LOGIN**NATALY**
—Si me vuelves a tocar, Mathias, te juro que rompo este tacón y te lo clavo en el ojo.
Mi hermano menor me soltó como si mi piel quemara. Los tres estábamos de pie en el ascensor privado que subía directo al piso más alto de nuestros salvadores. El silencio dentro de la cabina de cristal era asfixiante, roto solo por el zumbido del motor.
—Modera ese temperamento, Nataly —me espetó Jean-Luc, acomodándose el nudo de la corbata con dedos rígidos—. No estamos en un club de la Costa Azul. Vinimos a salvar nuestro patrimonio, no a jugar. Deja las niñerías y pórtate a la altura.
—¿Salvar? ¡Presiento que aquí hay gato encerrado! —siseé, clavando las uñas en mis palmas—. Me subieron a un avión a la fuerza. ¡Eso es un secuestro!
—Es un negocio —corrigió Jean-Luc, mirándome con una frialdad que me caló los huesos—. Y tú eres la única carta que nos queda para negociar. Así que vas a entrar ahí, vas a cerrar la boca y vas a dejar que yo hable. Dependiendo de lo que quiera ese hombre, vamos a aceptar.
“Claro. Como si fuera una maldita muñeca de porcelana.”
El ascensor emitió un pitido electrónico y las puertas de acero se deslizaron de par en par. El piso era enorme, un despliegue obsceno de mármol negro y paredes de vidrio que mostraban el cielo gris de Milán.
Al fondo, detrás de un escritorio de recepción, una secretaria nos miró con una mezcla de lástima y curiosidad. A su lado, un tipo alto, de cabello oscuro y sonrisa arrogante, nos esperaba con las manos en los bolsillos.
—Los hermanos Laurent. Justo a tiempo —dijo el hombre, dándose la vuelta para abrir una doble puerta de madera noble—. Soy Alessio Moratti. Mi primo los está esperando. Pasen.
Mathias avanzó primero, con los hombros tensos y los puños listos para una pelea. Jean-Luc me tomó del codo, obligándome a caminar. Sentía las piernas de gelatina, pero mantuve la barbilla en alto. No les iba a dar el gusto de verme temblar.
Al cruzar el umbral, el ambiente se sintió gélido.
Detrás de un colosal escritorio de cristal, dándonos la espalda, estaba él. Gabriele Valtieri. Traje gris a medida, hombros imponentes y una quietud que daba pánico.
—Señor Valtieri —anunció Jean-Luc, aclarándose la garganta—. Estamos aquí. Cumplimos con nuestra parte del trato.
Gabriele no se movió de inmediato. Se tomó su tiempo para girarse, con una parsimonia que me encendió la sangre. Cuando por fin me clavó los ojos, sentí un latigazo en el estómago. Sus ojos grises eran como dos pedazos de hielo, desprovistos de cualquier rastro de calidez.
Me recorrió de arriba abajo con una mirada lenta, posesiva y descarada. Detuvo su inspección en mis labios antes de volver a mis ojos.
“¿Este maldito infeliz se cree mi dueño?”
—Llegan tarde —dijo Gabriele. Su voz era un barítono profundo, áspero, que retumbó en las paredes—. Me informaron que hubo… complicaciones en el aeródromo.
—Un simple malentendido, señor —intervino Jean-Luc rápidamente, empujándome sutilmente hacia el frente—. Mi hermana ya está aquí. Podemos proceder a la firma del rescate financiero de Les Industries Laurent.
Gabriele soltó una risa seca, un sonido corto y carente de humor. Se levantó de su silla, rodeando el escritorio con pasos lentos, como un depredador acorralando a su presa. Se detuvo a menos de un metro de mí. Olía a madera, a tabaco caro y a un peligro magnético.
—El rescate ya está redactado —declaró Gabriele, sacando un fajo de documentos de su saco y arrojándolos sobre el cristal—. Pero la firma que me interesa no es la tuya, Jean-Luc. Es la de ella.
—¿Qué? —interrumpió Mathias, dando un paso al frente con el rostro desencajado—. El acuerdo era una alianza comercial.
—El acuerdo cambió en cuanto compré su última deuda esta madrugada —sentenció el italiano, sin quitarme los ojos de encima—. No quiero sus hoteles. No me interesan sus viñedos. Quiero a Nataly. Bajo mis condiciones.
—¿Y cuáles son tus estúpidas condiciones? —le escupí, dándole un paso al frente, desafiando la distancia entre nosotros. Gabriele arqueó una ceja, y una sonrisa perversa, casi imperceptible, asomó en la comisura de sus labios.
—Un contrato matrimonial de exclusividad absoluta, *ragazza*. Firmas hoy, y el dinero estará en las cuentas de tu familia en cinco minutos. Te niegas… y tus hermanos saldrán de este edificio directo a la bancarrota y a la cárcel por fraude fiscal. Tú decides.
—¡Estás loco si crees que te vas a quedar con mi hermana! —rugió Mathias, lanzándose hacia delante.
Alessio se interpuso en un parpadeo, bloqueándole el paso con una mano firme en el pecho.
—Mide tus impulsos, Laurent —advirtió Alessio con voz gélida—. No estás en posición de pelear.
—Esto es un atropello, Valtieri —intervino Jean-Luc, con las venas del cuello a punto de estallar—. Habíamos hablado de una garantía, no de una jodida subasta humana. Nataly no es una mercancía.
Gabriele ni se inmutó. No apartó la vista de mí, ignorando los gritos de mis hermanos como si fueran simple ruido de fondo.
—Nadie los obliga a firmar —dijo Gabriele, con una calma que daba escalofríos—. Tienen la total libertad de dar la vuelta, cruzar esa puerta y regresar a Francia. Por supuesto, mi llamada al banco central para ejecutar el embargo saldrá en el mismo segundo en que pisen el ascensor. No intervendré en su ruina. Dejaré que se hundan solos.
El silencio que siguió a sus palabras fue devastador.
Miré a Jean-Luc, esperando que los mandara al demonio. Esperando que Mathias sacara el orgullo que siempre nos había definido. Pero no se movieron.
Jean-Luc bajó la mirada hacia los documentos sobre el escritorio de cristal. Sus hombros, siempre erguidos, cedieron bajo un peso invisible. Volteó a ver a Mathias. El intercambio de miradas entre mis dos hermanos duró apenas tres segundos, pero para mí fue una eternidad. Vi la derrota en sus ojos. Vi el cálculo matemático en la mente de Jean-Luc y la furia impotente de Mathias transformándose en sumisión.
Cedieron. Los dos.
—No… —susurré, dando un paso atrás—. Janc-Luc, dime que no estás pensando en…
—Nataly, es el legado de papá —interrumpió Jean-Luc, sin ser capaz de sostenerme la mirada—. Son los viñedos. Son miles de empleados. Si la empresa cae, vamos a la cárcel. Todos.
—¡Me están vendiendo a un maldito extraño! —les grité, sintiendo las lágrimas de rabia agolparse en mis ojos—. ¡Soy su hermana! ¡¿Una maldita empresa vale más que mi vida?!
—Solo será un papel, Nat… —intentó justificar Mathias con la voz rota, dando un paso hacia mí.
—¡No me toques! —le espeté, dándole un manotazo—. Son unos cobardes. Los dos. Preferían verme encadenada a este imbécil con tal de mantener sus cuentas bancarias llenas y sus trajes caros. ¡Los odio!
Una risa baja y ronca interrumpió mi estallido.
Gabriele dio un paso más, invadiendo por completo mi espacio personal. Su olor a tabaco y perfume de diseñador me inundó las fosas nasales, mareándome. Extendió un bolígrafo de oro hacia mí, ofreciéndomelo con una galantería gélida.
—Ya escuchaste a tus hermanos, *ragazza*. El tiempo corre —murmuró, con sus ojos grises brillando con una satisfacción perversa—. Firma el contrato. Salva a tu patética familia… y empieza a pagar tu deuda conmigo.
NATALYEl sol poniente de Roma teñía el cielo de tonos carmesí y violeta, proyectando la sombra alargada de los cipreses sobre el gran ventanal de la suite principal.El silencio que reinaba en la estancia era denso, sereno y cargado de una satisfacción que pocos mortales llegaban a experimentar jamás. La cuna de caoba descansaba al fondo de la habitación, donde Alexander dormía plácidamente tras una larga jornada. El informe diario de la Bolsa yacía olvidado sobre la mesa de centro: las acciones de la firma Valtieri-Laurent habían alcanzado su máximo histórico tras la botadura en Génova.Estaba de pie junto al cristal, vistiendo una bata de seda transparente en color vino que caía en pliegues suaves hasta mis pies descalzos. Sostenía una copa de cristal con un sorbo fino de vino tinto, observando el horizonte romano con la certeza de quien lo ha conquistado todo.Unos pasos pesados, firmes y lentos anunciaron la presencia de la fiera que compartía mi trono.Gabriel se detuvo justo de
NATALY A las tres de la mañana, la suite principal oliendo a leche tibia, lavanda y el aroma penetrante a madera de sándalo del perfume de Gabriel. Estaba recostada sobre la montaña de almohadones de lino blanco, vestida con un camisón de seda abierta en el pecho. Alexander dormía profundamente sobre mi regazo, envuelto en una manta de punto crema.El pequeño soltaba ruidos suaves y rítmicos que me hacían sonreír de una forma que jamás habría creído posible en mí. La sombra de Gabriel se proyectó desde la puerta del vestidor. No llevaba camisa; solo un pantalón de chándal oscuro y los pies descalzos sobre la alfombra. Traía esa mirada densa, territorial y sobreprotectora que se le había instalado desde que el equipo médico cruzó la puerta de salida dos horas atrás.—Deberías estar durmiendo, chica —murmuró con esa voz cavernosa que resonaba en la penumbra, cruzando la estancia con pasos de felino hasta detenerse junto a la cama.—No puedo dejar de mirarlo, Valtieri —confesé en un sus
NATALYA las tres de la mañana, un dolor sordo y desgarrador me atravesó la espalda baja, sacándome de golpe del sueño. El aire se me congeló en los pulmones. Me incorporé sobre las sábanas de lino de la suite, sintiendo una calidez repentina y fluida recorrer mis muslos. El cristal de mi compostura implacable se rompió en un solo segundo.—Gabriel… —Articulé con la voz rasposa, apretando la tela del colchón con los nudillos blancos. Gabriel no necesitó un segundo llamado. Estaba despierto antes de que terminara de pronunciar su nombre. Se sentó de un brinco en la cama, con los ojos grises abiertos de par en par, pasando de la penumbra del sueño a una alerta absoluta y salvaje en cuestión de un latido.—¿Qué pasa, Nataly? ¿Es el bebé? —su voz, siempre tan calculadora y firme, sonó con un quiebre de pánico crudo que jamás le había escuchado.—Rompí fuente —gimió mi boca, mientras otra contracción, más violenta que la primera, me obligó a arquear la espalda y clavarle las uñas en el an
GABRIELVerla reírse de mis intentos de carpintería con esa arrogancia divina me aceleraba el pulso de una forma que nada en los negocios lograba. Pero detrás de mis quejas por la posición de la cuna, la verdad era que la inminencia del parto me tenía la sangre vuelta un nudo de tensión insoportable.Me detuve justo frente a su sillón, quitándole el plano de las manos para lanzarlo sobre la alfombra. Me arrodillé sobre una pierna entre sus rodillas abiertas, quedando a la altura de su rostro, atrapándole la nuca con una mano firme de hierro.—Te estás burlando mucho del presidente hoy, pequeña rebelde —siseé en su boca, rozando sus labios con los míos hasta sacarle un jadeo corto.—Me burlo porque te veo apretar la mandíbula cada vez que miras la cuna, Gabriel —confesó ella en un susurro, pasándome los dedos por la nuca con una ternura traidora—. El gran magnate de Roma tiene miedo.—Tengo pánico de que algo te pase a ti o al niño —admití en un murmullo rasposo y brutalmente honesto,
NATALYEl sonido de los tres Mercedes negros avanzando por la calzada de gravilla de la villa anunció la llegada que llevaba días esquivando.Estaba sentada en el diván del porche principal, vestida con una túnica fluida de lino verde esmeralda que apenas lograba disimular la marcada curvatura de mi sexto mes de embarazo. A mi lado, de pie y con la espalda erguida como una muralla de bronce, Gabriel observaba el despliegue con los brazos cruzados y una serenidad peligrosa.La puerta del primer vehículo se abrió y mi padre descendió con la elegancia severa de siempre, apoyándose en su bastón de empuñadura de plata. Sin embargo, lo que me sacó un gesto de sorpresa fue ver bajar del segundo coche a Mathias y Jean-Luc. Mis dos hermanos vestían trajes oscuros impecables, pero traían una postura inusualmente dócil y cargaban en las manos tres cajas envueltas en terciopelo azul y seda de París.—Padre… —saludé poniéndome de pie despacio, pero Gabriel me puso una mano firme en la cintura, obl
NATALYEl canal principal de Venecia devolvía el reflejo de miles de luces doradas que iluminaban las fachadas de los palacios renacentistas.El Gran Baile de la Industria Naviera no era solo una fiesta para la aristocracia y los magnates de Europa; era el escenario perfecto donde las dinastías venían a medirse las garras. Tras un mes de retiro absoluto en Liguria, mi regreso a la luz pública al lado de Gabriel tenía que ser una declaración de guerra impecable.Bajé del taxi acuático de caoba apoyándome en la mano pesada de mi esposo. Llevaba un vestido de terciopelo azul noche diseñado a medida, con un escote barco elegante que dejaba al descubierto mis hombros y un corte ceñido que remarcaba con orgullo la hermosa curvatura de mi quinto mes de embarazo. Un collar de diamantes negros y zafiros de la colección privada Valtieri me ceñía el cuello.Gabriel estaba imponente. El esmoquin negro entallado, la camisa blanca impoluta y esa mirada de depredador frío hacían que la multitud de f







