LOGIN⸻A partir de esta noche, duermes en mi departamento o en tu casa, pero las cámaras de los tabloides deben verte salir conmigo a cenar al menos dos veces por semana. Tenemos que venderle al país la historia de un romance fulminante. El hijo del presidente cae rendido ante la abogada más codiciada de la élite. La narrativa tiene que ser perfecta.
Sentí una punzada en el vientre. Un leve calambre me recordó que el tiempo estaba corriendo. Mi cuerpo estaba cambiando, las hormonas comenzaban a tejer una realidad que ya no podía borrar.
⸻Mañana a las nueve de la mañana en mi oficina ⸻concluí, ajustándome el abrigo sobre el traje sastre⸻. Lleva a tus abogados. Si una sola coma no me gusta, el trato se rompe.
⸻Allí estaré, Alessia.
No esperé a que me abriera la puerta ni a que se despidiera. Me di la vuelta y caminé a pasos largos hacia mi Audi estacionado al otro lado del nivel subterráneo. Subí al vehículo, cerré la puerta y le pasé el seguro.
El silencio dentro del habitáculo de cuero era ensordecedor.
Apoyé la cabeza contra el volante. El temblor regresó, esta vez violentamente, sacudiéndome desde los hombros hasta los tobillos. Las lágrimas que había retenido durante toda la negociación brotaron sin control, mojando el tapizado.
¿En qué carajos me acababa de meter?
Hace dos semanas era una mujer felizmente casada, planeando una fecundación in vitro con la esposa que creía amar, administrando balances financieros y soñando con una familia estable. Hoy, era una divorciada con el corazón destruido, embarazada de un desconocido con melena de león que me había dicho "te amo" bajo el efecto del tequila, y a punto de firmar un pacto con el diablo encarnado en el hijo del presidente de la República.
Encendí el motor. El rugido del motor Audi retumbó en el garaje.
Tenía que enfrentarlo todo. A mi padre, a Lily, a mi madre, a la prensa… y a la sombra de Fernando, ese chico cuya sonrisa tierna no dejaba de perseguirme en mis noches de insomnio.
Llegué al departamento de Lily pasadas las ocho de la noche. Ni siquiera tuve fuerzas para quitarme los tacones al cruzar la puerta. Me tiré sobre el sofá de la estancia, mirando al techo con la vista perdida.
Lily salió de la cocina con una taza de té humeante en la mano. Al verme en ese estado, dejó la taza de golpe sobre la mesa de centro y se arrodilló a mi lado.
⸻Alessia… Dios mío, ¿qué pasó? Te llamé diez veces. Tu mamá me dijo que saliste disparada de la reunión del gobierno. ¿Les dieron el proyecto?
⸻Nos rechazaron ⸻dije con la voz plana, sin alterar la mirada fija en el techo.
⸻¿Qué? No… no puede ser. Si tu propuesta era imbatible. Alessia, tu papá…
⸻Pero conseguí otra oferta ⸻la interrumpí, girando la cabeza lentamente para mirarla.
Lily me observó confundida, arrugando la frente.
⸻¿De qué hablas? Si les rechazaron la licitación, ¿de dónde vas a sacar los millones para la clínica en Suiza?
⸻Me voy a casar.
El silencio que siguió a mi frase fue denso. Lily se quedó paralizada, parpadeando varias veces como si intentara traducir un idioma extranjero.
⸻¿Qué dijiste? Alessia… te divorciaste hoy en la mañana. Literalmente hoy firmaste los papeles para quitarle el apellido a Nashla. ¿De qué demonios estás hablando?
⸻Me voy a casar con Fernand. El hijo del presidente.
Lily soltó una carcajada nerviosa, esperando que me echara a reír con ella. Pero al ver la frialdad cadavérica de mi rostro, la sonrisa se le congeló en los labios.
⸻Dime que es una broma. Por favor, dime que la resaca o las hormonas del embarazo te están haciendo delirar.
⸻Él sabe lo del bebé ⸻confesé, incorporándome en el sofá hasta quedar sentada⸻. Vio los análisis médicos en el hospital. Sabe que la empresa está quebrada y que mi padre se está muriendo. Me ofreció financiar el proyecto, darle un apellido al niño y salvar la constructora a cambio de que finja ser su prometida durante seis meses para la campaña de su padre.
⸻¡Eso es extorsión! ⸻gritó Lily, poniéndose de pie de un salto, visiblemente alterada⸻. ¡Es un chantaje miserable! ¡Es un tipo que apenas conoces! Alessia, eres abogada, ¡puedes demandarlo por coerción!
⸻¿Con qué pruebas, Lily? ⸻refuté con amargura⸻. ¿Con la palabra de una ejecutiva embarazada de un desconocido contra el hijo del hombre más poderoso del país? No tengo tiempo para un juicio de dos años. Mi padre tiene meses de vida si no empieza la quimioterapia experimental este mes. No tengo opción.
Lily se pasó las manos por el cabello, caminando de un lado a otro de la sala con desesperación.
⸻Esto es una locura… una locura absoluta. ¿Y qué pasa con Fernando? ¿El chico del bar? ¿No vas a buscarlo? ¿No le vas a decir que vas a tener un hijo suyo?
Al escuchar su nombre, un nudo opresivo me apretó la garganta. La imagen de sus ojos negros, tiernos y profundos, mirándome en la penumbra del club mientras me decía «eres la chica más hermosa y rota que he conocido», me atravesó el alma.
⸻¿Para qué lo buscaría? ⸻respondí, intentando convencerme a mí misma más que a ella⸻. Fernando es un chico dulce, sí, pero viste jeans rotos, maneja un Mustang viejo y se emborracha los sábados por la noche. ¿Qué le voy a decir? 'Hola, soy Alessia Díaz, la abogada millonaria que conociste borracha. Estoy embarazada, mi familia está en la quiebra y necesito doscientos millones de dólares'. Lo destruirá. Le arruinaré la vida. Él fue solo un hermoso accidente de una noche, Lily. Un oasis en medio de mi infierno. Él pertenece a un mundo libre… yo pertenezco a este nido de víboras.
⸻Te estás sacrificando ⸻dijo Lily, volviendo a sentarse a mi lado y tomándome las manos con fuerza⸻. Estás vendiendo tu alma para salvar a tu padre y a una empresa que te consume viva.
⸻Es lo que hace una Díaz ⸻contesté, tragándome las lágrimas⸻. Mi padre arriesgó sus últimos dos dólares en un boleto de lotería para sacarnos de la calle. Ahora me toca a mí apostar mi vida para salvar la suya.
A la mañana siguiente, el sol apenas despuntaba sobre los rascacielos del centro financiero cuando entré al edificio de la firma Díaz.
Llevaba un traje sastre de dos piezas en tono azul marino, ajustado con precisión, y el cabello peinado con una raya al lado impecable. El maquillaje camuflaba el tono pálido de mi piel y las ojeras del insomnio. Nadie que me mirara al pasar por el vestíbulo habría imaginado que la mujer erguida sobre tacones de diez centímetros llevaba tres semanas de embarazo y el corazón hecho trizas.
A las ocho y cincuenta y cinco, la puerta de la sala de juntas principal se abrió.
Fernand entró puntual. Vestía un traje gris impecable, acompañado por dos abogados veteranos de maletín de cuero que emanaban esa arrogancia típica de los bufetes que trabajan para el Estado. Lily estaba a mi lado, aferrando la carpeta con nuestro borrador modificado.
⸻Buenos días, licenciada Díaz ⸻saludó Fernand con una cortesía helada, extendiendo su mano.
⸻Buenos días, señor… Fernand ⸻respondí, rozando sus dedos con la frialdad de dos estatuas de mármol.
Nos sentamos a la mesa de caoba. Durante dos horas, el aire de la sala se llenó del sonido de hojas pasándose, términos jurídicos, cláusulas de confidencialidad y sanciones por incumplimiento. Peleé cada coma. Exigí que la cláusula de rescisión fuera automática si él intentaba interferir en las decisiones operativas de la constructora, y blindé la custodia futura del bebé para que, tras el divorcio, la patria potestad fuera cien por ciento mía.
Fernand aceptó cada exigencia sin parpadear, demostrando una frialdad ejecutiva que, en el fondo, mi mente analítica no podía evitar respetar.
A las once y catorce minutos, estampamos nuestras firmas en las cuatro copias del contrato.
⸻El primer desembolso para la clínica estará acreditado en la cuenta personal de su padre a las dos de la tarde ⸻dijo Fernand, guardando su estilográfica de oro en el bolsillo interior de su saco.
⸻Gracias ⸻susurré, sintiendo un peso gigantesco retirarse de mis hombros, aunque otro más pesado acababa de instalarse sobre ellos.
⸻Ahora ⸻añadió él, poniéndose de pie⸻, la primera aparición pública. Hoy a las ocho de la noche hay una gala benéfica en el Hotel Grand Plaza. Pasarás por la alfombra roja conmigo. La prensa ya fue avisada de que daré un anuncio importante sobre mi vida personal.
Sentí un escalofrío. La maquinaria del engaño acababa de encenderse.
⸻Estaré lista ⸻respondí sin mirarlo.
El resto de la tarde fue un torbellino. Tuve que llamar a mi padre para darle la noticia de que el financiamiento privado para su tratamiento estaba garantizado. Escuchar su voz cansada, quebrada por la emoción y el alivio al teléfono, pagó de golpe cada gota de humillación que había sentido en el estacionamiento.
⸻Sabía que lo lograrías, hija… ⸻murmuró mi padre desde la cama del hospital donde le realizaban los estudios previos⸻. Siempre has sido el pilar de esta familia. Estoy orgulloso de ti.
⸻Haz tu parte, papá. Ve a Suiza y cúrate. Del resto me encargo yo.
A las siete de la noche, Luca estaba en mi departamento terminando de ajustar los últimos detalles de mi arreglo para la gala. Me había puesto un vestido largo de noche en tono verde esmeralda, de corte imperio, que caía con fluidez sobre mis caderas, disimulando cualquier leve inflamación abdominal. Las joyas de zafiro de mi abuela completaban un conjunto imponente.
⸻Estás divina, mi amor ⸻dijo Luca, dándome un último toque de fijador en el cabello corto⸻. Aunque sigo sin entender cómo pasaste de llorar por la maldita de Nashla a ir de la mano con el hijo del presidente en menos de dos semanas.
⸻Cosas del mundo corporativo, Luca ⸻respondí con una sonrisa triste frente al espejo⸻. A veces las fusiones se dan más rápido de lo esperado. Además, no me iba a humillar esa perra, no me busqué un cualquiera.
El timbre de la puerta sonó. Mi corazón dio un vuelco.
Era la hora.
Salí al pasillo. Fernand me esperaba junto al elevador. Vestía un esmoquin negro clásico que resaltaba su figura alta y estilizada. Al verme salir, sus ojos se posaron en mí durante unos segundos más de lo necesario. Hubo un destello de genuina admiración en su mirada antes de que la máscara de hielo volviera a cubrir su rostro.
⸻Luces impecable, Alessia ⸻dijo, ofreciéndome su brazo.
⸻Es mi trabajo dar el perfil ⸻respondí, pasando mi mano por el doblez de su saco sin llegar a tocar su piel.
El trayecto en la limusina hasta el Hotel Grand Plaza fue silencioso. El ambiente dentro del vehículo era tan tenso que podía cortarse con un bisturí. Yo miraba por la ventana las luces de la ciudad pasar a toda velocidad, tocando disimuladamente mi vientre por encima de la tela de seda verde.
«Aguanta un poco más, pequeñito», pensé en silencio. «Mamá está construyendo un escudo para protegerte».
Al llegar al hotel, el destello de cientos de flashes fotográficos iluminó la noche. El ruido de los gritos de los reporteros penetró los cristales blindados del auto.
⸻¿Lista para el espectáculo? ⸻preguntó Fernand, mirándome de frente antes de que el chofer abriera la puerta.
⸻Nací lista para los negocios ⸻respondí.
La puerta se abrió. El rugido de la prensa fue ensordecedor.
¡Señorita Díaz! ¡Licenciada Díaz! ¡Es verdad lo del divorcio! ¡Señor Fernand, una foto juntos!
Fernand bajó primero, extendió su mano y me ayudó a descender con una delicadeza perfectamente ensayada. Me tomó de la cintura, pegándome suavemente a su costado. Sentí el calor de su cuerpo atravesar la tela de mi vestido, pero mantuve la espalda erguida, la barbilla levantada y la sonrisa más deslumbrante y falsa de mi vida dibujada en el rostro.
Caminamos por la alfombra roja posando para los fotógrafos. Éramos la pareja perfecta: la ejecutiva estrella de la élite financiera y el heredero médico del presidente de la nación. La historia que el país entero consumiría mañana en las portadas de todos los periódicos.
Entre el tumulto de periodistas, una pantalla gigante en la fachada del edificio de enfrente transmitía el noticiero nocturno. En la franja inferior se leía el titular: «Alessia Díaz y el nuevo contrato millonario con el Estado».
Cerré los ojos por una fracción de segundo bajo la tormenta de flashes. Por dentro, mi mente voló lejos de la alfombra roja, lejos del esmoquin de Fernand y de las luces del hotel. Voló hacia una barra oscura de bar, hacia el olor a tequila barato, hacia la risa escandalosa de un chico con melena rubia que me discutía sobre motores Porsche mientras me sujetaba la mano como si fuera lo más valioso del mundo.
Dónde estarás, Fernando...
⸻Sonríe, Alessia. Nos están grabando ⸻susurró Fernand cerca de mi oído, ajustando su agarre en mi cintura.
Tragué saliva, abrí los ojos, miré fijamente a la cámara principal y sonreí. El pacto estaba firmado. El juego acababa de comenzar.
—Al diablo con lo que deberíamos hacer, preciosa —dijo con esa sonrisa juguetona que me desarmaba por completo—. Solo por hoy. Mañana vuelves a tu vida perfecta y a tu realidad. Pero hoy… quédate conmigo.No pude más. La tentación, la necesidad de sentirme querida sin contratos de por medio y el deseo acumulado durante semanas ganaron la batalla. Lo tomé del cuello de la chaqueta de cuero y lo besé.Fue un beso hambriento, salvaje y cargado de una electricidad acumulada. Sus labios sabían a mezcal y a peligro. Me sujetó por la cintura con la fuerza suficiente para pegarme a su pecho, y por unos minutos, el resto del universo simplemente dejó de existir.Veinte minutos después, no sabíamos exactamente cómo, estábamos entrando a la habitación de un hotel boutique discreto en la zona colonial. Un lugar de paredes de piedra, luces tenues y sin fotógrafos acechando en las esquinas. Pagué la habitación con billetes en efectivo que traía en la cartera para no dejar ni un solo rastro digital.
Ahí estaba él.En medio del humo denso teñido de luces moradas, el retumbo sordo de los bajos retumbando en el suelo y el olor penetrante a tequila barato con limón, Fernando parecía una visión directamente esculpida para poner a prueba mi cordura. Llevaba unos jeans oscuros desgastados, una camiseta negra descolorida que le marcaba el pecho y esa chaqueta de cuero que parecía haber sobrevivido a tres guerras mundiales. Pero lo que me hizo tragar saliva de golpe fue su cabello: una melena hasta las orejas, rebelde y castaña que le caía con una desenvoltura salvaje.En ese preciso instante, la abogada fría y analítica que llevaba dentro le dio una bofetada metafórica a la tonta obsesionada de la mañana.«¡Pero qué imbé... es decir, qué delirante fui en la mañana!», me recriminé en un grito mental mientras me agarraba del borde de la barra para no caerme de espaldas. «¡Míralo! Fernand es un médico cirujano estirado que huele a clínica privada, habla como un diccionario de derecho consti
—Todas las manos de los hombres de un metro ochenta y cinco con buena genética se ven parecidas en fotos de alta resolución, Alessia —respondió ella, rodando los ojos con dramatismo—. Además, ¿me estás diciendo que el hijo del presidente de la nación, en lugar de estar revisando presupuestos del Estado o salvando vidas en un quirófano, se puso una peluca de león, se cambió el nombre por una 'o' al final, se subió a un carro viejo y se fue a un club de mala muerte a emborracharse con dos chicas despechadas?—¡Podría ser un hobbie! —defendí, aunque la frase sonó ridícula incluso en mi cabeza en cuanto salió de mis labios.—¿Un hobbie? —Lily soltó una carcajada tan fuerte que casi se ahoga con el café—. Claro, el pasatiempo favorito de la alta alcurnia política: hacerse pasar por un rockero sin dinero para que las abogadas ricas les regalen tragos. Alessia, por favor, estás buscando un fantasma porque tienes miedo de lo que sientes por este hombre y porque tu cerebro no puede procesar qu
Salimos al estrado. El impacto de los flashes fue como una explosión de luz blanca que casi me deja ciega. Los gritos de los reporteros llamando nuestros nombres se superpusieron unos a otros en un caos absoluto.¡Licenciada Díaz! ¡Señor Fernand! ¡Una foto juntos! ¡¿Es verdad que la boda será en diciembre?! ¡¿Qué responde a los rumores de que esto es una estrategia de campaña?!El Presidente de la República, a nuestro lado, levantó las manos pidiendo silencio y se acercó al podio con la solvencia de un político veterano.—Buenas tardes a todos los miembros de la prensa —comenzó el mandatario con voz potente—. Hoy no solo estamos aquí para anunciar la adjudicación definitiva de la licitación del proyecto del Centro Comercial del Estado a la Constructora Díaz, una empresa de probada solidez y excelencia técnica… sino también para compartir una noticia que llena de alegría a nuestra familia.El salón quedó en un silencio absoluto. Todos los micrófonos se inclinaron hacia el podio.—Mi hi
El café de la mañana no sabía a café; sabía a castigo divino. Estaba sentada en la cocina de mi departamento con una taza de manzanilla tibia entre las manos, mirando la pantalla de mi teléfono como si fuera a explotar. Y tenía razones de sobra para temerle: las notificaciones caían en cascada con la violencia de una avalancha en los Alpes.«Alessia Díaz y el hijo del presidente: ¿El romance corporativo de la década?» «De la bancarrota al altar de la República» «Forbes analiza el impacto financiero de la boda Díaz-Fernand»—Si vuelvo a leer la palabra "cuento de hadas" en un titular, voy a demandar a la Real Academia Española por uso indebido de metáforas —refunfuñé, dando un sorbo a mi infusión.Lily, que estaba sentada frente a mí devorando un croissant con la tranquilidad de quien no tiene la vida hecha un nudo ciego, se echó a reír.—Acepta tu destino, amiga. Ahora eres la Cenicienta del sector inmobiliario. Solo que en lugar de un zapatillo de cristal, usas tacones de marca, tien
El aire dentro del despacho de Fernand olía a madera de nogal, cuero caro y el perfume sutil pero inconfundible de su colonia. Eran las diez de la noche de un martes y, en lugar de estar descansando o revisando expedientes en mi casa, estaba de pie en medio de la alfombra persa, con los brazos cruzados y la mirada fija en el hombre que, sobre el papel, era mi prometido.—A ver, otra vez —dijo Fernand, aflojándose la corbata y apoyándose en el borde de su enorme escritorio de caoba—. La prensa no nos va a preguntar qué día firmamos la licitación de la obra. Nos van a preguntar dónde fue nuestra primera cita. ¿Qué vas a responder?—En un evento de gala de la Cámara de Comercio —recité con voz monótona y cara de pocos amigos—. Nos vimos al lado de la mesa de aperitivos, cruzamos miradas mientras sosteníamos dos copas de champagne caro y caímos rendidos ante el intelecto y el encanto corporativo del otro.Fernand soltó una risa seca y negó con la cabeza.—Alessia, pareces un robot program







