LOGINCAPÍTULO 2: MADDOX THORNE
Umbria ocupaba las montañas septentrionales de Varelia, un territorio de nieve perpetua, bosques de pino y fortalezas de piedra levantadas sobre minas y pasos comerciales. Sus lobos tenían fama en todo el continente por su tamaño, su resistencia y su disciplina militar.
Maddox Thorne gobernaba aquel bastión desde la Fortaleza Thorne, pero esa noche el deber lo había arrastrado hasta El Ciervo Negro, la taberna de Brumafría.
Algo estaba atacando las aldeas exteriores.
En once días habían sumado animales despedazados, dos patrulleros heridos y un guardia desaparecido. Para rematar la jornada, un campesino aseguraba haber visto un lobo de ojos rojos acechando entre la maleza.
—Tres ovejas destripadas, un hombre desaparecido y ahora media aldea jura que vio un demonio entre los árboles. —Toren, su beta, dejó caer otro rollo de pergamino sobre la mesa de roble, justo al lado de los mapas extendidos—. Si mañana alguien afirma que la criatura también escupe fuego, pienso pedir un aumento.
Maddox recorrió el informe con la vista antes de darle un trago a su copa de hidromiel.
—Si mañana alguien dice que escupe fuego, te mandaré a comprobarlo en persona.
Toren apoyó los codos en la madera y curvó los labios.
—Ahí está el cariño que mantiene viva nuestra amistad. —El beta apartó un mapa enrollado y su expresión cambió al inclinarse hacia adelante—. Por cierto, Isolde estuvo aquí esta mañana.
Maddox detuvo la copa a medio camino de su boca y levantó la vista.
—¿En Brumafría?
—Habló con los aldeanos en la plaza, escuchó sus quejas por las pérdidas de ganado y les prometió que doblaría las patrullas del sector sur.
Maddox dejó caer la copa contra la mesa.
—Isolde no gobierna Umbria.
—Eso no le impidió recordárselo a cincuenta personas antes del mediodía.
Maddox apretó la mandíbula.
Leyla, la madre de Isolde, llevaba meses utilizando cada tropiezo en la frontera para demostrar ante los clanes vasallos que él era incapaz de proteger el territorio. No obstante, Isolde no solo seguía las órdenes de su madre; de verdad se creía con el derecho de ocupar su asiento.
Si no descubría qué estaba atacando Umbria pronto, las dos iban a convertir el miedo de los aldeanos en una rebelión abierta.
Antes de que pudiera responder, el roce de una falda contra su bota le desvió la atención.
Una loba de pelaje castaño —con la que había compartido cama un par de meses atrás en la capital— se detuvo junto a su silla y apoyó los dedos sobre su hombro, inclinándose lo suficiente para que el escote quedara a la vista.
—No sabía que habías bajado de la fortaleza, alfa Maddox. —La mujer deslizó las uñas hacia el cuello de su túnica—. Mi cabaña tiene la chimenea encendida, por si el frío del camino te dejó tenso.
Maddox le sostuvo la mirada un segundo, tomó la muñeca de la mujer y le apartó la mano del hombro antes de soltarla.
—Esta noche tengo trabajo, Greta. Ve a casa.
Ella apretó los labios, hizo una inclinación de cabeza y se alejó hacia la barra.
Maddox ni siquiera la siguió con la vista.
Todo el continente creía que se llevaba mujeres a la cama por deporte y que las descartaba al alba por pura arrogancia.
Y él dejaba que lo creyeran.
Prefería cargar con la fama de libertino antes de que Varelia descubriera la verdad: que llevaba años buscando entre decenas de pieles esa reacción instintiva que todo cambiaformas experimentaba al tocar a su compañera destinada y que jamás había sentido nada.
«No», gruñó Varg dentro de su cabeza, echado en el fondo de su conciencia.
«Ni siquiera te pregunté», le replicó Maddox mientras giraba la copa entre sus dedos.
«Huele a perfume».
«Eso hacen algunas mujeres».
«La nuestra no olerá así».
Maddox apuró el resto del hidromiel.
«La nuestra, por lo visto, no existe».
Al otro lado de la mesa, Toren —el único que conocía parte de aquel defecto que lo perseguía desde que asumió el mando— apoyó la espalda en la silla y cruzó los brazos.
—Algún día una mujer va a conseguir que cierres la boca durante cinco minutos.
—Cuando aparezca esa criatura mitológica, puedes escribir una canción sobre ella.
El beta soltó una carcajada cuando las bisagras de la entrada chirriaron y el portón de la taberna se abrió de golpe. Una ráfaga de viento y nieve apagó las velas de las mesas cercanas, las conversaciones se cortaron en seco y, bajo el umbral, apareció Astrid Bloodmoon.
Maddox frunció el ceño.
«¿Qué demonios hacía la Luna de Blackfur en su territorio a mitad de la noche?»
Sin embargo, bastó un segundo vistazo para notar que algo andaba mal. Tenía el vestido empapado y pegado a las piernas, los labios sin color y las manos temblando a los costados. Además, debajo del cuello abierto de su capa, la piel sobre su clavícula mostraba la cicatriz abierta de una marca de vínculo rota.
A su lado, Toren enderezó la espalda.
—Eso sí que no lo esperaba.
Maddox ya estaba poniéndose de pie.
Conocía a Astrid desde hacía años por los Consejos de Clanes, los banquetes y las mesas de negociación. Y durante todo ese tiempo, aquella mujer había demostrado un talento extraordinario para tratarlo como si fuera basura que había pisado por accidente.
Recordaba la vez que le ofreció una copa de vino en la cumbre de invierno y ella ni siquiera lo miró al pasar de largo: «Prefiero conservar el juicio».
O aquella noche en las terrazas del sur, cuando le preguntó por qué siempre le hablaba con tanta cortesía y ella le clavó la vista antes de soltar: «Porque alguien en esta conversación tiene que demostrar que fue bien criado».
Maddox nunca entendió qué demonios le había hecho para ganarse su desprecio, pero, por alguna razón absurda, siempre había disfrutado provocándola para ver hasta dónde aguantaba la compostura.
Astrid levantó la cabeza y sus ojos chocaron con los de él. Al encontrarse sus miradas, algo dentro de Maddox cambió. Varg se puso de pie de un salto, con los colmillos fuera y los músculos en tensión.
Un tirón seco le golpeó el pecho a Maddox.
Era una sacudida que no había experimentado jamás.
Sin embargo, al inhalar por la nariz buscando el rastro que confirmara lo imposible, no encontró ningún aroma de vínculo; solo percibió nieve, sangre seca, pino… y el olor natural de Astrid.
Nada más.
«Ve», ordenó Varg, golpeando las barreras de su mente.
Maddox tensó los hombros sin moverse de su sitio.
«No es nuestra compañera».
«No pregunté. Solo ve».
Maddox entrecerró los ojos, incómodo por la reacción de su bestia, mientras Astrid empezaba a caminar en línea recta hacia su mesa. No obstante, ella no lo miraba a él; movía las pupilas de un lado a otro, enfocando el aire vacío a un palmo de su propia cara, como si estuviera delirando por fiebre lunar.
—¿Bloodmoon?
Ella no se detuvo.
Siguió avanzando entre las mesas en silencio mientras los guerreros de Umbria se apartaban a su paso.
—Tienes una cara terrible —añadió Maddox, apartando su silla con el pie mientras estudiaba el temblor que recorría los dedos de ella—. Incluso para alguien que por costumbre me mira como si quisiera enterrarme bajo una montaña.
Astrid no contestó.
Frenó a un par de pasos de él y bajó la vista directo hacia su boca.
Maddox arqueó una ceja.
A su izquierda, Toren estiró el brazo despacio, tomó su copa de hidromiel y se recostó en el respaldo sin apartar los ojos de la escena.
Astrid entreabrió los labios pálidos y habló en un susurro dirigido a la nada:
—¿Cuánto con un beso?
Maddox inclinó la cabeza.
—¿Perdón?
Ella no le había preguntado a él.
Seguía con la vista fija en un punto flotante entre ambos y luego apretó los dientes antes de volver a bajar los ojos hacia sus labios.
—Bloodmoon, ¿con quién demonios estás hablando?
Astrid alzó las pupilas y lo enfocó por fin.
Por un instante, la máscara de hielo con la que la había visto durante cinco años se hizo pedazos. Ella dio el último paso que los separaba y Maddox bajó la mirada hacia su cuerpo, notando cómo las rodillas de Astrid flaqueaban bajo la tela mojada de su vestido.
—Bloodmoon, si estás a punto de desmayarte, intenta hacerlo hacia Toren. Estrené botas.
—Ni se te ocurra meterme en esto —intervino el beta detrás de su copa.
Pero Astrid no cayó.
Al contrario, cerró ambos puños sobre el cuello de la túnica de Maddox y tiró de él hacia abajo y a Maddox se le borró la sonrisa de golpe.
—¿Qué…?
Antes de que pudiera continuar, Astrid se puso de puntillas y estampó su boca contra la de él.
CAPÍTULO 8 — NO ESTAMOS SOLOSMaddox actuó antes de que el pensamiento cruzara su cráneo.Soltó la manga de Astrid, le rodeó la cintura con el brazo izquierdo y tiró de ella hacia atrás, estrellándola contra su propio pecho mientras giraba el torso para cubrirla con su espalda.Las garras negras de Hagen cortaron el aire a dos dedos de donde había estado la nuca de Astrid un instante antes, rasgando el borde de la capa de Maddox al caer sobre la nieve.Dentro de Maddox, Varg estalló contra sus costillas.«¡MÁTALO!»«Es uno de nuestros guardias», lo frenó Maddox, plantando las botas para mantener el equilibrio con Astrid pegada a su torso.«¡INTENTÓ TOCARLA! ¡ARRÁNCALE LA CABEZA!»Entre sus brazos, Astrid soltó el aire de golpe.Maddox sintió cómo el pecho de ella subía y bajaba contra sus costillas y cómo el calor de su piel volvía a filtrarse a través de la tela de su camisa, igual que la noche anterior.Astrid alzó el rostro y sus ojos chocaron a escasos centímetros.Tenía las pupil
CAPÍTULO 7 — NO ES NUESTRA MATEAstrid soltó las riendas de su yegua y echó a caminar hacia la espesura como si fuera la dueña de la montaña, y Maddox la siguió con la vista mientras una punzada se le instalaba entre las sienes.A su espalda, las botas de Toren crujieron sobre la nieve hasta detenerse junto a su hombro.—¿Esa no es la mujer que te metió la lengua hasta la garganta hace un par de horas y luego salió de la taberna como si hubiera pagado una cerveza?Maddox giró el cuello hacia su Beta sin alterar el gesto.—Ve delante, Toren.—Solo intento establecer si ahora forma parte de la investigación o de tu vida sentimental.—Vete al diablo.Toren ajustó la vaina de su espada contra el cinturón y dio un paso hacia el sendero.—Perfecto. Pero si encuentro al diablo antes que al guardia desaparecido, pienso preguntarle qué demonios hiciste para que Astrid Bloodmoon te besara frente a cuarenta testigos.Maddox avanzó entre los pinos e intentó clavar la atención en las ramas rotas d
CAPÍTULO 6- VOLVER A UMBRÍA—¿Qué acabas de decir?—El Sistema la llama Evento Lunar Mayor. Dice que alterará los núcleos de los lobos hasta convertirlos en Ferales Carmesíes.La incredulidad desapareció del rostro de Runa.—Eso es imposible.—También era imposible tener números flotando delante de la cara ayer.Runa caminó hasta una estantería y empezó a revisar los lomos de varios libros.—Mi abuela hablaba de lunas que enfermaban a las manadas, pero siempre pensé que eran cuentos para asustar cachorros.Astrid levantó la cabeza.—¿Tu abuela sabía algo?—No mucho. Pero dejó sus cuadernos. Y tengo copias de los Códices de Lunargenta, registros de sanadores y estudiosos lunares anteriores a la formación de los grandes clanes. Hay páginas que nunca pude traducir porque utilizan símbolos que desaparecieron hace siglos.—Busca Bloodmoon.Runa dejó de mover los libros.—¿Qué?—El Sistema acaba de decir que soy una Guardiana Bloodmoon. Que mi linaje protegía núcleos licántropos durante Eve
CAPÍTULO 5- LUNA DE SANGRE—¿Qué demonios significa Guardiana? —Astrid se puso de pie de un salto, encarando el texto invisible para su amiga.Dentro de su mente, Sylva alzó la cabeza, igual de desconcertada.«Nunca escuché esa palabra».Astrid rebuscó en su memoria: las cenas en la casa solariega de su infancia, los libros de genealogía de su padre, los relatos de las ancianas de su clan original, y jamás nadie había mencionado Guardianas, núcleos ni sistemas de luz.¿Por qué su propia sangre le había ocultado algo así? ¿Por qué apareció justo el día en que estuvo a punto de morir?—Explica qué es una Guardiana —ordenó Astrid al aire.[REGISTROS ANCESTRALES: 8% RECUPERADOS]Los Bloodmoon ejercieron históricamente como Guardianes durante Eventos Lunares Mayores.Función principal: PROTECCIÓN DE NÚCLEOS LICÁNTROPOS.Información restante: BLOQUEADA.Complete Misiones de Herencia para recuperar registros.Astrid golpeó la mesa con la palma abierta.—Esto es una mierda.Runa arqueó una ce
CAPÍTULO 4 -GUARDIANA DE BLOODMOONEl sol apenas clareaba sobre las montañas cuando Astrid golpeó la puerta del refugio de Runa Greyclaw, en los linderos de Brumafría.Runa abrió de un tirón con una daga desnuda en la mano.Alta, de hombros fuertes y cabello cobrizo recogido en una trenza que le caía hasta media espalda, tenía los antebrazos cubiertos por las finas cicatrices que dejaban años de trabajar con runas, plantas lunares y criaturas que no siempre agradecían ser curadas.La guerrera de sangre beta recorrió a Astrid de arriba abajo: se detuvo en el vestido rígido por la escarcha, subió a sus ojeras y clavó las pupilas en la cicatriz abierta sobre su clavícula.—Lo voy a matar.Astrid cruzó la entrada, sabiendo que se refería a Viggo, y se dejó caer en el banco junto a la chimenea.—Él es quien menos me importa ahora.Runa era su mejor amiga desde mucho antes de que Viggo la convirtiera en Luna de Blackfur y una de las pocas personas que jamás había empezado a tratarla de form
CAPÍTULO 3- ¿POR QUÉ ME BESASTE?No fue un tropiezo ni un accidente.Astrid Bloodmoon lo besó de lleno frente a los cuarenta hombres de la taberna y, por primera vez en toda su vida, Maddox se quedó de piedra durante un segundo, mientras que, dentro de su pecho, Varg se lanzó contra sus costillas con un rugido que le hizo vibrar los huesos.«¡SÍ!»«¿Qué demonios?», pensó Maddox, pero su cuerpo reaccionó antes que su cabeza.Llevó una mano a la cintura de Astrid y la apretó contra su torso, mientras que con la otra le sujetaba la nuca, hundiendo los dedos entre sus cabellos húmedos para inclinarle la cabeza y abrirle los labios.Había imaginado un par de veces que besar a Astrid Bloodmoon sería como ganar una discusión a gritos. Pero se había equivocado de medio a medio; aquello era muchísimo peor.El cuerpo de ella encajaba contra el suyo con una exactitud que no tenía ningún sentido, y el calor que desprendía su boca le quemó la garganta más rápido que el licor de las montañas.Varg







