LOGINEl corazón me late a mil y el instinto reacciona haciendo que me meta en la ducha y cierre la puerta. Siento pánico. No sé qué hacer.
Oigo sus pasos cada vez más cerca. Todos mis sentidos están en máxima alerta. Quiero gritar y pedir ayuda, pero la voz no me sale.
—Qué espectáculo. Desnuda, empapada, llevando solo un par de gafas diminutas. Creo que nunca en mi vida he visto una visión tan sexy.
Solo entonces me di cuenta de quién estaba al otro lado de la puerta. Esa voz… ronca y profunda, seductora y… peligrosa. El señor Parker, mi jefe, me había visto desnuda.
—P… por favor, v… váyase. No estoy… no estoy en condiciones de hablar. ¡Y esto es el vestuario de mujeres!
Siento la presión de su cuerpo contra la puerta. La música sigue; el agua caliente que antes me resultaba tan agradable ahora está demasiado caliente y desagradable.
—Discúlpeme, pero cuando entré aquí nunca imaginé que iba a presenciar algo que se me quedará grabado para siempre. Llamé a la puerta cuatro veces y, como no contestaba, pensé que le había pasado algo, así que entré en el pasillo cuando… cuando oí sus gemidos.
El cuerpo se me derrite por el calor y la vergüenza que siento. No solo me enfrenté a mi jefe y le di un cabezazo, sino que además le insulté en un mensaje que él leyó. ¡Y ahora me pilla gimiendo y masturbándome… él! ¡Este día no podía ir a peor!
—Siento que… que haya oído algo y pensara otras cosas. P… por favor, váyase.
—Lo vi. Por favor, continúe. No se detenga por mí.
El shock y el calor casi me hacen desmayar. Debo de estar alucinando. En un acto de escape, cambio el agua de caliente a fría, intentando recuperar la cordura y la dignidad. Pero él está ahí, detrás de la puerta. No puede verme, no puede tocarme. Solo puede escuchar.
Dudo. No tengo palabras para contestarle. Aprieto la oreja contra la puerta, intentando oír algo.
—Sigo aquí. No voy a entrar. Le ruego, por favor, que continúe.
Trago saliva con dificultad. Estoy demasiado nerviosa.
—No… no creo que pueda.
Él percibe mi inseguridad y suelta un sonido gutural, como el rugido de un león. Ni siquiera el agua fría me calma, ni despierta mi cuerpo del trance en el que está.
—Esto es lo que vamos a hacer: haga exactamente lo que yo le diga. Yo solo seré su narrador.
Esa voz hace que el bajo vientre me arda. Las palabras salen suaves, como un beso en la piel.
—¿Está de acuerdo? Conteste solo sí o no.
Tras un largo silencio por mi parte, pensando que mañana podría perder el trabajo, o peor, que lo que ocurra aquí hoy se propague por toda la oficina y me destroce… Pero joder, no quiero arrepentirme después de haber rechazado lo que podría ser la mejor experiencia sexual de mi vida. Quizá la única.
—S… sí.
Oigo su risa gutural. Solo con oírla me excito aún más. En este momento, la persona detrás de la puerta no es el implacable señor Leonard Parker; es el narrador de mi experiencia erótica, un voyeur que no ve nada pero lo oye todo.
—Apóyese contra la puerta. De espaldas a ella.
Hago lo que me dice. El culo se me presiona contra la madera mate, seguido de los omóplatos y el pelo. Parece oír el sonido amortiguado que hace mi cuerpo al apretarse contra la puerta.
—Muy bien. Ahora cierre los ojos y relájese. No abra los ojos por nada.
Cierro los ojos; los sentidos se agudizan aún más y los nervios me consumen.
—Necesito que haga exactamente lo que le diga, cariño. Métase el dedo índice en la boca y chúpeselo.
Su voz ronronea las órdenes y yo cedo. Alzo la mano derecha y me meto el dedo índice en la boca, dejándolo descansar bajo la lengua. Exploro el dedo como si fuera el de otra persona.
—Saque el dedo de la boca y baje esa mano hasta el pezón derecho. Juegue con él usando ese dedo mojado que ha chupado su hermosa boca.
Su voz se vuelve más ronca a cada segundo. Inhalo al oír la nueva orden. El erotismo está en la oscuridad, en los ojos cerrados. En el sonido. Juego con el pezón, sintiéndolo endurecerse. Resisto el impulso de acariciar el otro.
—Con la otra mano, quiero que baje hasta su maravillosa coño y recoja un poco de su humedad. Lleve esa humedad al otro pezón y tóquelo. Cómaselo como si fuera mi boca.
Cuando abro los pliegues, no encuentro solo humedad, sino un charco. Estoy mojada y completamente deseosa de contacto allí. Con los dos dedos mojados froto el pezón izquierdo, pero esta vez lo aprieto cuando siento que se endurece y lo tiro suavemente, dándome una sensación de placer. Quiero más.
—Ahora, mi dulce diosa, supongo que está tan mojada como yo de duro. —Oigo algo caer de su lado—. Deslice esa mano hasta su coño y entiérrele el dedo. Hágalo, cariño.
No espero. Bajo la mano, pasando los dedos por el clítoris dolorido, desesperado de fricción; deslizo el dedo índice en mi humedad y, oh, qué bien se siente. Gimo sin miedo, olvidando su presencia al otro lado de la puerta.
—Saque el dedo y vuelva a meterlo. Hasta que yo le diga que pare.
Su voz es profunda y las palabras salen más rápidas. Le oigo respirar con fuerza. Hago lo que dice, sintiendo el vacío cuando saco el dedo de mí, solo para sentirme llena de nuevo. Empiezo a empujarme con el dedo, imaginando siempre que es él quien me mete el dedo. Empiezo a gemir y a jadear, como si me faltara el aire. Siento que no voy a poder aguantar mucho más.
—Apriete y tire de su hermoso pezón mientras se folle, cariño. Apriételo como si yo se lo estuviera chupando con la boca.
Un grito amortiguado se me escapa desde lo más hondo de la garganta. Nunca había sentido esto. Nunca había sentido tanto placer.
—Yo… no… no aguanto más…
Oigo su respiración acelerada y le oigo tocarse. Me imagino agarrándose la polla y masturbándose, por mí.
—Joder, cariño. Tóquese, tóquese hasta correrse.
Su última orden es un puro alivio. Sin pensar, saco el dedo de mí y masajeo el clítoris, que está a punto de explotar. Me estimulo con movimientos circulares del dedo corazón, imaginando que es él quien lo hace. Acelero el ritmo, sintiendo que las piernas empiezan a temblar. Una sensación de calor y frío recorre mi cuerpo, explotando en un dolor tan placentero desde el coño que gimo demasiado alto. Me corrí tan fuerte que las piernas me fallaron y me deslicé hasta el suelo, moviendo los dedos y cerrando las piernas alrededor de la mano. Mientras los espasmos seguían asaltándome, le oí al otro lado de la puerta; una obscenidad y un grito amortiguado como un rugido se le escaparon. Su gemido. Me quedo en el suelo, con el agua fría corriendo por el cuerpo, intentando estabilizar la respiración. De pronto vuelvo a la realidad… ¿sigue detrás de la puerta? Intento levantarme, pero me quedo paralizada al oír dos golpes en la puerta.
—Que tenga una buena noche… Blair.
No consigo contestarle, pero al cabo de unos segundos oigo cómo se cierra de golpe la puerta del vestuario.
—¿Qué asunto necesitas que resuelva?Estoy tan avergonzada que no encuentro las palabras para contestarle. Parece que no ha pillado el tema de nuestra conversación.Pero, por favor, Destino, ¡dame un respiro!La brisa resulta agradable y la luz del sol reflejada en la espalda de este pedazo de hombre me deja sin aliento.—¿Qué te pasa, Blair?Vuelvo a la tierra y me apresuro a decirle que no era nada, que Lina solo bromeaba. Arquea una ceja, pero no insiste. Nos quedamos en silencio unos segundos hasta que la tensión se vuelve palpable.El corazón vuelve a acelerárseme.—¿Tienes alguna alergia alimentaria?—Mmm… que yo sepa, no.—¿Hay algo que no te guste? ¿Brócoli o algo así?Su tono es aburrido y vuelve a mirar el móvil.—Me gusta casi todo, excepto… bue
El aire fresco me golpea la cara y me llena los pulmones.Qué bien sienta respirar un aire tan puro, y la vista es maravillosa. Bajamos los primeros tramos de escaleras hacia una terraza grande con una piscina enorme y tumbonas cerca.Nos sentamos en un par de sillas con una mesa entre nosotras y una sombrilla de playa encima. Toda la propiedad se funde a la perfección con el paisaje. Es, sin duda, algo único.—Blair, siento mucho lo que te pasó.Lina rompe el silencio agradable y me saca de mis pensamientos.—Gracias, Lina.Le dedico una sonrisa tranquilizadora.Se nota que de verdad le sabe mal lo que me ocurrió.—Sabes, mi hermano nunca ha traído a nadie aquí. —Hace una pausa—. Quiero decir, ninguna mujer ha puesto un pie aquí aparte de mí.Me lanza una sonrisa pícara.No entiendo a dónde quiere llegar con
Los tres estamos sentados a la mesa, con Leonard en el medio.Lina unta mantequilla en un trozo de pan, mientras yo remuevo el café y como unas galletas.—Entonces… Blair, ¿trabajas con mi hermano?La ruptura repentina del silencio y la pregunta hacen que Leonard suspire, exasperado con su hermana. Ella lo ignora.—No con tu… tu hermano, sino para él.—¿Y cuánto tiempo llevas trabajando para él?—Lina, estoy aquí.—¡Shh! ¡Estoy hablando con Blair!Leonard gruñe, pero se calla.—Llevo dos años trabajando.—Mmm… ¡Cuéntanos más de ti, Blair! ¿Vives con tus padres o…?—Lina, eso es demasiado personal.—No, da igual.Contesto antes de que pueda continuar.—Vivo sola. Mi madre murió, y mi padre salió a comprar tabaco y no volvió cuando yo tenía doce años. Viví con una tía y mi prima. Con la herencia me compré el piso y pagué los estudios.Esto pilla a Lina desprevenida, pero no a Leonard; él ya sabía esta información.—Lo siento mucho, Blair. Lo siento. No pretendía sacar eso a relucir.Leo
—Perdona. Quería explicarte que no era mi mujer, sino mi hermana, pero ni siquiera me dejaste hablar.La expresión de Leonard es severa.Lina, en cambio, parece divertida.—Mi querido hermano, ¿qué estás haciendo? Pensaba que no mezclabas los negocios con el placer.Se ríe con ganas y se gira hacia él. Ninguno de los dos lo encuentra gracioso. Pero él tiene el valor de poner los ojos en blanco y decirle que se vaya.Yo me quedo donde estoy.Lina se vuelve hacia mí.—Perdona.Lo susurra antes de salir.Ahora estamos solos.Leonard mantiene su expresión severa e irritada.—No sabía que tu opinión sobre mí era que soy un traidor y un cerdo.Miro mis pies, de pronto avergonzada.No quería que hubiera oído eso.—Y un mentiroso…Lo digo en voz ba
Leonard se aparta rápidamente de mí y se coloca delante.Sus movimientos son demasiado rápidos.Su postura protectora pone todos mis sentidos en alerta máxima. El miedo me envuelve y me invade la parálisis.La puerta se abre de golpe y entra una mujer cargada con varias bolsas.Leonard se tensa.Y me doy cuenta de que no ha cancelado sus planes.Mierda.La mujer es preciosa: pelo largo y ondulado de color miel, alta y esbelta, ojos castaños y labios carnosos, pómulos altos, uñas cuidadas pintadas de un rosa claro. Nada está fuera de lugar.Así es exactamente como imaginaría a Afrodita.—¡Lina!La voz sorprendida de Leonard confirma que de verdad no debería estar aquí.Los celos y la inseguridad son sustituidos de inmediato por el miedo y el pánico. Y ahora, en lugar de quedarme pegada al suelo, empi
—Leonard, agradezco todo lo que has hecho por mí, pero no quiero ser una molestia y…Miro mi plato vacío, demasiado avergonzada para encontrar su mirada.—Como bien sabes, no tengo dinero suficiente para devolverte todo lo que me has… proporcionado. Es mejor que me vaya a casa y…—Ni se te ocurra pensar en estar sola ni un segundo sin mí.Nuestras miradas se encuentran.El corazón se me salta un latido.—No… no hace falta llegar tan lejos. Yo…—Te atacó un hijo de puta asqueroso que trabajaba para mí. En mi edificio. En mi oficina. —Las aletas de la nariz se le dilatan y las manos se le cierran en puños—. Te tocó. Te tocó demasiado. Y si de mí depende, esa fue la última vez que te tocó.Los ojos me arden.No quiero hablar de ello.Me siento sucia.Demasiado sucia.Todavía puedo sentir esas manos sobre mí.Cierro los ojos con fuerza, intentando reprimir los recuerdos.Pero entonces siento una mano fuerte y cálida cubriendo la mía. Me estremezco.—Blair, mírame.Abro los ojos despacio.







