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Capítulo 4

Author: Sunny Enchmarch
Mamá se tranquilizó al ver el frasco apretado en mi mano y extendió un brazo para sostenerme.

—Bien, tómate la medicina —me pidió con alivio—. Después te ayudaré a regresar a tu habitación…

Antes de que sus dedos me tocaran, destapé el frasco y vacié todas las pastillas en el contenedor de desechos médicos. El ruido seco al caer contra el fondo rompió el silencio del pasillo.

Chanel corrió hacia mí con los ojos encendidos por la rabia.

—¡¿Qué carajos estás haciendo ahora, Connor?! —rugió—. ¡¿Crees que vas a obligarnos a hacer lo que quieres solo porque tiraste tus medicinas?! ¡Marcus ya tiene el corazón! ¡Aunque decidas tirar tu vida a la basura, no puedes sacárselo del pecho!

Papá también perdió la paciencia.

—¡Eres un caso perdido! —me gritó—. ¡Si quieres tirar tus medicinas, hazlo! ¡A ver si de verdad tienes el valor de matarte!

Mamá palideció y se acercó con las manos temblorosas.

—¡Connor, no hagas tonterías! —me suplicó—. Tus labios se están poniendo morados. Ven, te ayudaré a regresar a tu habitación…

—¡No me toques! —grité con las últimas fuerzas que me quedaban.

La miré con tanta frialdad que se quedó inmóvil, con una mano suspendida entre los dos.

«Sistema, desactiva mis receptores del dolor», ordené en mi mente.

El sistema respondió con su voz mecánica: «Entendido, amo. Receptores del dolor desactivados. Iniciando proceso de partida. Tiempo restante: sesenta segundos».

El dolor que me destrozaba el pecho desapareció. Después de tanto sufrimiento, mi cuerpo quedó tan ligero que apenas podía sentirlo.

Me volteé y apoyé la espalda contra la pared helada. Desde allí observé a las tres personas a las que había llamado familia durante veinte años.

—Chanel —la llamé con calma—. ¿Sabes por qué el médico ordenó que me prepararan para la cirugía cuando encontraron un corazón compatible?

Ella parpadeó, desconcertada. Le mostré una sonrisa débil antes de darle la respuesta.

—Porque ya no me quedaba tiempo para esperar otro —le expliqué—. Mi corazón está tan débil que ya no puede mantenerme con vida. Después de perder esta oportunidad, nadie podrá salvarme.

Papá apretó la mandíbula y frunció el ceño.

—¡No intentes asustarnos! —me reclamó—. ¡Hace unos días todavía podías bajar las escaleras sin ayuda!

—Ese fue el último esfuerzo que mi cuerpo pudo hacer, papá —respondí mientras veía cómo los tres palidecían—. Hace dos años, Chanel me destrozó la rodilla derecha. Hoy, ustedes mismos me quitaron la vida. Siempre dijeron que tenían una deuda con la familia de Marcus, ¿verdad? Está bien. Ahora podrán saldarla.

Mi vista se nubló y cada respiración se hizo más débil que la anterior. Las voces a mi alrededor se apagaron hasta sonar lejanas, como si las escuchara bajo el agua.

Chanel comprendió que algo estaba mal cuando vio que mi mirada comenzaba a perderse. Se abalanzó sobre mí y me sacudió por los hombros.

—¡Connor! ¡¿Estás bien?! ¡Un médico! ¡Que alguien llame a un médico! —gritó, aterrada.

Por fin escuché el miedo real en su voz: el de alguien que acababa de entender que estaba a punto de perderme para siempre.

Mamá chilló y cayó de rodillas a mis pies. Papá corrió hacia urgencias y estuvo a punto de tropezar, pero yo ya apenas podía escuchar lo que ocurría.

Antes de que todo se volviera negro, miré el horror en la cara de Chanel y me reí por lo bajo.

—Chanel… —murmuré. Hablé despacio para asegurarme de que escuchara cada palabra—. A partir de ahora, cada vez que veas a Marcus bailar, no lo olvides: tú misma sacrificaste la vida de tu hermano menor para verlo en ese escenario.

Mi cuerpo cayó al suelo mientras la luz blanca del sistema me envolvía.

El último sonido que me dejó ese mundo fue el llanto desesperado de Chanel.

Para mí, fue música para mis oídos.

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