La carretera del bosque
El sábado amaneció con un sol tímido y un viento frío que arrastraba hojas secas por las calles de Merilan.
Gael llevaba veinte minutos intentando arreglar la cadena de su bicicleta cuando Rose apareció en el jardín con dos tostadas en la mano.
—¿Piensas terminar antes de Navidad?
Él no levantó la cabeza.
—Estoy trabajando.
—Llevas veinte minutos mirando la misma pieza.
—Es una pieza complicada.
Rose mordió una tostada.
—Es una cadena.
—Y tú eres una experta en molestar.
—Gracias. Practico todos los días.
Gael levantó la cabeza para responderle, pero ella ya estaba alejándose por el camino de entrada, riéndose.
A los quince años, Gael había descubierto que había pocas cosas tan irritantes como tener una prima que conocía todos sus puntos débiles.
Y ninguna tan útil como tenerla cerca cuando necesitaba olvidar algo.
Últimamente, sin embargo, le costaba olvidar.
Desde aquella noche en que había visto a su abuela salir con la capucha y reunirse con una figura en el camino del risco, dormía peor. Se sorprendía mirando por las ventanas y prestando atención a los ruidos de la casa.
No le había contado nada a Rose.
Todavía no sabía cómo explicarlo sin sonar como uno de esos vecinos que aseguraban haber visto brujas en cada árbol.
—¡Gael! —gritó Rose desde la entrada—. ¡Samuel y Olivia vienen en cinco minutos!
—¿Y por qué no me lo dijiste antes?
—Porque llevas veinte minutos hablando con una bicicleta.
Él le lanzó un trapo. Rose lo esquivó sin dejar de reírse.
Samuel llegó montado en una bicicleta verde que hacía un ruido parecido al de una cafetera vieja.
Olivia apareció unos minutos después, con una mochila pequeña y el cabello recogido.
—¿Adónde vamos? —preguntó Gael.
Samuel señaló hacia el norte.
—A la carretera del bosque.
Rose dejó de sonreír.
—¿La que está cerrada?
—No está cerrada. Hay un cartel que dice que no se recomienda pasar.
—Eso significa que no debemos pasar —dijo Olivia.
Samuel puso los ojos en blanco.
—Significa que los adultos no quieren que pasemos.
—Esa es precisamente la clase de razonamiento que termina en una ambulancia —respondió Gael.
—¿Vienes o no?
Gael miró a Rose.
Ella se encogió de hombros.
—Si no vamos, Samuel nos contará durante los próximos seis meses que tuvo la mejor aventura de su vida.
—¡Exactamente! —exclamó Samuel.
—Entonces vamos —decidió Gael.
Olivia suspiró.
—Voy a necesitar amigos nuevos.
—No puedes. Ya nos conoces demasiado.
Y los cuatro se pusieron en marcha.
La carretera del bosque quedaba detrás de las últimas casas del pueblo. El asfalto estaba agrietado y las ramas de los árboles se inclinaban sobre el camino, formando un túnel irregular.
A medida que avanzaban, las casas fueron desapareciendo detrás de ellos.
El ruido de las bicicletas se mezclaba con el crujido de las hojas y el canto ocasional de algún pájaro.
—Mi hermano dice que esta carretera se construyó para llegar a una cantera —comentó Olivia—. La cerraron hace años.
—¿Por qué? —preguntó Gael.
—Porque hubo un accidente.
Samuel se volvió sobre su bicicleta.
—Mi tío dice que allí encontraron cosas raras.
Rose frunció el ceño.
—¿Qué cosas?
—No sé. Cosas raras.
—Qué explicación tan detallada.
—Si quieres una conferencia, la cobro por hora.
Gael soltó una risa.
Durante un rato siguieron avanzando, bromeando y compitiendo para ver quién podía pedalear más rápido sin salirse del camino.
Samuel perdió una carrera porque una rama se enganchó en su chaqueta.
Olivia se rio tanto que casi se cayó de la bicicleta.
Rose ganó la siguiente y exigió que los demás la llamaran campeona de Merilan.
—Campeona de una carretera vacía —dijo Gael.
—Los perdedores siempre encuentran excusas.
Por unos minutos, el bosque fue solamente eso: un bosque. Un lugar para hacer carreras, respirar aire frío y olvidarse de las preocupaciones.
Hasta que llegaron al cartel.
Estaba torcido junto a una entrada cubierta de maleza.
PROHIBIDO EL PASO. ZONA INESTABLE.
La pintura roja se había desgastado por la lluvia. Detrás del cartel comenzaba un camino estrecho que descendía entre los árboles.
Samuel frenó.
—Bueno. Aquí estamos.
Olivia lo miró con los brazos cruzados.
—¿Y ahora qué?
—Ahora vemos.
—¿Vemos qué?
—Lo que haya que ver.
—Samuel, algún día vas a tener que aprender a pensar antes de hablar.
—Ese día no será hoy.
Gael bajó de la bicicleta y se acercó al cartel. Más allá, el sendero estaba cubierto de hojas y barro. No parecía haber sido utilizado recientemente.
Entonces vio algo atado a un árbol.
Una cinta amarilla, descolorida y desgarrada, colgaba de una rama a poca altura del suelo.
Se acercó.
—¿Qué es eso?
Rose dejó su bicicleta y caminó hasta él.
La cinta tenía una inscripción negra casi borrada. Gael apartó unas hojas que la cubrían y distinguió dos palabras.
NO PASAR.
Debajo había una fecha.
La cinta estaba tan deteriorada que solo se alcanzaban a leer el mes y los dos últimos números del año.
—Parece vieja —dijo Olivia.
Samuel intentó arrancarla.
—A lo mejor la pusieron para asustar a los niños.
—Tú eres un niño —le recordó Rose.
—Soy un adolescente.
—Un adolescente que acaba de intentar comerse una goma de borrar porque pensó que era un caramelo.
—Fue una confusión.
—Era rosa fosforescente, Samuel.
Gael sonrió, pero su atención seguía puesta en la cinta.
Había algo que no le gustaba.
No sabía qué era. Quizá solo el hecho de que estuviera allí, en medio de un camino que nadie parecía utilizar.
Miró hacia el sendero.
—Vamos a echar un vistazo desde aquí. Sin bajar demasiado.
Olivia abrió la boca para protestar, pero en ese momento escucharon un ruido entre los árboles.
Un golpe seco.
Después, el silencio.
Los cuatro se quedaron inmóviles.
—¿Qué fue eso? —susurró Rose.
Samuel tragó saliva.
—Una rama.
—¿Y por qué lo dices en voz baja? —preguntó Gael.
—Porque las ramas también merecen respeto.
Nadie se rio esta vez.
Gael tomó su bicicleta por el manubrio.
—Quizá deberíamos volver.
Samuel pareció aliviado, aunque intentó disimularlo.
—Sí. Claro. Yo también estaba pensando que ya vimos suficiente.
—Hace dos minutos querías descubrir los secretos del bosque —dijo Olivia.
—Los secretos pueden esperar.
Empezaron a regresar hacia la carretera.
Entonces Rose se detuvo.
—Esperen.
Señaló el suelo junto al árbol donde estaba atada la cinta.
Entre las hojas húmedas había algo pequeño y metálico.
Gael se agachó para recogerlo.
Era una placa rectangular, oxidada en los bordes. Tenía un número grabado y una palabra casi ilegible.
EVIDENCIA.
Nadie habló durante varios segundos.
Olivia fue la primera en reaccionar.
—Eso no parece algo que un niño haya dejado jugando.
Gael giró la placa entre los dedos.
—No. No lo parece.
Samuel miró hacia el sendero.
—¿Creen que deberíamos llevarla a la policía?
Rose asintió.
—Sí. Si es de una investigación, alguien podría estar buscándola.
Gael guardó la placa en el bolsillo de su chaqueta, sin saber muy bien por qué. Quizá porque no quería dejarla allí, abandonada entre las hojas. Quizá porque la palabra grabada le había provocado una sensación incómoda.
O quizá porque, desde la desaparición de Thomas, había aprendido que en Merilan era mejor no ignorar las cosas extrañas.
Regresaron al pueblo antes del mediodía.
En la comisaría, un agente examinó la placa con expresión seria.
—¿Dónde encontraron esto?
Gael le explicó lo de la carretera y la cinta amarilla. No mencionó el ruido que habían escuchado entre los árboles porque ni siquiera sabía si había sido real.
El agente giró la placa y anotó algo en una libreta.
—Hicieron bien en traerla. Esa zona lleva años restringida.
Samuel levantó una mano.
—¿Por el accidente de la cantera?
El agente lo miró.
—¿Quién les habló de la cantera?
—Mi tío.
El hombre cerró la libreta.
—No deberían andar por allí. El terreno es inestable y hay zonas que no están señalizadas.
—¿La placa pertenece a una investigación? —preguntó Gael.
El agente guardó el objeto en una bolsa transparente.
—Vamos a comprobarlo.
—¿Y qué significa el número?
El hombre levantó la mirada.
—Significa que ahora ustedes van a hacer lo que les dije y se mantendrán alejados de esa carretera.
No respondió a la pregunta.
Les pidió sus nombres y direcciones, les recordó que no debían entrar en una zona restringida y los dejó marcharse.
Afuera, Samuel se quejó durante todo el camino.
—Ni siquiera nos dio las gracias.
—Nos dijo que hicimos bien en llevarla —respondió Olivia.
—Eso no es lo mismo.
Rose miró a Gael.
—¿Estás bien?
Él asintió.
Pero no estaba pensando en el agente.
Estaba pensando en la palabra grabada en la placa.
Evidencia.
Aquello no había sido una advertencia improvisada por unos niños. Alguien había colocado una cinta, alguien había restringido el acceso a la zona y alguien había dejado allí una pieza relacionada con una investigación.
Una investigación que quizá llevaba años olvidada.
Esa tarde, Gael regresó a casa con Rose.
La abuela estaba en el porche, remendando una prenda de ropa. Levantó la vista cuando los vio acercarse.
—¿Dónde estaban?
—En la carretera del bosque —respondió Rose.
La aguja de la abuela se detuvo.
Fue apenas un instante.
Tan breve que Rose ni siquiera pareció notarlo.
Pero Gael sí.
—¿Qué hacían allí? —preguntó la mujer.
—Dando una vuelta —dijo él.
La abuela dejó la prenda sobre su regazo.
—No vuelvan a ese lugar.
Gael frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque es peligroso.
—Eso nos dijeron en la comisaría.
La mujer lo miró con atención.
—¿En la comisaría?
Rose comenzó a contarle lo de la placa, la cinta amarilla y el agente que les había advertido que no regresaran.
La abuela escuchó sin interrumpirla.
Cuando Rose terminó, la anciana recogió la prenda y volvió a enhebrar la aguja.
—Hay lugares que es mejor dejar tranquilos.
Gael sintió que se le erizaba la piel.
No era la primera vez que escuchaba algo parecido.
La gente de Merilan decía lo mismo del bosque, del risco y de las noches en que desaparecían los animales.
La abuela nunca explicaba por qué.
—¿Tú sabes qué pasó allí? —preguntó.
La anciana levantó la cabeza.
—Sé que no quiero que vuelvas.
—Eso no responde a mi pregunta.
Rose miró a su primo, sorprendida por el tono que había utilizado.
La abuela dejó la aguja sobre la mesa.
—En esta casa no voy a discutir contigo.
Se levantó y entró.
La puerta se cerró detrás de ella.
Rose esperó unos segundos.
—¿Qué te pasa?
Gael miró la puerta.
—Nada.
—Pues últimamente tienes cara de estar esperando que alguien salga de debajo de la cama.
—Quizá estoy esperando que salga Samuel. Sería más fácil asustarlo.
Rose le dio un golpe suave en el hombro.
—Idiota.
Él sonrió, pero la sonrisa no le duró mucho.
Porque había visto la reacción de su abuela.
Y porque, por primera vez, se preguntó si ella sabía algo sobre aquella carretera que nunca había contado.
Esa noche, mientras todos dormían, Gael se levantó para beber agua.
Al pasar por la ventana del pasillo, miró hacia el jardín.
La casa estaba en silencio.
El reloj marcaba las once y treinta y ocho.
Entonces distinguió una figura al otro lado de la verja.
Llevaba una capucha oscura.
No podía verle el rostro, pero reconoció la manera de caminar.
Era su abuela.
Gael se acercó al cristal.
La mujer no se dirigió hacia el bosque.
Se quedó junto a la verja, mirando hacia la casa.
Después levantó una mano y pareció hacer una señal a alguien que estaba fuera de su campo de visión.
Una segunda figura apareció entre los árboles.
Gael retrocedió.
Su abuela no estaba sola.
Otra vez.
Las dos siluetas intercambiaron unas palabras. Después caminaron juntas hacia la carretera.
Gael permaneció junto a la ventana hasta que desaparecieron.
No sabía quién era la otra persona.
No sabía qué hacían allí.
Ni siquiera sabía si la placa encontrada esa mañana tenía alguna relación con las desapariciones.
Pero ya no podía convencerse de que las salidas nocturnas de su abuela fueran simples paseos.
En Merilan, los adultos guardaban secretos.
La policía no respondía a todas las preguntas.
Y su abuela parecía conocer muy bien los lugares donde nadie debía entrar.
Gael regresó a su habitación, cerró la puerta y se sentó al borde de la cama.
Por primera vez, tuvo miedo de averiguar la verdad.
Pero también tuvo miedo de no averiguarla nunca.
Y mientras la lluvia comenzaba a golpear los cristales, tomó una decisión que cambiaría su manera de mirar aquella casa para siempre.
La próxima vez que su abuela saliera con la capucha, no se quedaría mirando desde la ventana.
La seguiría.
Aunque tuviera que descubrir por qué, en Merilan, algunas personas desaparecían y otras parecían saber exactamente dónde buscarlas.