FAZER LOGINMe levanté muy temprano e hice mi rutina de siempre antes de ir a trabajar. Tomé mi bolso, mis llaves y salí para tomar mi auto y dirigirme a la empresa. Adoraba mi trabajo, estudié para esto y no había nada mejor que cumplir mis sueños.
Pero no fue fácil. Siempre luché con mis propias fuerzas para llegar hasta donde estaba. A pesar de ser hija de uno de los dueños, nunca tomé el camino fácil.
Hice mis prácticas en la empresa como una estudiante más, empezando desde los puestos más bajos en la jerarquía. Mi esfuerzo y perseverancia me llevaron a lo más alto de la pirámide de las empresas Wood.
Ser la vicepresidenta. Porque, claro, mi padre era el presidente y, cuando él decidiera jubilarse, yo estaría lista para tomar la presidencia.
—¡Genesis! —escuché que alguien mencionaba mi nombre. No era cualquier persona, era mi madre.
—Hola, mamá —me giré—. Buenos días —saludé.
—Buenos días, amor. Tu padre me indicó que habías comprendido que era mejor celebrar el compromiso de tu hermana.
—Sí, lo hizo. Igual, mi nombramiento se llevará a cabo la próxima semana.
—Al igual que a tu hermana, te prepararé la mejor reservación. Tú también mereces una gran fiesta.
—Gracias, mamá. —De verdad quería creer que se sentía feliz por mi nuevo puesto, pero se me hacía muy difícil—. ¿Cuándo es que Dafne estará en la casa?
—Me dijo que sería el fin de semana, estará con su prometido en casa.
Me sentí aliviada. Aún me quedarían algunos días para inventarme una excusa y salir de casa.
—Espero que esta vez sí estés presente. Las últimas ocasiones te has ido, supuestamente por viajes de negocios o desfiles de la empresa.
—Te juro que haré todo lo posible para estar este fin de semana en casa y recibir con los brazos abiertos a mi hermana —dije con hipocresía.
Sé que mi madre se sentía decepcionada de mí desde la adolescencia, desde el momento en que le dije que no quería ser modelo, sino empresaria. En ese instante, me hizo a un lado. Todo lo contrario a mi padre, quien en todo momento apoyó mis sueños. Él tenía plena confianza en mí y en mis decisiones.
Me despedí de mi madre, subí a mi auto y me dirigí a la empresa.
Durante el trayecto pensaba en algo lo suficientemente importante para justificar mi ausencia: un viaje de negocios, algún desfile de modas, problemas en algunas cuentas… No lo sabía, pero debía inventar algo.
En menos de una hora, llegué al enorme edificio de las empresas Wood. Con más de cien pisos y un diseño moderno, su estructura destacaba entre el resto.
Tomé el ascensor y subí a uno de los pisos más altos, hasta llegar a mi oficina.
Hoy debía ser un día muy productivo, así que, desde primera hora, tomé mi computadora y me puse a trabajar.
(...)
Por la noche, me encontraba con mis amigos en un bar Will y Leyla y esperábamos al amigo de Leyla, quien, según ella, sería mi pareja perfecta, pero él no aparecía por ningún lado. Eso ya le restaba puntos conmigo.
Ni siquiera quería venir, pero ella me insistió y aquí estaba esperando a un desconocido.
—¡Leyla! ¡Leyla! —Un hombre guapo, muy guapo, se acercó a mi amiga y la saludó con un beso en la mejilla.
—¡Adrián! ¡Al fin! Mi amiga ya estaba desesperada —me señaló. Él me miró sorprendido, pero, a los pocos segundos, sonrió.
—¡Mucho gusto! —Se acercó y me dio un beso en la mejilla.
—Hola —saludé—. El gusto es mío también.
—¡Bien! Como ya estamos completos, ¿qué les parece si vamos a la pista y movemos estos cuerpecitos que se mueren por bailar? —Leyla tomó a mi amigo y se lo llevó hacia la pista de baile. Me pareció muy gracioso, ya que ella lo hacía muy bien y Will, pues… trataba de seguirle el ritmo.
—¡Vamos a bailar! —Adrián extendió su mano, y la tomé con gusto.
Nos mezclamos entre la multitud y comenzamos a bailar. Yo no lo hacía nada mal, para nada. Me encantaban las fiestas y solía salir a bailar con Leyla con bastante frecuencia. Además, teníamos semanas sin venir, y lo necesitábamos. Especialmente yo, después de todo lo sucedido con mi hermana. Tenía el estrés por las nubes y necesitaba relajarme.
Adrián tampoco lo hacía mal, y tampoco podía ignorar lo guapo que era. Sin duda, era un un modelo. Bailamos por casi una hora hasta que la sed nos obligó a acercarnos a la barra y pedir un par de tragos. Realmente me la estaba pasando bien con él.
—Te dejo un momento, iré al baño —mencionó. Me dio un beso en la mejilla y desapareció entre la multitud.
Fue entonces cuando me di cuenta de que había olvidado su teléfono sobre la barra y que este estaba sonando. Lo tomé y empecé a buscarlo entre la gente. A lo lejos, lo vi hablando con otro tipo. Caminé hacia él, pero antes de llegar, unas palabras me detuvieron en seco.
—¡Esa gorda!
—Sí, te vi muy feliz con ella.—Solo lo hice porque es amiga de Leyla. Creí que sería una modelo como ella. Nunca imaginé que sería una gorda. La chica no está mal, pero es gorda. No combina con un chico como yo.No sé por qué seguía sin acostumbrarme a ese tipo de comentarios. Cada vez que alguien se refería a mí de esa manera, me humillaba. Me recordaba que los hombres eran unos brutos, inútiles, que solo se fijaban en lo físico, que solo querían a una mujer con pechos grandes, trasero perfecto y cintura de avispa. Yo estaba lejos de cumplir ese estereotipo, y tampoco quería hacerlo. Me sentía feliz con lo que era, y ningún idiota iba a hacerme sentir menos.
Sin dudarlo, terminé de acercarme a ese imbécil y le lancé su teléfono, que impactó directo en su cara. Sabía lo importante que era su rostro para un modelo y que ese golpe le arruinaría algunos contratos.
—¡Loca! ¿Qué crees que haces?
—Sí, estaré loca. Sí, estaré gorda. Pero, ¿sabes qué? Soy lo suficientemente inteligente para ser una mujer exitosa y para no fijarme en estúpidos como tú.
Me giré y caminé de regreso a la barra. Necesitaba un trago… o mejor dicho, una botella. Los hombres eran unos malditos. Todos iguales. Estúpidos, prepotentes, con media neurona en la cabeza.
No tenía idea de cuántas copas bebí, pero lo único seguro era que ningún imbécil iba a arruinar mi noche.
(...)
¡Dolor de cabeza! Eso fue lo primero que sentí al despertar. Abrí los ojos y me di cuenta de que estaba en mi habitación. ¿Cómo llegué aquí? No tenía idea, pero al menos estaba completa y viva. ¡Ah! Y con ropa... tenía mi pijama puesta. ¿Cómo rayos me la puse? Ni idea.
Me levanté y fui en busca de una pastilla; el dolor de cabeza era insoportable. Miré el reloj en la pared y casi se me detiene el corazón al ver la hora. Will iba a matarme. Faltaban dos horas para la selección de modelos y yo aún tenía resaca. Seguro él y Leyla me habían traído del bar.
Me lavé la cara y empecé a buscar mi móvil; necesitaba llamar a mi amigo y avisarle que tardaría un poco en llegar. Pero, al parecer, el destino estaba en mi contra, porque no lo encontraba.
Tal vez lo dejé en el auto.
Fui al estacionamiento a buscarlo y me sorprendió ver otro automóvil, desconocido para mí, obstruyendo el camino del mío. No le di importancia y revisé dentro de mi coche. Efectivamente, allí estaba mi teléfono.
Suspiré aliviada y, justo cuando iba a marcarle a Will, el móvil resbaló de mis manos y cayó debajo del auto desconocido. Me agaché para alcanzarlo, pero mis manos eran demasiado cortas.
— ¡Maldito aparato! —bufé, acomodándome en el suelo y estirándome lo más que pude debajo del auto.
— ¿Qué le haces a mi auto? —escuché una voz desconocida.
Levanté la cabeza de golpe y, para mi mala suerte, me estrellé contra algo sólido.
— ¡Auch! —me quejé, arrastrándome para salir de debajo del vehículo.
Cuando finalmente levanté el rostro, me quedé perpleja. No sé si aún tenía los efectos del alcohol en mi cuerpo o si había sido el golpe en la cabeza, pero lo único que veía era a un dios griego frente a mí.
— ¿Eres sorda o muda? ¿Qué haces en mi auto?
O tal vez... solo se trataba del mismísimo Lucifer.
ValentinaUn año después.Estaba sentada en el suelo de mi taller dibujando un vestido cuando Adam entró sin tocar.—Tengo una pregunta —dijo tirándose en el sofá con la familiaridad de un hombre que lleva meses entrando sin tocar y que ya no pretende cambiar.Pero ya estaba acostumbrada a su actitud, arrogante, altruista, tierna, amorosa, gentil. Todo eso era Adam Fox—Dime.—¿En qué momento pasamos de "no de paciencia" a esto?—¿A qué?—A que tengo un cepillo de dientes en tu baño, una guitarra en tu sala, la mitad de mi ropa en tu clóset y a tu padre llamándome "hijo" cuando me ve llegar.—Fue gradual.—Fue rapidísimo.Me reí. Porque tenía razón. Lo que empezó como un "espérame" se convirtió en cenas que terminaban tarde, en mañanas que empezaban juntos, en una llave de mi apartamento que le di "por si acaso" y que usaba todos los días. Nunca hubo una declaración formal. Nunca hubo un "¿quieres ser mi novia?" con flores y rodilla en el suelo como hizo Adonias. Solo pasó. Como las m
GénesisSeis meses después.Las luces del teatro se apagaron y la música empezó a sonar. No la música que estaba programada sino un reggaetón que hizo girar cabezas en toda la primera fila.—Sofía —murmuré.Leyla me miró. Las dos al mismo tiempo hacia el fondo del escenario donde Sofía y Luca estaban a cargo de la consola de sonido porque Valentina cometió el error de confiarles esa responsabilidad y ellos cometieron el acierto de aprovecharla.Un técnico corrió hacia ellos. Cambió la música. Volvió la melodía elegante que Valentina eligió para su primer desfile. Sofía levantó los hombros con la inocencia de una niña de once años que sabe exactamente lo que hizo y que no se arrepiente.—Tu hija es un peligro —me susurró Leyla.Leyla se rio. Yo también. Porque reírnos en la primera fila de un desfile de moda mientras dos menores saboteaban la música era exactamente el tipo de caos que definía a nuestras familias. Y después de todo lo que vivimos, el caos pequeño era un regalo.La prime
ValentinaPapá se levantó de la cama sin mi ayuda por primera vez en semanas.Fue despacio. Con cuidado. Apoyándose en la mesita de noche con una mano. Después de un paro cardíaco, un desalojo y el descubrimiento de que la mujer con la que se casó era una criminal que le robó hasta el último centavo, era un milagro que no necesitaba más nombre que la terquedad de Rodrigo Rojas.Había pasado casi un mes desde la muerte de Morgana. De Dafne. Todavía no sabía cómo llamarla. Tal vez nunca lo sabría.Las investigaciones revelaron lo que ya sospechábamos: Dafne desvió el dinero de papá a cuentas que ella controlaba. Fabricó la quiebra. Orquestó el desalojo. Todo para financiar su estilo de vida, iba a huir y mantenerse con el dinero de mi padre.Fuimos al abogado esa mañana.—Las investigaciones han avanzado —dijo abriendo una carpeta—. Recuperamos la mitad del dinero que Morgana les robó. El resto va a tomar tiempo porque parte de los fondos pasaron por cuentas internacionales. Pero con lo
AdoniasLlevaba tres días en cama y ya quería arrancarme la pierna yo mismo.No por el dolor. El dolor lo controlaban los analgésicos. Lo que no controlaban era el aburrimiento de un hombre acostumbrado a tener cada minuto organizado y que ahora pasaba las horas mirando el techo, revisando redes sociales que no le importaban. La puerta se abrió.Mía. Con una bandeja en las manos, el pelo recogido en una coleta desordenada y una sonrisa que me aceleró el pulso más que cualquier analgésico.—Te traje tu postre favorito —dijo entrando —¿Flan de caramelo?—Flan de caramelo. Lo hice yo. Así que si sabe raro, te lo comes igual y me dices que está delicioso.—¿Tú cocinaste?—No actúes tan sorprendido. Heredé algunas habilidades de mi madre que no son solo el sarcasmo y la capacidad de destruir egos con una sola mirada.Se acercó a la cama. Puso la bandeja en la mesita de noche. Y cuando se inclinó para acomodar la cuchara, la tomé del brazo.—Agáchate —le dije.—¿Para qué?—Agáchate.Se ag
GénesisAdonias abrió los ojos a las seis de la mañana.Llevaba ocho horas en el hospital. La operación fue de emergencia: la bala le atravesó el muslo izquierdo sin tocar la arteria femoral, lo cual según el cirujano fue un milagro de milímetros. Le sacaron la bala, le cosieron, le vendaron y lo conectaron a una máquina que pitaba con la regularidad de un metrónomo que marcaba el ritmo de mi alivio.Estuve toda la noche sentada junto a su cama. Sin dormir. Con su mano entre las mías. Mirando el monitor que confirmaba que su corazón seguía latiendo porque mi propio corazón necesitaba esa confirmación cada segundo.Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fue mi cara. —Mamá —dijo con la voz rasposaLe besé la frente. —Todos estábamos preocupados —le dije—. Mucho más Adam. No se movió de la sala de espera en toda la noche. Y Valentina tampoco. Esa chica te quiere, tienes una gran novia, Adonias. Se quedó hasta que el cirujano salió a decirnos que estabas estable.Adonias desvió la mi
EthanWill estaba sobre Dafne en el suelo.La sostenía con todo el peso de su cuerpo. Ella debajo. Él encima. Las manos de Will agarrándole las muñecas contra el piso. Las manos de Dafne intentando soltarse con una fuerza que no correspondía a su cuerpo pero que venía de un lugar más profundo que los músculos.—Te amo —le dijo Will con la voz quebrada, mirándola desde arriba—. Te amé durante veinte años. Más de lo que amé a nadie. Más de lo que debí amar a nadie. Pero esto tiene que parar, Dafne. Tiene que parar de una vez.Dafne dejó de forcejear. Lo miró desde abajo. —Will —susurró ella.Entonces se escuchó el disparo.Seco. Amortiguado por los dos cuerpos. Un sonido que no retumbó en la sala como los anteriores sino que se quedó entre ellos como algo íntimo, privado, que solo les pertenecía a los dos.Will y Dafne se quedaron quietos.Un segundo. Dos. Tres. Sin moverse. Sin respirar. Will se levantó. Despacio. Se apartó de Dafne con la lentitud. Se puso de pie. Retrocedió. Y camin







