LOGINMATEOEra fin de semana sin carreras al bufete, el aroma a café recién colado inundaba la cocina pasadas las ocho y media de la mañana. Me encontraba de pie frente a la mesa del comedor, con una taza humeante en la mano izquierda y la laptop abierta, pretendiendo revisar la redacción de unas cláusulas contractuales para un litigio corporativo de la próxima semana.Sin embargo, era una burda mentira; la concentración brillaba por su ausencia. Llevaba veinte minutos leyendo exactamente el mismo párrafo sin procesar una sola palabra.Repasaba en mi mente, como una película en bucle que se negaba a detenerse, cada segundo de la noche anterior. La silueta de Oriana luciendo ese vestido azul marino de punto que se ajustaba a su cintura con impecable sobriedad; la manera en que la luz tenue del restaurante iluminaba sus ojos celestes; la calidez sutil de sus dedos rozando la cesta de pan al mismo tiempo que los míos; y, sobre todo, esa estocada final en el pasillo donde el roce de mis labios
ORIANAFrente al espejo, me ajusté los pliegues del vestido sencillo de punto en tono azul marino, con mangas tres cuartos y corte sobrio que se acentuaba bien a mi silueta sin resultar ostentoso. Me cepillé el cabello dejándolo caer en ondas suaves sobre los hombros y apliqué un toque mínimo de maquillaje. Aunque mi reflejo devolvía la imagen de una mujer elegante y radiante —alguien a quien la Elena de hace un tiempo atrás jamás habría reconocido—, por dentro sentía una marejada de emociones encontradas.La alegría por el ingreso sobresaliente de Gabriel al Instituto San Louis era absoluta y genuina. Sin embargo, el frío amargo de la mañana en la secretaría académica aún me carcomía los pensamientos.Al principio, el pánico de que las garras de Guillermo me hubiesen alcanzado me paralizó el pecho. Pero mientras me arreglaba a solas en el silencio del apartamento, las piezas del rompecabezas encajaron con una claridad cruel y humillante. Claro que en aquella institución no existía ni
MATEO El trayecto de regreso desde el Colegio San Louis hasta el edificio se dio en un silencio abrumador, cargado de un aire que a mí me resultaba sumamente difícil de descifrar. A mi lado, Gabriel venía emocionado caminando sin prisa, repasando mentalmente las preguntas del examen integral, analizando los bloques de matemáticas y convencido de que había dado lo mejor de sí. Ella mantenía la vista fija al frente. Sonreía de forma tenue y pausada cada vez que Gaby le buscaba la mirada para reafirmar algún dato o pedir su aprobación, pero la sombra amarga que se le había instalado en sus ojos durante la visita a la secretaría académica no se había disipado en lo absoluto.Al salir del ascensor en el octavo piso, se detuvo junto a la puerta de su apartamento. Tenía los hombros caídos y un halo de agotamiento físico y emocional que se le traslucía en la postura.—Fue una mañana muy intensa, Mateo... Si no les importa, voy a descansar un poco —murmuró con una voz suave y frágil, esforzán
FRANCELA El silencio de la suite del hotel a las cinco de la mañana tenía la solidez de un santuario.Me desperté un minuto antes de que la alarma en mi teléfono comenzara a vibrar en el maletín sobre la mesa de noche. Respiré hondo, llenando mis pulmones con el aire acondicionado helado y el rastro del perfume del doctor Stuart sobre mi piel. A mi lado, él dormía profundamente, con una sábana cruzando oblicuamente sobre su espalda y un brazo extendido en el espacio que yo acababa de desocupar.Apenas habíamos dormido tres horas. La noche anterior fue una tormenta desmedida de fuego y resistencia; un verdadero maratón físico y sensorial donde el alcohol inicial se disipó rápido para dar paso a un hambre ancestral. Él definitivamente no era un hombre ordinario. Su energía era inagotable, su técnica impecable y la manera en que leyó cada respuesta de mi cuerpo rozó una precisión casi quirúrgica. Nos habíamos exigido al límite hasta caer exhaustos bien pasada la medianoche, rendidos ant
MATEOMe desperté un poco más temprano de lo habitual tras una semana agotadora de audiencias en los tribunales. Todavía medio adormilado, con la cabeza pesada y los párpados cansados, me levanté de la cama vistiendo únicamente el pantalón del pijama de algodón negro, descalzo y con el torso al descubierto. El aire de la mañana estaba fresco, y apenas iba camino a la cocina con la intención de preparar café cuando el timbre del teléfono resonó en la mitad de la sala.Caminé a toda prisa para evitar que el ruido despertara a Gabriel y contesté con la voz rasposa por el sueño.—¿Alo?—¿Señor Mateo Morris? Habla la secretaría académica del Colegio San Louis. Le llamamos para confirmarle que la fecha para la prueba de evaluación integral de admisión del joven Gabriel ha sido programada para hoy a las diez de la mañana.En un segundo, la modorra desapareció por completo de mi cuerpo. El corazón me dio un vuelco en el pecho.—¡Excelente! Muchas gracias por la notificación, allá estaremos pu
STUARTEl seminario empezó bastante temprano. Al llegar la Dra. Francela Lantus se le notaba a leguas que no era el tipo de médica que regala cumplidos ni la clase de profesional que se deja impresionar por un título o una sonrisa simpática. Durante las primeras seis horas de la capacitación práctico-magistral del intensivo de emergencias pediátricas en el auditorio del hospital central, la vi con una rudeza angelical desmontar errores de procedimiento de tres especialistas experimentados con una precisión quirúrgica, un dominio impecable del trauma infantil y una autoridad natural que imponía un respeto absoluto en toda la sala.Ella era un huracán de temple y elegancia: bata blanca impecable, postura erguida, carácter firme y una agudeza clínica envidiable que no dejaba margen de error cuando se trataba de salvar la vida de un niño en código rojo.Pero la tensión entre los dos era una corriente eléctrica subterránea que se podía cortar con un bisturí desde el primer minuto.Cada vez







