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BESOS ARDIENTES

Autor: Nelpin
last update Fecha de publicación: 2026-07-24 10:55:39
**GABRIEL**

Marco soltó una carcajada seca, negando con la cabeza mientras observaba la escena.

—Tiene agallas la niña de dieciocho años. Te lo concedo. Pero estás jugando con fuego, Gabriele. Esa francesa no tiene cara de someterse fácil.

—Ese es el chiste, amigo —confesé, dejando escapar el humo de mi cigarro lentamente mientras una sonrisa cínica y satisfecha se me dibujaba en los labios—. No quiero una muñeca de porcelana que diga que sí a todo como la arpía de Bianca. Me costó millones quit
Nelpin

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Último capítulo

  • COMPRANDO A UNA REBELDE   MANERAS DE PEDIR LAS COSAS

    **GABRIEL**El crujido de las puertas de roble de la Basílica de Santa María resonó en el altar como un trueno de guerra.Toda la alta sociedad romana, los directores del banco central y los socios de los astilleros de Génova se pusieron de pie al ver entrar a Nataly. Caminaba sobre la alfombra roja con la barbilla en alto, sosteniendo el ramo de orquídeas negras con una mano y luciendo el vestido blanco como si fuera una armadura de combate. Su mirada no se desviaba hacia los invitados; sus ojos oscuros estaban clavados en los míos con un fuego implacable que me aceleraba el corazón a mil por hora.En cuanto llegó a mi lado frente al arzobispo, le tomé la mano izquierda, apretándole los dedos con una firmeza que le sacó un suspiro corto y profundo.—Te ves intratable, signora —le murmuré al oído en mitad del canto litúrgico, rozando con el pulgar la piel tibia de su muñeca.—Gánate la corona, Gabriel… que el sermón es largo —me respondió en un susurro cargado de picardía, sosteniéndo

  • COMPRANDO A UNA REBELDE   PREPARATIVOS

    **NATALY**En cuanto la puerta se cerró, Gabriel me acorraló contra el respaldo del sofá de piel, atrapándome las manos antes de que pudiera cruzarlas en señal de protesta.—Vas a ponerte el vestido, pequeña rebelde —siseó en un murmullo rasposo, pegando su boca a mi oído mientras su mano bajaba a presionar suavemente mi vientre—. Vas a llevar el velo, vas a caminar hacia el altar y vas a dejarle claro a toda Roma que eres la única reina de esta dinastía.—Gabriel, no quiero ese circo… —gimió mi boca, intentando zafarme de su agarre, pero el calor de su cuerpo envolviéndome y el tono posesivo de su voz empezaron a disolver mi resistencia.—No es un circo, es la corona —corregí él, dándome una mordida seca en el cuello que me sacó un jadeo limpio—. Y la vas a llevar puesta con mi hijo en la panza.GABRIELTres días después, el Palazzo imperial de Roma parecía un campo de batalla tomado por diseñadores de alta costura, floristas y jefes de seguridad armada.Nataly estaba de pie sobre el

  • COMPRANDO A UNA REBELDE   ENTRE BERRINCHES

    **NATALY**El zumbido de las hélices era casi imperceptible gracias al insonorizado de la cabina, pero la tensión dentro del habitáculo se podía cortar con un bisturí. Al fondo, el doctor Rinaldi guardaba sus aparatos con una sonrisa nerviosa, mientras Gabriel me acomodaba por tercera vez una manta de cashmere sobre las piernas como si estuviera hecha de cristal.—Cállate y tómate el agua, chica —me ordenó Gabriel sin inmutarse, pasándome una botella de cristal con una firmeza que no admitía réplicas—. La presión la tienes un poco alta por el berrinche que armaste en la pista antes de subir.—Armé un berrinche porque mandaste a tres escoltas a llevarme la maleta como si llevara lingotes de oro adentro —le contesté, bajándome las gafas de sol para clavarle los ojos oscuros—. Me quitaste los tacones, me pusiste estos mocasines planos de abuela y encima trajiste al médico a bordo. Parece una prisionera VIP.Gabriel soltó un gruñido rasposo, ese sonido cavernoso que le nacía en el pecho c

  • COMPRANDO A UNA REBELDE   EL DESQUICIADO

    **GABRIEL**Le pasé los dedos llenos de jabón por el cuello, bajando lentamente por la curva de sus pechos —cada vez más sensibles y firmes— hasta llegar a su vientre plano.—Suéltame, Valtieri… en serio —murmuró ella, aunque su voz ya no sonaba tan furiosa. Había echado la cabeza hacia atrás, apoyándola en mi hombro, respirando a bocanadas cortas mientras mis manos continuaban su recorrido por debajo del agua.—No te voy a soltar jamás, chica —le siseé al oído, mordisqueándole el lóbulo con una lentitud tortuosa que la hizo soltar un jadeo limpio—. Te aguantas el jugo, te aguantas los mimos y te aguantas que me meta al baño contigo todas las mañanas.—Eres un tirano… un tirano insoportable y mimoso —protestó sin ganas, girándose despacio entre mis brazos en la bañera, mirándome con esos ojos oscuros cargados de esa mezcla de fastidio y deseo salvaje.—Soy tu esposo, Signora —corregí, atrapándole la barbilla con dos dedos mojados para aplastarle los labios en un beso profundo, calient

  • COMPRANDO A UNA REBELDE   MIMANDOLA AL EXTREMO

    NATALY—¡Que te quites, Gabriel! ¡No soy una persona con discapacidad! —le espeté, intentando apartar la bandeja de plata que me estaba encajando casi en el pecho.Allí estaba el gran Gabriel Valtieri, el terror del consejo de Roma y el magnate más frío del Mediterráneo, parado al lado de la cama en pantalones de chándal y sin camiseta, sosteniendo una taza de té de jengibre y un plato de frutas frescas como si fuera un camarero de lujo.—Te tomas el té y te comes la fruta, chica —me ordenó con esa voz de mando que usaba en los astilleros, pero con una fijeza en los ojos grises que me daba ganas de tirarle un cojín a la cabeza—. El médico dijo que tienes que alimentarte bien. Eres muy joven, te la pasas a base de café y trabajo, y ni de chiste sabes cuidarte sola.—Tengo veintidós años, no diez —le solté, cruzándome de brazos sobre la bata de seda negra, mirándolo con cara de pocos amigos—. Sé perfectamente cómo cuidar de mi cuerpo. Lo que no tolero es que ahora pretendas ponerme un g

  • COMPRANDO A UNA REBELDE   LA LLEGADA MENOS ESPERADA

    GABRIELVeinte minutos después, el agua hirviendo de la ducha del baño de mármol caía a chorros sobre los dos.Nataly estaba de espaldas a mí, apoyando las palmas de las manos contra el cristal empañado, mientras la manguera de agua le bajaba por la melena oscura, pegándosela a la piel. Las marcas rojas de mis dedos en sus caderas eran el mapa clarísimo de la carnicería de hace un rato en la entrada.Me acerqué por detrás, pegando mi torso mojado a su espalda, pasándole los brazos por la cintura para juntarla a mí.—Vas a llegar tarde a la junta con ese pelo, signora —le dije al oído, dándole un beso en la coyuntura del hombro mientras le acariciaba el abdomen con la palma de la mano.—Llego tarde porque a mi querido socio le da por cobrar peajes a mitad del pasillo —se burló ella, echando la cabeza hacia atrás sobre mi hombro, mirándome de reojo con una sonrisa ladina que me daba ganas de volver a empezar.—Tú pediste el cincuenta por ciento del imperio, chica. Esto viene en el paque

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