INICIAR SESIÓNEl eco del motor del yate vibraba bajo la cubierta, un recordatorio constante de que el mundo seguía girando, aunque para Layla se hubiera detenido en un punto muerto de náusea y arrepentimiento. Se encontraba en el baño, con la frente apoyada contra el mármol frío del lavabo. El agua corría con fuerza, pero ningún caudal era suficiente para limpiar la sensación de las manos de Dimitrik sobre su piel.
Se miró al espejo y no reconoció a la mujer que le devolvía la mirada. Sus labios estaban ligeramente hinchados, testimonio de un acto que debería haber sido sagrado y que, en cambio, se sintió como una profanación. Se sentía sucia, no por el acto en sí, sino por la traición a su propio corazón. Cada vez que cerraba los ojos durante el encuentro, la imágen de Lucius la asaltaba, desgarrándola por dentro. Había pronunciado el nombre de su esposo entre suspiros forzados, pero en el silencio de su mente, era el nombre del tío el que gritaba por auxilio. —¿Qué he hecho? —susurró, y su voz se quebró—. Soy una cobarde. El arrepentimiento le pesaba más que las joyas de compromiso que descansaban sobre la encimera. Era el recordatorio tácito del contrato que había firmado para salvar a su padre de pudrirse en la cárcel. Se había casado con la sombra para estar cerca de la luz, pero la sombra ahora la reclamaba como propiedad. Había entregado su cuerpo a un hombre que la veía como una transacción, como un vientre para un heredero, mientras su alma seguía encadenada a los ojos grises y la voz de advertencia de Lucius. La idea de llevar en su seno un hijo de Dimitrik, un niño nacido de la frialdad y el cálculo, le provocó un escalofrío que la hizo temblar de pies a cabeza. En ese momento, el chirrido agudo de su teléfono sobre el mármol la hizo saltar. Era una llamada internacional. Era su madre. Layla respiró hondo, intentando estabilizar su pulso antes de deslizar el dedo por la pantalla. —¿Mamá? —su voz sonó casi ahogada tratando de contener el llanto —¡Layla! ¡Oh, gracias a Dios que respondes! —La voz de su madre al otro lado de la línea sonaba frenética, cargada de una emoción que Layla no lograba descifrar de inmediato—. Hija, tienes que sentarte. Tengo noticias. —¿Qué pasa? ¿Estás bien? —Layla se enderezó, el instinto de protección desplazando por un segundo su miseria personal. —Es tu padre, Layla... El abogado acaba de llamar. La apelación fue aceptada, hubo irregularidades en el proceso de las pruebas financieras. Tu padre sale de la cárcel en tres días. El mundo pareció inclinarse. El aire en el pequeño baño se volvió denso. Su padre, el hombre por cuya libertad ella había aceptado venderse a los Draven, el motivo principal por el que había firmado aquel contrato matrimonial con Dimitrik y renunciado a cualquier posibilidad real con Lucius, estaba a punto de ser libre. —¿Sale? —repitió Layla, con la voz hueca—. ¿Tan pronto? —¡Es un milagro! —exclamó su madre, llorando de alegría—. Todo el sacrificio ha valido la pena, hija. Ahora podrás ser feliz con Dimitrik, sabiendo que nuestra familia está a salvo. Finalmente, todo está en su lugar. Layla cerró los ojos y una lágrima solitaria rodó por su mejilla. "Todo en su lugar", había dicho su madre. Pero mientras escuchaba los planes de bienvenida y las bendiciones de una libertad recuperada, Layla comprendió la ironía más cruel de su existencia: su padre salía de una prisión de piedra y hierro justo en el momento en que ella acababa de cerrar con llave los barrotes de su propia celda de oro. Había entregado su vida, su cuerpo y su amor por una libertad que llegó solo unos días después de que ella terminara de condenarse. Pero lo más irónico de toda la situación eran esas palabras que su madre había pronunciado con tanta felicidad. «Ahora podrás ser feliz con Dimitrik» Repetía la frase una y otra vez en su mente para creerlo, pero la realidad era otra. Estaba casada con un hombre por un acuerdo mientras su cuerpo y alma clamaban por otro hombre.El silencio de la habitación la envolvía como un manto cuando el sueño la alcanzó por completo. Era un silencio denso, casi palpable, interrumpido apenas por el murmullo lejano del viento contra las ventanas y el tic tac pausado del reloj sobre la pared. En su descanso, las imágenes se mezclaban sin orden: el jardín bajo la lluvia, la voz de su madre llamándola desde el otro extremo de la puerta, el rostro serio de su padre al despedirse. Los recuerdos flotaban sin lógica, unidos solo por una sensación constante de nostalgia y cansancio. Todo parecía suspendido en una calma extraña, casi irreal, como si el mundo hubiera decidido concederle una tregua. Antes de quedarse dormida, había escuchado la puerta cerrarse con un golpe seco. —Layla… —había murmurado Dimitrik desde la entrada, con la voz espesa—. No empieces otra vez con tu silencio. Debemos hablar sobre lo que pasó en el comedor. Ella no respondió. Permaneció de espaldas, fingiendo dormir, aferrándose a la esperanza de que é
Layla subió las escaleras con pasos silenciosos, como si temiera que la casa misma pudiera delatarla. El vestido, pesado por la lluvia, se adhería a su cuerpo como una segunda piel helada, y cada peldaño parecía exigirle un esfuerzo que no sabía de dónde sacar. Al llegar al pasillo principal, las luces tenues y la alfombra espesa amortiguaron el sonido de sus tacones; aun así, sentía que el corazón le retumbaba con tanta fuerza que cualquiera podría oírlo.Cerró la puerta de su habitación tras de sí y apoyó la frente en la madera durante un segundo eterno. Las imágenes del jardín, la voz de Lucius, la humillación en la mesa, todo se le agolpó en la mente como una tormenta que no daba tregua. Cuando se giró, avanzó directamente hacia el baño, dejando a su paso pequeñas gotas que marcaban su recorrido.Encendió la luz y el espejo le devolvió un reflejo que apenas reconoció. Sus ojos enrojecidos, el rímel corrido, los labios pálidos. Tragó saliva y, sin pensarlo más, comenzó a despojarse
El aire en el comedor se había vuelto irrespirable, una mezcla densa de aroma a carne asada, vino costoso y el veneno puro que emanaba de las palabras de Dimitrik. Layla sentía que las paredes de la mansión se cerraban sobre ella como las mandíbulas de una bestia. La mención de la noche en el yate, arrojada sobre la mesa como un trofeo sucio frente a su padre recién liberado, fue la estocada final.Sin pedir disculpas, sin mirar a sus padres a los ojos por temor a ver la vergüenza o la comprensión en ellos, Layla se levantó de la mesa. Su silla chirrió contra el suelo de mármol, un sonido estridente que cortó la habladuría de Dimitrik.—Necesito tomar un poco de aire fresco—logró decir, con la voz apenas por encima de un susurro.—Layla, siéntate. Aún no hemos terminado el brindis —ordenó Dimitrik, su tono recuperando esa autoridad fría que utilizaba para cerrar contratos.Ella no lo escuchó. O mejor dicho, decidió que ese era el primer momento de su vida de casada en el que el miedo
Layla despertó antes de que saliera el sol, aunque difícilmente podía llamarse despertar a algo que no había sido sueño. La mala noche le pasaba factura en cada centímetro de su cuerpo: un dolor de cabeza punzante, como ráfagas de estática detrás de los ojos, se mezclaba con un calambre sordo y persistente en su bajo vientre, un recordatorio físico y amargo de su realidad actual, Pero que ella aún no sabía. La cena había sido un complot, de lo único que se hablaba era de negocios y de ese heredero tan deseado. Ya estaba harta y cansada de la situación y solo tenía poco menos de un mes de haberse casado. Esa mañana se preparaba para ir a recibir a su padre, al fin saldría en libertad y eso era algo que la alegraba en parte. El aire de la ciudad se sentía pesado, cargado con el olor a lluvia inminente que nunca terminaba de caer. El eco de las palabras de la matriarca en el vestíbulo y el recuerdo de la frialdad de Dimitrik la habían mantenido en un estado de vigilia tortuoso. A
El gran comedor de la mansión Draven exhalaba una opulencia gélida. La plata pulida brillaba bajo la luz de las lámparas de cristal, y el aroma a cordero asado y especias no lograba disipar la tensión que flotaba en el aire.Dimitrik y Layla estaban sentados uno al lado del otro, representaban una imágen de unidad que, para los ojos expertos de la familia, aún guardaba matices por descubrir. A ojos de un extraño se veían como el matrimonio perfecto, siendo otra la realidad.Frente a ellos, los padres de Dimitrik mantenían una cordialidad ensayada, pero era en la cabecera donde residía el verdadero peso de la mesa.Filomena, con su espalda recta como una columna de mármol y el rosario que siempre la acompañaba a todos lados, apenas probaba un bocado. Sus ojos, afilados por décadas de manejar los hilos de la familia, escaneaban cada gesto de Layla: la forma en que sostenía la copa, su postura al responder y, sobre todo, cualquier rastro de cambio en su semblante. Sabía que todo era pura
El regreso de Santorini no fue el viaje triunfal que los periódicos de sociedad describirían días después. Para Layla, el jet privado de la familia Draven se sentía como una jaula de cristal volando a diez mil metros de altura. A su lado, Dimitrik revisaba informes financieros, ignorando por completo la palidez de su esposa y el hecho de que ella apenas había probado bocado desde la llamada de su madre.Cuando el coche negro y blindado atravesó las enormes puertas de hierro de la mansión Draven, Layla sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Aquellas columnas de mármol que antes la intimidaban, ahora parecían lápidas de un cementerio de lujo.Al bajar del auto sus piernas comenzaron a temblar, no era miedo, era algo peor. No sabría cómo mirar a Lucius a los ojos después de lo que había pasado. Cómo el bien lo había dicho, lo que pasó en esa cama no la definía ante él, pero era totalmente diferente escuchar esas palabras a través de un teléfono que tenerlo de frente y comprob







