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CAPÍTULO 3-¿POR QUÉ ME BESASTE?

Author: Paulina W
last update publish date: 2026-10-18 02:26:26

CAPÍTULO 3- ¿POR QUÉ ME BESASTE?

No fue un tropiezo ni un accidente.

Astrid Bloodmoon lo besó de lleno frente a los cuarenta hombres de la taberna y, por primera vez en toda su vida, Maddox se quedó de piedra durante un segundo, mientras que, dentro de su pecho, Varg se lanzó contra sus costillas con un rugido que le hizo vibrar los huesos.

«¡SÍ!»

«¿Qué demonios?», pensó Maddox, pero su cuerpo reaccionó antes que su cabeza.

Llevó una mano a la cintura de Astrid y la apretó contra su torso, mientras que con la otra le sujetaba la nuca, hundiendo los dedos entre sus cabellos húmedos para inclinarle la cabeza y abrirle los labios.

Había imaginado un par de veces que besar a Astrid Bloodmoon sería como ganar una discusión a gritos. Pero se había equivocado de medio a medio; aquello era muchísimo peor.

El cuerpo de ella encajaba contra el suyo con una exactitud que no tenía ningún sentido, y el calor que desprendía su boca le quemó la garganta más rápido que el licor de las montañas.

Varg daba vueltas en su mente, fuera de control, a pesar de que el aire seguía limpio de cualquier rastro de compañera destinada.

De repente, Astrid soltó un jadeo contra su lengua y, bajo las palmas de Maddox, el temblor de ella se cortó en seco. El frío de su piel desapareció de golpe, el color volvió a sus mejillas y sus músculos recuperaron la firmeza en cuestión de tres segundos, sosteniéndose por su propia cuenta.

Eso no tenía explicación.

Ningún lobo al borde del colapso sanaba por un beso.

Maddox rompió el contacto y se apartó apenas unos centímetros, sin soltarle la cintura ni la nuca, respirando contra sus labios.

—Astrid…

Ella abrió los ojos y ya no había rastro de agotamiento en sus facciones.

Pero antes de que Maddox pudiera exigirle una respuesta, las pupilas de Astrid se desviaron hacia un punto invisible por encima del hombro izquierdo de él.

Maddox giró el cuello por instinto, buscando a un intruso en el salón.

No había nadie.

Cuando volvió a mirarla, Astrid tenía el ceño fruncido y soltó el aire en un susurro.

—Setenta y uno.

El alfa cerró más los dedos sobre su cadera y bajó la vista hacia su rostro.

—¿Setenta y uno qué?

Astrid seguía con una mano enganchada a la túnica de Maddox cuando los caracteres plateados se encendieron entre los dos.

Dentro de su cabeza, Sylva estiró las patas delanteras y arqueó el lomo, sacudiéndose el letargo de encima.

«Mucho mejor».

Astrid soltó la tela del pecho de Maddox, aunque el calor que desprendía el cuerpo de él seguía atravesándole el vestido húmedo.

«Ni una palabra», le advirtió Astrid.

«Solo iba a decir que besa muy bien».

«Sylva».

«Estoy viva. Tengo derecho a celebrarlo. Y si hubieras metido la lengua un poco más, habríamos llegado al ochenta».

Astrid apretó las muelas.

Acababa de salvar a su loba, sí, pero para lograrlo se había lanzado sobre la boca del hombre al que llevaba cinco años detestando en cada cumbre del continente.

Frente a ella, Maddox no se había movido ni un centímetro.

Mantenía la palma abierta sobre su cintura y sus rostros seguían tan cerca que el aliento de él le rozaba el labio inferior, todavía hinchado por el choque.

—¿Setenta y uno qué? —repitió él, entrecerrando los ojos, y presionó el pulgar contra la curva de su cadera—. Y antes de inventarte algo, recuerda que hace treinta segundos apenas podías mantenerte de pie.

Astrid bajó la vista hacia la mano que la sujetaba. La presión de esos dedos a través de la tela le enviaba un cosquilleo directo al vientre, y descubrir que no tenía ninguna prisa por apartarse le revolvió el estómago de rabia.

Así que agarró a Maddox por la muñeca y le quitó la mano de su cintura.

—Mi temperatura. Milagros de tu personalidad abrasiva.

Maddox miró su propia mano vacía un instante antes de volver a clavarle los ojos.

—Claro. Y supongo que también te curé el temblor con mi encanto.

—No tienes tanto.

Desde la mesa del fondo, Toren apoyó la copa contra el borde de los labios.

—Yo llevo años diciéndoselo.

Maddox ni siquiera giró el cuello hacia su beta.

—Vete al infierno, Toren.

Astrid dio medio paso atrás para poner distancia, pero Maddox dio medio paso al frente, acorralándola contra la pared, sin llegar a tocarla. Sus pupilas se dilataron, oscureciendo el iris hasta dejar apenas un anillo de color.

Dentro de Astrid, Sylva levantó las orejas de golpe.

«Está mirándonos».

«Maddox tiene ojos, Sylva».

«No hablo de Maddox. Hablo del otro».

Astrid tensó la espalda al darse cuenta de que se refería a Varg, la bestia del alfa de Umbria.

«Está contento», añadió Sylva, y Astrid sintió cómo su loba movía la cola contra las paredes de su mente. «De hecho, está arañando por salir a jugar».

Astrid frunció el ceño.

«¿Cómo sabes eso?»

«Porque casi puedo sentirlo desde aquí. Huele a tormenta… y tiene muy malas intenciones».

Astrid tragó saliva.

No existía ningún lazo de compañeros destinados entre ellos y no había un canal mental abierto, pero las bestias de ambos se estaban reconociendo a través de la piel sin pedir permiso.

Para romper el contacto visual con Maddox, Astrid desvió la mirada hacia la mesa y enfocó por accidente a Toren.

Al instante, una ventana flotante se desplegó junto al rostro del beta.

[LECTURA ENERGÉTICA DISPONIBLE]

TOREN

Rango: Beta

Compatibilidad estimada: 27%

Energía potencial mediante:

• Contacto breve: +2%

• Contacto prolongado: +6%

• Beso: +14%

• Contacto íntimo: +20%

• Relación sexual: hasta +27%

Astrid parpadeó y abrió los ojos. Giró el cuello hacia un guerrero rubio que bebía junto a la barra.

[Compatibilidad estimada: 11%]

Miró a otro junto a la chimenea.

[Compatibilidad estimada: 6%]

Y cuando volvió a subir la vista hacia el hombre que tenía delante, el recuadro brilló con más intensidad que todos los anteriores.

[MADDOX THORNE]

Compatibilidad: 100%

Contacto breve: +7%

Contacto prolongado: +15%

Beso: +65-72%

Contacto íntimo: +80-90%

Relación sexual: hasta +100%

«A mí me gusta el cien», ronroneó Sylva en su cabeza. «Mira esos hombros, Astrid. Nos ahorraríamos muchísimo trabajo».

«No vamos a convertir esta taberna en un menú», le cortó ella.

Sin embargo, tener a Maddox a un palmo de distancia, con la mandíbula tensa y el olor a leña y menta salvaje envolviéndola, desenterró un recuerdo que Astrid había jurado llevarse a la tumba.

Años atrás, antes de que el vínculo con Viggo se manifestara y la atara a Blackfur, ella había cometido la estupidez de enamorarse en silencio de Maddox Thorne durante todo un verano.

Nunca se lo dijo a nadie y mucho menos a él.

Porque cada vez que coincidían en las cortes del norte, Maddox aparecía con una mujer distinta colgada del brazo, riéndose como si el continente entero le perteneciera.

Así que decidió que antes se cortaría la lengua que convertirse en un nombre más en su lista de una noche. Por eso transformó la atracción en desprecio y construyó un muro de espinas cada vez que él se le acercaba. Luego apareció Viggo, la marca del destino cayó sobre su cuello y ella dio el asunto por muerto.

O eso había creído hasta hacía dos minutos, cuando la boca de Maddox le había hecho olvidar hasta su propio nombre.

Todavía confundido, Maddox dio un paso más hacia ella.

—¿Por qué me besaste?

Astrid se ajustó las solapas de la capa mojada sobre el pecho.

—Necesitaba hacerlo.

Maddox arrugó el entrecejo.

—Eso no explica nada.

—No era mi intención explicarte nada, Thorne.

Ella lo esquivó por la derecha y caminó hacia la salida de la taberna.

—Bloodmoon —la llamó.

Astrid se detuvo junto a la entrada y giró la cabeza sobre el hombro.

Maddox seguía de pie junto a la mesa, con los brazos en tensión a los costados y el ceño fruncido, sin rastro de esa arrogancia con la que manejaba a todo el mundo. Verlo así, tratando de descifrar qué acababa de pasarle por encima, le encendió una chispa de satisfacción en el pecho.

—Gracias por la boca, Thorne.

Detrás de Maddox, Toren se atragantó con el hidromiel y empezó a toser contra el puño, mientras que Maddox se quedó clavado en el sitio, con los labios entreabiertos, viendo a Astrid salir a la ventisca.

Apenas la puerta se cerró a su espalda, el murmullo de Sylva volvió a sonar entre sus sienes:

«Su lobo le está gritando que salga detrás de nosotras. Espero que le haga caso».

«Tú eres una traidora», masculló Astrid mientras bajaba los escalones hacia la calle cubierta de nieve.

«Y tú una mentirosa. Todavía tienes el pulso disparado».

Antes de que Astrid pudiera contestarle, un pitido sonó en su oído y la barra plateada en la esquina de su vista parpadeó.

[ENERGÍA LUNAR: 70%]

Astrid frenó en seco junto al poste donde había atado a su yegua.

—¿Ya? —Soltó el aire en una nube blanca frente a la pantalla—. Acabo de recargarla hace dos minutos.

Un cuadro de texto se desplegó debajo de la barra.

[DETERIORO BASAL ACTIVO]

Daño estructural del núcleo: SEVERO.

Consumo actual: 1% cada 3 horas en reposo.

Advertencia: El consumo aumentará con esfuerzo físico, transformación, heridas, uso de habilidades o exposición a corrupción.

Astrid cerró los ojos un segundo y apoyó la frente contra la montura helada del animal.

El beso solo le había comprado tiempo; seguía teniendo una fisura abierta en el núcleo que la vaciaba gota a gota.

Desató las riendas y subió al lomo de la yegua.

Tenía que llegar a la cabaña de Runa antes del amanecer. Si alguien en Varelia sabía cómo arrancar esa cosa de su cabeza o sellar el núcleo de una loba sin depender de las manos de Maddox Thorne, era la vieja bruja de los riscos.

Sin embargo, cuando tiró de las riendas para girar hacia el sendero del norte, un rugido quebró el silencio de las montañas.

El sonido no venía de una garganta normal; vibró en el suelo bajo las patas de la yegua y sacudió la nieve de las copas de los pinos. El caballo relinchó, alzándose sobre las patas traseras, y Astrid tuvo que aferrarse al cuero de la silla para no caer de espaldas.

Al mismo tiempo, su visión se tiñó de amarillo.

[ANOMALÍA ENERGÉTICA DETECTADA]

Nivel: Desconocido.

Distancia: 2.8 km.

Advertencia: NO SE APROXIME SIN PREPARACIÓN.

Astrid clavó la vista entre la espesura de los árboles negros, hacia la dirección de donde había venido el estruendo.

«Huele a sangre podrida», gruñó Sylva, erizando el lomo dentro de su mente. «Entonces, obviamente, iremos a ver qué es».

Astrid tiró de las riendas hacia el camino opuesto, obligando a la yegua a girar el cuello.

—Primero Runa.

Pero cuando el caballo dio el primer paso para rodear el farol de la esquina de la taberna, Astrid bajó la mirada hacia el suelo y el aliento se le congeló en la garganta.

Ahí, estampada sobre la nieve fresca, a menos de tres metros de la puerta por la que acababa de salir, había una huella reciente. Tenía cinco garras hundidas, pero el tamaño de la almohadilla doblaba al de cualquier lobo de guerra de Umbria.

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Comments (1)
goodnovel comment avatar
maryta saboya tangoa
Oh Astrid , bien que te gusto el besooooo............
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