LOGINCAPÍTULO 3
Un lugar a su lado El ruido de una puerta lo despertó. Todavía estaba oscuro cuando abrió los ojos. Durante unos segundos no reconoció el techo ni las cortinas que cubrían la ventana. Después vio el oso marrón junto a su almohada y recordó dónde estaba. Merilan. La casa de su abuela. Su madre se había marchado. Se giró hacia la ventana. El cielo tenía un color gris azulado y la lluvia golpeaba suavemente los cristales. Desde el pasillo llegaron unas voces. —¿Llevas todo? —preguntó la abuela. —¡Sí! —¿El almuerzo? —¡Sí, abuela! —¿Y los deberes? Hubo una pausa. —¡Ay, se me olvidaron! El niño escuchó a la mujer suspirar. —Están encima de la mesa. Anda, búscalos antes de que llegues tarde. Se oyó una carrera, un cajón que se abría y la risa de la niña. Poco después, unos pasos se acercaron a su habitación. La puerta se abrió apenas. —¿Primo? ¿Estás despierto? Él se hizo el dormido. No tenía ganas de hablar con nadie. Quería seguir acostado, cerrar los ojos y fingir que todavía estaba en su antigua casa, esperando que su mamá lo llamara para desayunar. La niña asomó la cabeza. —Creo que sigue dormido —susurró para sí misma. No entró ni lo sacudió para despertarlo. Solo dejó la puerta entreabierta. —Bueno, que descanses. Nos vemos después. Sus pasos se alejaron por el pasillo. Unos minutos más tarde, escuchó la puerta principal y la voz de la abuela recordándole que tuviera cuidado en la calle. Después, nada. La casa volvió a quedarse en silencio. El niño abrió los ojos. No sabía por qué, pero le había gustado que su prima se despidiera de él, incluso creyendo que estaba dormido. Se acomodó bajo las mantas y volvió a cerrar los ojos. Cuando despertó de nuevo, la luz del sol apenas conseguía atravesar las nubes. Esta vez tenía hambre. Se levantó, se puso los zapatos y bajó las escaleras, llevando el oso bajo un brazo. Su abuela estaba en la cocina, sentada junto a una taza de café. Tenía un cigarrillo entre los dedos y un periódico doblado sobre la mesa. —Buenos días —murmuró él. La mujer levantó la mirada. —Buenos días. Hay desayuno en la cocina. El niño se sentó y comenzó a comer. Durante un rato, ninguno habló. —¿Mi prima ya está en el colegio? —preguntó finalmente. —Sí. Sale temprano. Sus clases empiezan antes que las tuyas hoy. Él miró su plato. —¿Y yo voy a ir? —Por supuesto. Pero no tienes útiles ni estás matriculado todavía. Vamos a resolverlo esta mañana. La abuela apagó el cigarrillo y se levantó. —Termina de comer. Después iremos al pueblo. El niño asintió. No quería ir al colegio. La idea de entrar en un salón lleno de desconocidos le revolvía el estómago. Pero quedarse solo en aquella casa tampoco le parecía una buena opción. Terminó el desayuno y subió a lavarse la cara. Cuando regresó, su abuela ya estaba esperando junto a la puerta. —¿Listo? Él miró el oso. —¿Puedo llevarlo? La mujer observó el peluche gastado. —Al colegio no. Déjalo en tu habitación. Aquí estará seguro. El niño vaciló antes de obedecer. Colocó el oso sobre la almohada y lo acomodó con cuidado, como si pudiera entenderlo. —Vuelvo pronto —le susurró. Su abuela fingió no haberlo escuchado. El centro de Merilan estaba más animado que el día anterior. Un hombre descargaba cajas frente a una tienda de comestibles. Dos mujeres conversaban bajo el toldo de una panadería y una camioneta pasó lentamente por la calle, salpicando agua de un charco. La abuela lo llevó a una papelería pequeña, situada entre una farmacia y una tienda de ropa. En el escaparate había cuadernos, lápices de colores y mochilas de distintos tamaños. El niño se quedó mirando una azul oscuro. —¿Te gusta esa? —preguntó su abuela. Él asintió. —Pues vamos a verla. Dentro, una campanilla sonó sobre la puerta. La dependienta saludó a la anciana por su nombre y después miró al niño con una sonrisa. —¿Un estudiante nuevo? —Eso parece —respondió la abuela. Eligieron una mochila, cuadernos, lápices, borradores, una regla y una caja de colores. La mujer también le compró una cartuchera con pequeños dinosaurios. El niño la sostuvo entre las manos. —Gracias —dijo en voz baja. Su abuela lo miró, sorprendida por la palabra. —No tienes que agradecerme por lo necesario. Pero él sí quería hacerlo. No recordaba la última vez que alguien le había comprado algo sin que tuviera que pedirlo primero. Al salir de la tienda, la mujer consultó la hora. —Todavía estamos a tiempo. Vamos. Caminaron hasta el colegio, que quedaba a unas pocas calles. Cuanto más se acercaban, más fuerte se escuchaban las voces de los niños. El protagonista apretó las correas de su mochila nueva. —Abuela… —¿Qué pasa? —¿Y si nadie quiere hablar conmigo? La mujer se detuvo. Durante un momento, pareció buscar una respuesta adecuada. No era una mujer acostumbrada a consolar a nadie. —No puedes saberlo antes de intentarlo. —¿Y si se ríen de mí? —Entonces tendrás que aprender a no darle importancia a todo lo que digan los demás. No era exactamente el consejo que él necesitaba, pero era lo que su abuela podía ofrecerle. Ella le acomodó la mochila sobre los hombros. —Vamos. La profesora te está esperando. La secretaria los recibió en la entrada y los acompañó hasta el salón. El niño caminaba con la mirada baja. Sentía que todos podían notar que era nuevo, que no conocía las reglas de aquel lugar y que preferiría estar en cualquier parte menos allí. La profesora abrió la puerta. —Chicos, tenemos un compañero nuevo. Las conversaciones disminuyeron y varias cabezas se giraron hacia él. El niño deseó poder hacerse invisible. —Ven, no tengas miedo —le dijo la profesora—. Puedes presentarte. Él tragó saliva. —Me llamo… Dijo su nombre tan bajo que algunos compañeros no lo escucharon. La profesora sonrió con paciencia y le indicó un asiento libre. Entonces una niña se levantó desde la segunda fila. Era su prima. Al verlo, su rostro se iluminó. —¡Llegaste! Lo dijo con tanta alegría que varios niños miraron de ella a él. —Es mi primo —explicó—. Llegó ayer a vivir con mi abuela. Se acercó y le tomó suavemente la mano para llevarlo hasta el pupitre que estaba a su lado. —Puedes sentarte aquí. Te voy a prestar un lápiz mientras organizas tus cosas. El niño se sentó y dejó la mochila junto a sus pies. —Pensé que no vendrías hoy —le susurró ella—. ¿Dormiste bien? —Sí. Era mentira, pero no quería explicar por qué había pasado parte de la noche despierto. La niña no hizo más preguntas. Sacó un lápiz de su cartuchera y lo colocó sobre su mesa. —Toma. Este es mi favorito, así que tienes que cuidarlo mucho. Él lo sostuvo con cuidado. —Te lo devuelvo después. —No hay apuro. Para eso estamos los primos. Aquella frase le produjo una sensación extraña. No porque fuera triste, sino porque le recordaba que ahora tenía una familia en un lugar donde no conocía a nadie. Una familia que no era la que había elegido. Pero que, por el momento, era la que tenía. La primera clase fue de matemáticas. El niño intentó prestar atención, aunque a veces las voces de sus compañeros parecían llegar desde muy lejos. Copió los ejercicios de la pizarra y escribió la fecha en la esquina del cuaderno. Cuando se equivocó en una operación, borró el resultado con tanta fuerza que rompió un poco el papel. Su prima se inclinó hacia él. —Mira, te faltó llevarte este número. Le señaló la cuenta y se la explicó en voz baja. —¿Ves? No era tan difícil. Él repitió el ejercicio y esta vez le salió bien. —Gracias. —De nada. Ella volvió a prestar atención a la profesora, como si ayudarlo fuera lo más normal del mundo. Y quizá lo era. Durante el recreo, la niña lo acompañó al patio. Le presentó a dos compañeros y le enseñó dónde podía comprar una merienda. Al principio, él apenas habló. Se limitó a escuchar mientras los otros niños discutían sobre videojuegos, dibujos animados y una película que todos parecían haber visto. Hasta que uno de ellos mencionó los dinosaurios. Entonces el protagonista levantó la cabeza. —Yo tengo un libro sobre dinosaurios. —¿De verdad? —preguntó un niño llamado Samuel. Él asintió. —Tiene dibujos y explica cuáles eran carnívoros. La conversación cambió de rumbo inmediatamente. Samuel empezó a contarle cuál era su dinosaurio favorito, mientras otra niña defendía que los velocirraptores eran mucho más interesantes que los tiranosaurios. Su prima se sentó junto a ellos, riéndose de la discusión. Por primera vez en mucho tiempo, el protagonista se olvidó de vigilar la puerta, de mirar la carretera en su imaginación y de preguntarse si su madre estaría pensando en él. Durante unos minutos, fue solo un niño hablando de dinosaurios con otros niños. Y eso bastó para que el día dejara de parecerle tan terrible. A la salida, su abuela lo esperaba junto a la entrada. Su prima salió corriendo a despedirse de sus compañeras y después se acercó a ellos. —¿Qué tal te fue? —preguntó la anciana. El niño miró a su prima. —Bien. La niña sonrió antes de contestar por él. —¡Muy bien! Ya conoció a Samuel y a Olivia. Y mañana podemos sentarnos juntos otra vez. La abuela la miró. —No lo distraigas de las clases. —¡Abuela, solo lo estoy ayudando! La mujer negó con la cabeza y comenzó a caminar. Los dos niños la siguieron. En el trayecto, la niña le contó que el viernes habría una actividad de dibujo y que podía llevar una hoja con su dinosaurio favorito. —Si quieres, podemos dibujar juntos en casa. —No sé dibujar muy bien —dijo él. —No importa. Yo tampoco dibujo tan bien como creo. Él soltó una pequeña risa. Ella le dio un golpecito amistoso en el brazo. —Además, si dibujamos algo horrible, decimos que es arte moderno. Esta vez, él se rio de verdad. Su abuela se volvió al escucharlo. Los observó durante un instante, pero no dijo nada. El niño continuó caminando junto a su prima, escuchándola hablar sobre sus compañeros y las cosas que quería enseñarle del pueblo. Todavía extrañaba a su madre. Todavía esperaba que algún día el Mazda rojo apareciera al final de la carretera. Pero aquella tarde, mientras la niebla comenzaba a levantarse sobre los tejados de Merilan, descubrió que podía sentirse un poquito menos solo. No sabía cuánto duraría aquella sensación. Solo sabía que, al día siguiente, tendría a alguien esperándolo en el colegio. Y por ahora, eso era suficiente.El nombre que faltabaLa rueda de prensa comenzó a las nueve de la mañana.En Merilan, las tiendas habían abierto como cualquier otro día, pero casi nadie hablaba de otra cosa. En la cafetería junto a la plaza, varios clientes se habían reunido frente al televisor. El dueño del taller de bicicletas había dejado la radio encendida sobre el mostrador. Incluso en la escuela, los profesores permitían que los alumnos consultaran las noticias durante el descanso.La desaparición de Daniel Price y Emily Brooks había perseguido al pueblo durante más de un año.Ahora uno de ellos había regresado.Aunque nadie sabía si aquella era la palabra correcta.En la pantalla apareció la detective encargada del caso. Llevaba el cabello recogido, un abrigo oscuro y una expresión que no invitaba a preguntas innecesarias.—Después de los análisis preliminares y de la comparación con los registros disponibles, podemos confirmar que los restos encontrados ayer en el bosque pertenecen a Daniel Price.En la caf
El centro comercial continuó funcionando después de la noticia, pero algo había cambiado.La gente ya no caminaba con la misma tranquilidad. Algunos se agrupaban frente a las pantallas de la tienda de electrónicos; otros sacaban sus teléfonos para llamar a sus familiares. Una mujer con dos bolsas de compras se apartó del escaparate para hablar con su hijo. Un hombre de traje negó varias veces con la cabeza mientras escuchaba la retransmisión del noticiero.Merilan era un pueblo pequeño. Las noticias no necesitaban demasiado tiempo para llegar a cada casa, y aquella probablemente ya estaba recorriendo el pueblo entero.—Mi madre me va a matar —murmuró Samuel.Olivia lo miró.—¿Por qué?—Porque me dijo que no me acercara al bosque. Ahora va a pensar que me pasé la mañana enterrando gente.—Samuel, por una vez en tu vida, intenta no convertir todo en una historia sobre ti.—Estoy intentando afrontar mi posible arresto con humor.—No vas a ir preso por existir —dijo Gael.—Eso espero. Ser
El reportero apareció en la pantalla de uno de los televisores, de pie frente a una carretera rodeada de árboles.—Las autoridades de Merilan investigan el hallazgo de un cuerpo parcialmente enterrado en una zona boscosa al norte del pueblo. El descubrimiento fue realizado esta mañana por un grupo de niños exploradores que acampaba en el lugar bajo la supervisión de un adulto. Por el momento, no se ha confirmado la identidad de la víctima, aunque la policía no descarta que pueda tratarse de una de las personas desaparecidas en los últimos meses.Samuel dejó de masticar.—¿Un cuerpo? —murmuró—. ¿Encontraron a alguien muerto en el bosque?Olivia se acercó un poco más al escaparate. En las pantallas se repetían las imágenes de varios vehículos policiales y de una cinta amarilla que impedía el paso hacia los árboles.—Dijeron que estaba enterrado —señaló—. Eso significa que alguien quiso esconderlo.Gael no respondió.Tenía la mirada fija en la televisión, pero apenas escuchaba al reporte
Capítulo 13 Los secretos que no se entierran La abuela no volvió a hablar del asunto durante la cena. Eso, en lugar de tranquilizar a Gael, lo puso más nervioso. La mujer se comportó como si la discusión de la tarde nunca hubiera ocurrido. Sirvió la comida, se quejó de que el pan estaba demasiado duro y le preguntó a Rose si había terminado los ejercicios de matemáticas. Incluso soltó una pequeña risa cuando Rose contó que Samuel casi había terminado en una zanja por mirar a una ardilla mientras pedaleaba. Todo parecía normal. Demasiado normal. Gael apenas probó la comida. Cada vez que levantaba la mirada, encontraba a su abuela ocupada en alguna tarea. Recogía los platos, limpiaba una mancha inexistente de la mesa o revisaba el reloj de la cocina. No lo miraba directamente, pero él tenía la impresión de que estaba pendiente de cada movimiento suyo. Rose, sentada enfrente, le dio una patada suave por debajo de la mesa. —Deja de mirar a la abuela como si estuvieras interrogán
CAPÍTULO 12La casa de los WhitmoreEl viernes amaneció con el cielo del color de las monedas viejas.Gael llevaba despierto desde las seis y media, aunque no había dormido bien. Había pasado buena parte de la noche revisando sus anotaciones, comparando fechas y tratando de entender qué relación podía existir entre Matthew Reed, las desapariciones recientes y aquella mansión de la que Madison le había hablado.No había encontrado respuestas.Solo más preguntas.Y una fotografía que no conseguía sacarse de la cabeza.La de su abuela, dieciocho años atrás, acompañada por tres personas. Una de ellas tenía una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda, igual que Matthew Reed en la fotografía publicada por el periódico.Podía ser una coincidencia.Pero en Merilan, las coincidencias empezaban a parecerle una forma bastante cómoda de esconder la verdad.—Si sigues mirando ese cuaderno, te van a salir raíces en la cabeza.Gael levantó la vista.Rose estaba apoyada en el marco de la puerta de
Madison Clark cometió un error aquella mañana.No fue declararse a Gael. Tampoco fue besarlo en la mejilla delante de sus amigos.Su error fue creer que, después de la explosión del día anterior, todo había vuelto a la normalidad.Rose se encargó de que lo creyera.Llegó a la escuela con el cabello recogido en una coleta, una bufanda color crema y una sonrisa tan natural que Olivia, al verla, sintió que podía respirar tranquila.—¿Ya estás mejor? —le preguntó mientras caminaban hacia el salón.Rose ladeó la cabeza.—¿Mejor de qué?—De lo de ayer.—Ah, eso.Se encogió de hombros.—Fue una estupidez. Me enfadé por nada.Olivia la observó de reojo.—No parecías enfadada por nada.—Pues me comporté como una idiota. Ya está.Rose sonrió y le quitó una galleta del bolsillo lateral de la mochila.—¿Tienes otra?—¡Esa era la última!—Qué tragedia. Deberías denunciar al fabricante.Olivia intentó recuperar la galleta, pero Rose se la metió en la boca y salió corriendo por el pasillo.—¡Rose, t







