrado viendo cualquier cosa en televisión antes que enfrentarse a todo aquello. No recordaba la mayor parte de su carrera militar, el accidente le había arrebatado tres décadas de recuerdos y, aunque ya habían transcurrido casi ocho años desde entonces, seguían existiendo enormes vacíos imposibles de llenar. Sin embargo, había rostros que nunca desaparecían por completo, caras difusas que surgían entre la niebla de su memoria, nombres que parecían quedarse atrapados en la punta de su lengua y una constante sensación de pérdida que no lograba explicar, pero que cada Día de los Caídos regresaba con más fuerza, como si una parte de él continuara esperando a personas que jamás volverían. Y entonces llegaba lo peor de haber perdido la memoria, que no era olvidar lugares o fechas, sino no recordar a quienes habían dado la vida luchando a su lado. Compañeros que, según le contaban, habían compartido años enteros de entrenamiento, misiones y peligros con él, pero cuyos rostros apenas conseguía reconstruir en su mente. Ni siquiera recordaba al hombre al que le habían dicho que había amado y que había perdido durante aquella última misión. Sebastián sabía que había existido, que había significado todo para él, pero su rostro que había visto en fotos, no provocaba nada en él, era como si la gran historia de amor que tuvo con esa persona, permaneciera oculta detrás del mismo muro que había borrado el resto de su pasado. Era profundamente injusto. Sebastián llegó hasta el lugar donde se reunirían los antiguos integrantes de su unidad y encontró a varios rostros conocidos. Intercambiaron discretos asentimientos de cabeza, firmes apretones de manos y breves palmadas sobre el hombro. No hacían falta demasiadas palabras entre hombres que habían compartido campos de batalla. Habían pertenecido al Equipo Fantasma, una unidad de élite especializada en rescates de rehenes y operaciones de extracción de alto riesgo. Durante años trabajaron codo con codo, enfrentándose a secuestros, organizaciones criminales y misiones que muy pocos soldados aceptaban. Había escuchado que durante esos días de gloria habían reído juntos, celebrado victorias, sobrevivido a situaciones imposibles y también llorado pérdidas que dejaron cicatrices imborrables. Sin embargo, todo terminó ocho años atrás, cuando una operación salió terriblemente mal. Aquella misión se cobró varias vidas y destruyó al equipo para siempre. Solo dos de los miembros más jóvenes continuaron sus carreras militares, pero la mayoría decidió retirarse. Ninguno quiso volver a formar parte de otra unidad. El Equipo Fantasma había existido una sola vez y debía permanecer así. Sebastián levantó la vista hacia el cielo gris, sintiendo una punzada de culpa. Odiaba no poder recordar los nombres de quienes estaban allí para honrar. Le resultaba imposible ofrecerles el respeto que merecían cuando ni siquiera podía recordarlos como hermanos de armas. La ceremonia comenzó puntualmente. Los asistentes ocuparon sus lugares frente al monumento central mientras un destacamento militar avanzaba con impecable sincronía hasta colocarse frente a las hileras de tumbas. La banda interpretó el himno nacional y todos los presentes llevaron la mano a la frente o al corazón según correspondía. Después vinieron las palabras de un alto oficial, quien recordó el valor, el sacrificio y el compromiso de los hombres y mujeres que jamás regresaron a casa. Varias coronas de flores fueron depositadas frente al monumento mientras un silencio absoluto envolvía el cementerio. Poco después, un pelotón de honor realizó la tradicional salva de fusilería y el inconfundible sonido de los disparos resonó entre las lápidas. Finalmente, una trompeta interpretó Taps, la melodía que desde hacía generaciones despedía a los soldados caídos. Sus notas lentas y melancólicas atravesaron el aire como un lamento imposible de ignorar, provocando que más de un veterano bajara la cabeza para ocultar las lágrimas. Cuando la ceremonia terminó, Sebastián sentía que la cabeza iba a estallarle. Escuchar nombres, intentar relacionarlos con algún recuerdo y esforzarse inútilmente por reconstruir lo ocurrido ocho años atrás terminó pasándole factura. Un intenso dolor comenzó a pulsar detrás de sus sienes mientras una desagradable presión se instalaba en el pecho. Sin despedirse de nadie, dio media vuelta y caminó directamente hacia su camioneta. En esos momentos no tenía ánimo para compartir con nadie, no cuando odiaba con todas sus fuerzas que su mente hubiera borrado a los compañeros que habían muerto luchando a su lado. No cuando ni siquiera era capaz de recordar al hombre que una vez había sido el amor de su vida. Sebastián sintió las lágrimas resbalar silenciosamente por sus mejillas mientras conducía de regreso a casa. Apenas prestaba atención al camino, pero el recorrido era tan rutinario que su cuerpo parecía hacerlo por inercia. Su mente seguía atrapada en el cementerio, entre los nombres pronunciados durante la ceremonia y aquellos rostros que era incapaz de recordar. ¿Por qué? ¿Por qué no podía recordar nada? ¿Qué había hecho para merecer vivir como un extraño dentro de su propia vida? Los primeros meses después de aquella misión fallida, había aceptado que recuperar sus recuerdos tomaría tiempo. Todo era reciente, había sobrevivido a una explosión, perdido compañeros y despertado en un hospital sin reconocer ni su propio pasado. Era lógico que su mente necesitara protegerse. Durante meses asistió a terapia varias veces por semana, habló con psicólogos, psiquiatras y neurólogos, se sometió a resonancias magnéticas, tomografías, pruebas cognitivas y toda clase de estudios, pero ninguno encontró una lesión cerebral que justificara semejante pérdida de memoria. Apenas recordaba fragmentos del accidente, imágenes incompletas que desaparecían antes de poder darles sentido. El doctor Ethan Sullivan, el psiquiatra que continuaba tratándolo, sostenía que padecía una amnesia disociativa, un mecanismo de defensa que el cerebro desarrollaba cuando una persona experimentaba un trauma demasiado intenso para afrontarlo. Lo extraño era que, según el especialista, la forma en que su memoria había desaparecido indicaba que el bloqueo emocional probablemente había comenzado mucho antes del accidente militar y que la explosión sólo terminó por derrumbar la última barrera que mantenía aquellos recuerdos ocultos. Pero ¿qué podía haber vivido para que su propia mente decidiera borrar más de treinta años de su existencia? Esa era la pregunta que nadie conseguía responderle. No entendía absolutamente nada y lo peor era la actitud de las personas que más confiaba. Su madre, Charles, sus antiguos compañeros, todos parecían compartir el mismo pacto de silencio. Siempre respondían con evasivas, cambiaban de tema o le repetían que, si había olvidado algo, era porque así debía ser. En lugar de ayudarlo, solo conseguían alimentar su frustración. Sin embargo, Sebastián no pensaba rendirse. Sentía que estaba peligrosamente cerca de descubrir la verdad y la aparición de Dante Delacroix en su vida solo reforzaba esa sensación. Dante sabía algo, lo había sentido esa última vez que se vieron, principalmente por la forma en la que lo miró, con esa culpa que se escondía tras sus ojos azules, y su manera de evadir debía de significar algo. Tarde o temprano conseguiría que hablara y, cuando eso ocurriera, estaba convencido de que las piezas que faltaban terminarían por encajar.*—Engel:Reuniendo las escasas fuerzas que aún le quedaban, hizo lo mismo que llevaba años haciendo cada vez que el mundo le recordaba que era un omega abandonado: se levantó, se secó las lágrimas y se obligó a repetirse, una y otra vez, que no podía esperar a que nadie lo rescatara, porque él era el único que podía salvarse a sí mismo. Engel volvió a ponerse la ropa interior, los pantalones y los zapatos. Después comenzó a abotonarse la camisa con manos temblorosas, equivocándose varias veces de botón por las prisas y el temblor, pero necesitaba marcharse de allí cuanto antes.Su mirada volvió a detenerse en la chaqueta dejada en la cama. Engel caminó hasta ella y, sin pensarlo demasiado, se la colocó encima de la camisa. Esta le quedaba muy grande y al instante sintió que Sebastián volvía a abrazarlo. Cerró los ojos y se permitió disfrutar de aquella ilusión durante unos segundos. Una paz efímera envolvió su corazón y una tenue sonrisa apareció en sus labios. No pensó en cosas ne
*—Engel:Engel había enloquecido.¿Cómo había podido acostarse con su alfa, con el hombre que ya no lo recordaba? No conocía la respuesta, lo único que sabía era que, cuando Sebastián lo había mirado de aquella manera, había perdido toda capacidad de pensar con claridad. Solo había querido sentir sus brazos rodeándolo otra vez, sus labios sobre los suyos, escuchar su voz y permitirse imaginar, aunque fuera por unas horas, que nunca habían sido separados. Había sido un bello momento. Ver el deseo reflejado en los ojos de Sebastián y sentir que lo observaba como si fuera el hombre más importante de su vida, removió algo muy profundo dentro de él. Lo hizo soñar y por un instante creyó que, si volvían a estar juntos de esa forma, Sebastián recuperaría aquella parte de sí que había quedado enterrada junto con sus recuerdos. Se aferró a esa absurda esperanza mientras lo besaba, mientras volvía a sentir el calor de su cuerpo y la seguridad de sus brazos. No obstante, nada pudo prepararlo p
*—Engel:Había sido rechazado una vez más.Una carcajada desesperada escapó de sus labios mientras sentía el cuerpo temblarle, la cabeza palpitar y las náuseas comenzar a hacer estragos en su estómago.Había sido un buen día. Había despertado de buen ánimo y ese optimismo lo había acompañado durante toda la jornada. En el fondo, incluso había pensado que, quizá por una vez, las cosas saldrían bien. Lo había presentido en los huesos, pero, como siempre, la vida se encargaba de recordarle lo jodido que estaba.Engel había salido del centro cerca de las ocho de la noche, después de mantener una larga reunión con los directores de cada área. Habían hablado sobre darles mayor autonomía para que no tuvieran que esperar siempre por Erik o por él para tomar decisiones. Después de todo, llevaban más de doce años construyendo aquel lugar juntos y, más que un equipo de trabajo, ya eran una familia que se entendía sin necesidad de demasiadas palabras. Al terminar la reunión recordó que Cameron n
*—Sebastián:Terminó de colocarse el jersey y se inclinó para recoger la chaqueta.—Sebastián… Escúchame… —comenzó a decir el omega, pronunciando nuevamente su nombre con una familiaridad que solo terminó de confirmar las sospechas del alfa. Sebastián soltó una risa cargada de desprecio.—¿Qué vas a decirme? ¿Qué escuchaste mi nombre por casualidad? ¿Que ya me conocías de antes? —preguntó mientras apretaba la chaqueta entre los dedos hasta casi arrugarla por completo—. Sí, puede que mi cabeza sea un desastre y que haya perdido la memoria, pero todavía sé reconocer cuándo intentan engañarme —expresó Sebastián volviendo la mirada hacia la cama.El omega permanecía sentado, sujetándose la camisa abierta contra el pecho como si quisiera cubrirse. Tenía los ojos inundados de lágrimas y el rostro completamente descompuesto.Por un instante, algo golpeó el pecho de Sebastián al verlo llorar. Una punzada incómoda, una voz diminuta que le decía que había algo que no encajaba, pero la aplastó
*—Sebastián:Sebastián deslizó la ropa interior del omega hacia abajo y su erección quedó al descubierto, firme, ligeramente gruesa y de un tono pálido que contrastaba con el intenso color rosado de la punta. Se relamió los labios sin apartar la vista y entonces reparó en el fino monte de vello rubio que nacía en la base. Tal y como había imaginado antes, su cabello oscuro estaba teñido y debió de haberlo hecho hacía poco, porque incluso ahora, por debajo del perfume a azahar, Sebastián alcanzaba a percibir el tenue aroma del peróxido. ¿Por qué se teñía? ¿De verdad era modelo? ¿Un actor? Con esa cara y ese cuerpo, debía de ser uno de los dos. En West Hollywood era imposible distinguir quién era una celebridad y quién simplemente había nacido demasiado hermoso. Sebastián recorrió su cuerpo con una rápida mirada y terminó asintiendo para sí. Sí, debía de serlo. Alguien tan atractivo y extraordinariamente hermoso como él estaba destinado a llamar la atención dondequiera que fuera. La
*—Sebastián:Sebastián se acercó y se inclinó sobre el omega. Este se acomodó en la cama mientras el alfa avanzaba hasta quedar cernido sobre su cuerpo. Sin llegar a aplastarlo, se colocó entre sus piernas y volvió a buscar su boca, esta vez con un beso más lento y pausado, saboreando sus labios y acariciando su lengua con la suya mientras el omega se aferraba a sus hombros. Después se incorporó apenas unos centímetros, lo suficiente para llevar las manos a su camisa y comenzar a desabotonarla. Fue liberando cada botón con paciencia, uno tras otro. Cuando llegó al último, rompió el beso y deslizó los labios por su barbilla, mordisqueando suavemente la piel antes de descender por su cuello, donde dejó una sucesión de besos y profundos chupetones que, estaba seguro, permanecerían allí durante varios días. Con un gesto travieso, sujetó el collar con los dientes y tiró apenas de él. El omega dejó escapar un gemido ahogado, pero en lugar de detenerlo, sus manos se aferraron con más fuerz







