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CAPÍTULO 86: Azafata

Author: Lisi
last update publish date: 2026-10-01 06:40:19

El comedor de la prisión de máxima seguridad era un lugar dominado por el miedo. Desde que Leonardo Vega se había ganado el control absoluto del bloque general, nadie se atrevía a cruzarle la mirada ni a elevar la voz en su presencia. Los líderes de los grupos rivales optaban por el silencio y la sumisión, dejándole días de aparente tranquilidad que para él no eran más que una pausa vacía, una calma tensa antes de que la violencia volviera a aparecer con más fuerza.

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    —No puede ser ¿Clara? —repitió Sofía con la voz quebrada, con las manos cubriéndose la boca y los ojos inundados de lágrimas que ya no intentaba contener.El impacto de verla descender de aquel jet privado como si fuera una tripulante más, con esa mirada fría pero indomable, las había dejado al borde del colapso emocional. En Veracruz, al igual que en el resto del mundo, la noticia de la condena de Leonardo Vega había corrido como la pólvora en los noticieros; su encierro en la prisión de máxima seguridad eran temas de conversación obligada en el bajo mundo. Pero de Clara no se sabía absolutamente nada. Tras aquella noche caótica, nadie habló de ella, por lo que tanto Gael como Sofía daban por hecho que había muerto.Sofía no aguantó más. Rompió filas, y corrió hacia ella para atraparla en un abrazo tan fuerte y desesperado que le cortó la respiración a ambas.—¡Estás viva... creímos que estabas muerta, creímos lo peor! —sollozó Sofía contra su hombro, aferrándose a ella con la fuerza

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    El comedor de la prisión de máxima seguridad era un lugar dominado por el miedo. Desde que Leonardo Vega se había ganado el control absoluto del bloque general, nadie se atrevía a cruzarle la mirada ni a elevar la voz en su presencia. Los líderes de los grupos rivales optaban por el silencio y la sumisión, dejándole días de aparente tranquilidad que para él no eran más que una pausa vacía, una calma tensa antes de que la violencia volviera a aparecer con más fuerza.Sentado en una mesa apartada, con su plato de comida intacto frente a él, Vega mantenía la vista fija en la pantalla de la televisión colgada en la esquina superior de la pared, donde los noticieros nocturnos transmitían las noticias habituales.De pronto, el locutor interrumpió la transmisión con una noticia de última hora. Las letras rojas aparecieron bajo el titular: Violento atentado en zona residencial; asesinado reconocido abogado.Vega entrecerró los ojos, sintiendo un escalofrío recorrerle la nuca.En pantalla apar

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    El trayecto fue una verdadera prueba de nervios. En el interior del todoterreno reinaba un silencio pesado, roto únicamente por el sonido constante del motor y el ruido de una radio portátil que emitía mensajes en clave desde el asiento delantero. El conductor no encendía las luces altas, guiándose casi por instinto a través de desvíos y caminos de tierra secundarios que evitaban cualquier control policial o posible rastro de los mercenarios.Clara iba con la espalda pegada al asiento, los músculos tensos y la mirada fija en el espejo retrovisor. Cada curva cerrada, cada sombra proyectada por los árboles y cada destello lejano de otro faro mantenían todos sus sentidos alerta. Sabía que un solo error, una traición o una filtración podía terminar en una emboscada de la que no habría escapatoria.—Faltan diez minutos para llegar al lugar, no vayas a hacer nada imprudente —advirtió el hombre del asiento del copiloto sin voltear la cabeza, notando la tensión en el ambiente.—No tengo la in

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    El sonido metálico de la madera astillándose retumbó en la casa como un trueno, destrozando por completo la falsa quietud de la noche y haciendo que el aire se sintiera peligroso.—¡Están adentro! —advirtió Manuel con un tono de urgencia, mientras el eco del golpe aún rebotaba en las paredes.A pesar de ser un hombre de leyes, habituado toda su vida entre escritorios, expedientes judiciales y tribunales, su instinto de supervivencia reaccionó con una velocidad increíble. Abrió de golpe el cajón de la consola junto a la entrada y sacó una pistola, de acero negro, empuñándola con ambas manos mientras apuntaba con rigidez hacia el pasillo oscuro que conectaba con la cocina.Sin embargo, en su rostro no había seguridad, sino puro terror. Clara se dio cuenta de la realidad en una fracción de segundo: los nudillos de Manuel se habían vuelto blancos de tanta presión, y la mano entera le temblaba de manera incontrolable, incapaz de mantener el arma firme ante la posibilidad de una muerte seg

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    Clara bajó las escaleras junto a Manuel sin hacer ruido, llevando la pequeña maleta en una mano y manteniendo la otra sobre su vientre. El edificio parecía exactamente igual que unos minutos antes: tranquilo, silencioso, ajeno a todo lo que acababa de ocurrir en el apartamento. Sin embargo, Clara ya no confiaba en esa calma superficial. Había aprendido demasiado sobre el peligro como para confundir la ausencia de ruido con seguridad.Al llegar al vestíbulo, Manuel se detuvo antes de abrir la puerta principal y observó discretamente a través del cristal. El automóvil negro continuaba estacionado frente al edificio, pero el vehículo gris ya había desaparecido. Aquello no lo tranquilizó; al contrario, su expresión se volvió aún más sombría.—El gris ya no está —murmuró.Clara se acercó lo suficiente para evaluar la situación sin exponerse. Al comprobar que el otro auto seguía bloqueando la vista, supo que salir por la puerta principal era una trampa.—Entonces no saldremos por ahí —respo

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    La puerta de la prisión se cerró detrás de Clara con un golpe seco que pareció retumbarle dentro del pecho. Durante unos segundos permaneció inmóvil frente al enorme edificio, mirando las puertas por las que acababa de salir. Sabía que debía marcharse, pero sus piernas se negaban a obedecerle. Todavía podía escuchar su voz, aquella última declaración que había salido de sus labios cuando los guardias lo alejaban de ella. —¡Los amo! Y ella le había respondido que también lo amaban, aunque todavía podía sentir el temblor en su propia voz cuando había pronunciado aquellas palabras. Ahora, de pie frente a la prisión, Clara bajó lentamente la mirada hacia su vientre y apoyó una mano sobre él. Allí estaba el secreto que había cambiado su vida y que, desde aquel momento, también podía convertirse en el arma perfecta para destruir a Leonardo. —Voy a sacarte de aquí —murmuró, acariciando suavemente su abdomen—. No sé cómo, pero voy a hacerlo. —Clara. La voz de Manuel hizo que levantara la

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