Mag-log incapítulo 89: Sebastián bajó del vehículo con paso decidido pero pausado. Al cruzar el umbral del establecimiento, la campanilla de bronce sobre la puerta emitió un sonido claro y vibrante. Detrás del mostrador de madera, Yasmín se encontraba acomodando con esmero una bandeja de panecillos calientes. Llevaba un delantal de tela clara sobre un vestido verde oliva que amoldaba con delicadeza la prominencia hermosa y curva de su vientre de cuatro meses. Al escuchar la campana y levantar la mirada, se congeló en su sitio. La presencia de Sebastián llenó el espacio. Sin embargo, en lugar del hombre temible y hostil de la capital, Yasmín vio en sus ojos una súplica humilde, una luz suave que jamás le había conocido. —Yasmín... —pronunció él con una voz grave, dulce y profundamente conmocionada, dando dos pasos cuidadosos hacia el mostrador—. Buenos días. Yasmín apretó los dedos contra el borde de la bandeja de madera, sintiendo que el pulso se le aceleraba, pero manteniendo una compostu
Capítulo 88: La luz tibia del amanecer se filtraba entre los ventanales de la suite presidencial del hotel corporativo. Para Sebastián Valderrama, esa noche no había existido el descanso, pero por primera vez en meses, la falta de sueño no venía acompañada del fantasma de la desesperación, sino de una marejada de euforia, ilusión y una necesidad imperiosa de transformación. Frente al espejo del baño, Sebastián se observaba fijamente. Se había afeitado con un cuidado minucioso, quitándose de encima la barba descuidada que lo había acompañado durante su espiral de autodestrucción. Vestía una camisa blanca impecable, sin corbata, con las mangas suavemente arremangadas, buscando reflejar una imagen accesible, humana y libre de la frialdad ejecutiva que tanto daño había causado en el pasado. Su mente funcionaba a mil por hora, pero ya no con el veneno de la paranoia, sino con el firme y ferviente deseo de cambiar. Quería ser el hombre que Yasmín merecía, el hombre capaz de ser un verdade
Capítulo 87: Al otro lado del mapa, el universo de Sebastián Valderrama se había convertido en un campo de cenizas humeantes. En su despacho de la capital, el magnate había pasado esos mismos tres meses habitando en una pesadilla de su propia creación. Tras la expulsión definitiva de Federica y la estruendosa renuncia de Apolo —quien se había marchado para no volver jamás—, la torre corporativa se había transformado en una tumba de cristal. Sin el filtro protector de su vicepresidente y sin el respaldo de una junta directiva que comenzaba a mirar sus decisiones con desconfianza, el imperio Valderrama había empezado a tambalearse peligrosamente. Las acciones caían trimestre a trimestre, los contratos clave se dilataban por la falta de liderazgo y los inversionistas extranjeros exigían respuestas ante la evidente inestabilidad emocional del presidente. Sebastián no dormía. Vivía a base de café negro, analgésicos y tragos de licor amargo que ya no lograban adormecer la culpa punzante
Capítulo 86: A través del cristal del vehículo y el ventanal abierto de la pequeña panadería, su mirada impactó de lleno contra una figura de espaldas que acomodaba una bandeja sobre el mostrador. El corazón de Sebastián se frenó en seco, propinándole un golpe brutal contra el tórax que le cortó el aliento. Reconocería esa figura, la forma de sus hombros y la curva de su cuello entre un millón de mujeres. —Detén el coche... —alcanzó a articular Sebastián en un hilo de voz ronco, casi inaudible. —¿Señor Valderrama? —preguntó el chófer confundido. —¡Que detengas el maldito coche ahora mismo! —rugió Sebastián, abriendo la portezuela antes de que el vehículo terminara de frenar por completo. Salió a la acera como impulsado por un resorte, ignorando el ruido del tráfico y el murmullo de los transeúntes. Los ojos se le salieron de las órbitas, fijos en la entrada de la panadería. Se quedó de pie en mitad de la acera, tambaleándose ligeramente, sintiendo que las piernas le pesaba
Capítulo 85: El tiempo había seguido su curso implacable, arrastrando con él las hojas del calendario y transformando las heridas en cicatrices silenciosas. Habían transcurrido tres meses desde que la tormenta de la llegada a la ciudad costera se había asentado. Cuatro meses de gestación marcaban ahora la vida de Yasmín, un tiempo suficiente para que la fragilidad de las primeras semanas diera paso a una plenitud evidente y luminosa. Su cuerpo había cambiado. Bajo la tela suave de sus vestidos holgados y los delantales de tela clara, la curva de su vientre ya no era un secreto que pudiera ocultarse. La redondez de su barriguita era notoria, firme y hermosa, albergando la promesa doble de dos vidas que crecían con una fuerza constante y milagrosa. En la tranquilidad de esa pequeña urbe marina, Yasmín había reconstruido su cotidianidad lejos de los lujos asfixiantes y las traiciones del pasado. La modesta panadería que su madre administraba desde hacía años se había convertido en su
capítulo 84:—¿De qué demonios estás hablando? —preguntó Sebastián con voz ronca y pausada, un susurro que presagiaba un peligro inminente.—Hablo de que esto llegó a su límite —respondió Apolo dando un paso firme hacia el centro del despacho, elevando la voz sin importarle el estado de su socio—. Llevo semanas cubriéndote las espaldas en la junta directiva, apagando los incendios financieros que provocas por andar persiguiendo fantasmas, lidiando con los inversionistas extranjeros y aguantando tu carácter de mierda. ¡Yo soy el vicepresidente y socio de esta empresa, Sebastián! ¡No soy tu empleado ni tu maldito guardaespaldas personal!Las palabras de Apolo cayeron sobre el despacho como gasolina en un bosque en llamas.Sebastián despegó los pies del ventanal y comenzó a caminar hacia él con una lentitud amenazante, como un depredador acechando a su presa.—¿Te atreves a reclamarme a mí? ¿A mí, que levanté este imperio desde los cimientos mientras tú solo firmabas papeles? —escupió S







