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Al día siguienteHoracio apenas había conseguido dormir.La noche había sido interminable. Cada vez que cerraba los ojos, el rostro de Irlanda aparecía en su mente.No entendía qué había sucedido.¿Por qué había cambiado de actitud de un momento a otro?¿Por qué había desaparecido?Desde que había regresado a la mansión, Horacio había intentado convencerse de que necesitaba descansar.Su cuerpo todavía estaba débil después de todo lo que había ocurrido, pero su preocupación por Irlanda era mucho más fuerte que el cansancio.Finalmente, se levantó de la cama.—Tengo que encontrarla.Intentó caminar hasta la puerta.Solo había dado unos pasos cuando un fuerte mareo lo golpeó.La habitación comenzó a girar.Horacio tuvo que apoyarse contra la pared.—Maldita sea…Uno de los empleados que estaba cerca escuchó el ruido y entró inmediatamente.—¡Señor Horacio!El hombre corrió hacia él.—Estoy bien.—No debería levantarse todavía.—Necesito salir.—El médico fue muy claro. Debe permanecer en
—¿Embarazada?Miranda rio de sus palabras, negó.—¡imposible!—No digas imposible, por favor.Ella sonrió.—Mejor no pensemos en eso, ¿quieres? Te prometo que me haré la prueba de embarazo pronto.Él asintió.Decidieron volver a la mansión.Al principio, Joaquín se había mostrado reacio a volver.Sin embargo, Horacio recibió el alta médica y su proceso de recuperación exigía comodidades que solo la gran mansión podía ofrecerle con creces.Cuando los vehículos finalmente cruzaron los portones de hierro forjado y avanzaron por la entrada principal, la emoción de las pequeñas llenó por completo el ambiente.Las niñas pegaban los rostros a los cristales con los ojos abiertos de par en par, fascinadas por la imponente fachada que se alzaba ante ellas.—¡Papi nos trajo de vuelta al castillo de cuento de hadas! —exclamó una de ellas, dando breves saltos de alegría en su asiento.Joaquín las observó desde el retrovisor y una sonrisa sumamente tierna se dibujó en su rostro, suavizando las línea
Al día siguienteFinalmente llegó el día del juicio.Desde muy temprano, el edificio del tribunal estaba rodeado de periodistas, cámaras y personas curiosas que habían seguido el caso desde que salió a la luz.Joaquín llegó acompañado de Miranda y Horacio.Ninguno de los tres dijo demasiado.Era extraño pensar que estaban a punto de sentarse frente a la mujer que había sido responsable de tanto dolor.Agatha Kirland.La madre de Joaquín.La mujer que alguna vez había sido una figura respetada dentro de la alta sociedad y que ahora enfrentaba una condena por delitos que habían dejado a su propia familia destrozada.Los tres tomaron asiento.Poco después, Agatha entró acompañada de sus abogados.Llevaba un elegante traje, pero su rostro había cambiado. Ya no tenía aquella seguridad con la que había enfrentado a todos durante años.Aun así, su abogado parecía decidido a luchar.—Mi cliente no se encuentra en condiciones de comprender completamente la gravedad de sus actos —argumentó duran
La mujer gritaba desesperada detrás de la puerta.—¡Joaquín! ¡Regresa! ¡No puedes dejarme aquí! ¡Soy tu madre!Sus gritos resonaban por el pasillo de la comisaría, pero Joaquín no se detuvo.Por primera vez en su vida, decidió no escucharla.Cada paso que daba parecía arrancarle un pedazo del corazón. No era fácil aceptar que aquella mujer, a quien durante años había considerado su refugio y una de las personas más importantes de su vida, se hubiera convertido en alguien capaz de destruir a su propia familia.Joaquín apretó la mandíbula y continuó caminando.No quería llorar.No quería darle ese último triunfo.Al salir de la comisaría, encontró a Miranda esperándolo.Ella no necesitó preguntarle qué había sucedido.Bastó con mirar sus ojos.Joaquín se acercó y Miranda abrió los brazos. Él la abrazó con fuerza, hundiendo el rostro en su cuello.Durante unos segundos ninguno dijo nada.Miranda sintió cómo temblaba su cuerpo.Podía sentir el dolor que Joaquín intentaba ocultar detrás de
Miranda volvió al lado de Joaquín cuando él finalmente despertó.Durante unos segundos, el hombre permaneció confundido, mirando el techo de la habitación mientras intentaba recordar todo lo ocurrido. Sentía el cuerpo pesado y un dolor profundo que no sabía si provenía de las heridas o de todo aquello que acababa de descubrir.Entonces giró lentamente el rostro.Miranda estaba sentada junto a él.Tenía los ojos enrojecidos y una expresión de cansancio que no podía ocultar. Había pasado horas a su lado, esperando que despertara, en silencio.—¿Qué ocurrió? —preguntó con voz débil.Miranda tomó aire.Contó todo.Le habló de su madre, de las manipulaciones, de las mentiras y de cada una de las cosas que había hecho para separarlos. También le confesó lo que había hecho con él y Liliana.Mientras Miranda hablaba, Joaquín permaneció en silencio.Cada palabra parecía golpearlo con más fuerza que cualquier herida.Al final, cerró los ojos.—Mi madre... —murmuró—. Es la culpable de todo.Mi
Miranda salió de aquella habitación con el corazón hecho pedazos.Había pasado demasiado en muy poco tiempo.Todavía sentía el peso de todo lo que acababa de descubrir sobre sus hombros.Las imágenes de aquella noche no dejaban de perseguirla, pero mientras caminaba por el pasillo del hospital, algo volvió de pronto a su memoria, Liliana.Se detuvo.Durante unos segundos permaneció inmóvil, intentando ordenar sus pensamientos.Había estado tan concentrada en Joaquín que casi había olvidado que la joven también había sido víctima de aquella terrible situación.Miranda respiró profundamente y regresó hacia el área donde se encontraba el médico.Cuando finalmente lo encontró, se acercó con expresión preocupada.—Doctor…El hombre levantó la mirada.—¿Sí?Miranda dudó un instante antes de hacer la pregunta.—La otra mujer… Liliana. ¿Cómo está?El médico revisó algunos documentos antes de responder.—También fue drogada.Miranda sintió un nudo en el estómago.—¿Está fuera de peligro?—Sí. P







