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la casa de la abuela

Author: Yelys
last update publish date: 2026-10-18 19:38:05

CAPÍTULO 2

La casa de la abuela

La puerta se cerró detrás de él.

El interior de la casa olía a tabaco, madera húmeda y algo que llevaba demasiado tiempo encerrado.

—Deja los zapatos ahí —ordenó su abuela, señalando una alfombra gastada.

El niño obedeció sin levantar la mirada. Todavía tenía el oso apretado contra el pecho.

—La maleta déjala junto a la escalera. Después te enseñaré dónde vas a dormir.

Él miró el pasillo. Había fotografías antiguas en las paredes, algunas torcidas, otras tan descoloridas que apenas se distinguían los rostros.

Entonces escuchó un ruido en el piso de arriba.

Pasos rápidos y ligeros.

Una niña apareció al final de la escalera.

Tendría unos nueve años. Llevaba el cabello oscuro recogido en una coleta desordenada y un vestido sencillo. Al verlo, se quedó quieta durante un instante, con curiosidad.

Después sonrió.

—¿Ya llegó?

La abuela encendió otro cigarrillo.

—Sí. Es tu primo.

La niña bajó los escalones con una alegría que contrastaba con el silencio de la casa.

—¡Hola!

El niño no respondió enseguida. La observó con cautela, apretando un poco más el oso contra su pecho.

Ella se detuvo frente a él y miró el peluche.

—¡Qué bonito! ¿Cómo se llama?

Él bajó la mirada.

—No tiene nombre.

La niña abrió los ojos, sorprendida.

—¿Cómo que no? ¡Todo el mundo necesita un nombre!

Lo dijo con tanta naturalidad que el niño casi sonrió. Casi.

Ella señaló el oso con un dedo.

—Podemos buscarle uno. Aunque, si lleva mucho tiempo contigo, seguro que ya tiene uno que le gusta.

—No tiene nombre —repitió él.

—Bueno, entonces tenemos una misión.

La niña le dedicó otra sonrisa antes de volverse hacia la anciana.

—¿Dónde va a dormir?

—En el cuarto de invitados.

—¿El que está junto al mío?

—Ese mismo.

—¡Qué bien! —exclamó ella—. Así no estaré tan sola en el pasillo por las noches.

La abuela soltó el humo lentamente.

—No lo molestes. Ha tenido un viaje largo.

—No voy a molestarlo, abuela.

La niña volvió a mirarlo.

—¿Tienes hambre? Puedo enseñarte dónde guardamos las galletas.

El niño no sabía qué contestar. Tenía hambre, pero también un nudo en la garganta que parecía impedirle tragar cualquier cosa.

—No quiero galletas.

—Está bien. Si después quieres, me dices.

Ella no insistió ni se burló de él. Simplemente tomó una de las correas de la maleta.

—¿Te ayudo a llevarla?

—Puedo solo —respondió él, demasiado rápido.

La niña soltó la correa sin ofenderse.

—Bueno. Entonces te acompaño.

Empezó a subir las escaleras y se detuvo un par de peldaños más arriba para esperarlo.

Él miró a su abuela.

La mujer permanecía junto a la puerta, fumando, con el rostro serio. No le ofreció un abrazo ni le preguntó si estaba bien.

—Sube —dijo únicamente—. Necesitas descansar.

El niño tomó la maleta y siguió a la niña.

La habitación estaba al final del pasillo.

Tenía una cama individual, un armario de madera oscura y una ventana que daba al jardín trasero. El papel de las paredes se había despegado en una esquina y una lámpara pequeña descansaba sobre la mesita de noche.

No era una habitación bonita, pero estaba limpia.

La niña entró detrás de él.

—Yo duermo en la de al lado —le explicó—. Si necesitas algo, puedes tocar mi puerta.

El niño dejó la maleta junto al armario.

—¿Siempre has vivido aquí?

—Desde que era pequeña.

—¿Y no te aburres?

Ella se rio.

—A veces. Pero tengo un montón de cosas para entretenerme. Te puedo enseñar el jardín, el árbol donde me gusta sentarme y una piedra que parece una tortuga.

Por primera vez, él la miró directamente.

—¿Una piedra?

—¡Sí! Bueno, no parece una tortuga de verdad. Pero si la miras desde el lado correcto, sí.

La niña se encogió de hombros, divertida por su propia explicación.

—Te la enseñaré mañana.

Él asintió despacio.

Ella notó entonces que todavía llevaba el oso apretado contra el pecho.

—Puedes ponerlo en la cama conmigo —dijo—. Digo, contigo. Para que no se quede solo en la maleta.

El niño miró el peluche.

—No quiero que se ensucie.

—Entonces lo cuidamos entre los dos.

Aquellas palabras sencillas le hicieron sentir una punzada en el pecho.

No quería llorar delante de ella. No quería llorar delante de nadie.

Pero cuando la niña se acercó a la puerta para marcharse, él habló antes de que pudiera salir.

—¿Mi mamá sabe dónde queda esta casa?

Ella se volvió.

La sonrisa se le suavizó.

—Claro. Ella te trajo aquí, ¿no?

Él bajó la cabeza.

—Sí.

La niña no sabía qué más decir. Se quedó un momento pensando y después le ofreció una sonrisa pequeña, sincera.

—Entonces no estás perdido.

Él no contestó.

La niña salió de la habitación sin cerrar del todo la puerta.

El niño se sentó en la cama y dejó el oso sobre la almohada.

No estaba perdido.

Pero tampoco estaba donde quería estar.

Aquella noche, su abuela le sirvió sopa y un trozo de pan.

La cena transcurrió casi en silencio. La niña habló de una tarea que tenía que entregar y de una compañera que había perdido su lápiz favorito. La anciana respondió con monosílabos, mientras el niño se concentraba en comer.

De vez en cuando, la niña intentaba incluirlo en la conversación.

—¿A ti te gustan las matemáticas?

—No sé.

—A mí me gustan cuando son fáciles.

Él levantó la mirada.

—¿Y cuando son difíciles?

—Entonces dejan de gustarme.

El niño soltó una risa breve, inesperada.

La niña sonrió, satisfecha de haberlo hecho reír.

Incluso la abuela alzó la vista de su plato, aunque no dijo nada.

Después de cenar, la niña lo ayudó a encontrar el baño y le mostró dónde estaban las toallas limpias. Antes de irse a dormir, se asomó a su habitación.

—Buenas noches, primo.

Él se acomodó bajo las mantas.

—Buenas noches.

—Mañana me voy temprano al colegio, pero seguro nos vemos después.

—¿Vas al colegio de aquí?

—¡Claro! ¿Dónde más voy a ir?

Lo dijo riéndose, como si la pregunta fuera la cosa más absurda del mundo.

—Cuando empieces las clases, podemos ir juntos.

El niño no respondió, pero aquella posibilidad le pareció un poco menos aterradora que todas las demás.

La niña le deseó buenas noches una vez más y cerró suavemente la puerta.

Él se quedó mirando el techo.

Desde algún lugar de la casa llegó el sonido de un encendedor. Después, el olor a tabaco se deslizó por el pasillo.

Pensó en su madre.

En el Mazda rojo.

En la carretera cubierta de niebla.

Y en la promesa de que regresaría el domingo.

Abrazó su oso y cerró los ojos.

Todavía no sabía que aquella casa guardaba secretos que nadie estaba dispuesto a contarle.

Por el momento, solo sabía que tenía una cama, una abuela que apenas hablaba y una prima que había prometido enseñarle una piedra con forma de tortuga.

Se aferró a esa pequeña promesa.

Y finalmente se quedó dormido.

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