LOGIN**GABRIELE**
La respiración de Nataly era errática, rápida, un vaivén furioso que hacía subir y bajar su pecho. Tenía los ojos inyectados en rabia y las mejillas encendidas. Un volcán a punto de estallar en mitad de mi oficina.
Sostenía el bolígrafo de oro como si quisiera usarlo para degollarme.
—Si firmo esto… —siseó, mirándome con un odio tan puro que casi pude saborearlo—, te juro por mi vida que te vas a arrepentir, Valtieri. Te voy a hacer la vida un maldito infierno.
—Me encantan los retos, ragazza —respondí, sin que se me borrara la sonrisa del rostro—. Firma de una vez. Mi paciencia tiene un límite y ya gastaste la mitad.
Me arrebató el bolígrafo con brusquedad. Apoyó las palmas sobre el escritorio de cristal y estampó su rúbrica en la última página del contrato matrimonial con trazos salvajes, casi rompiendo el papel. Lanzó el bolígrafo contra la mesa; el metal tintineó con fuerza.
—Listo. Ya tienes tu maldito trofeo —escupió, dándose la vuelta para mirar a sus hermanos—. Espero que estén felices. Quédense con sus viñedos de m****a.
Jean-Luc no dijo nada. Se limitó a tomar una copia del documento de rescate financiero que Alessio le extendía. Mathias, por su parte, me clavó una última mirada cargada de promesas de violencia antes de agarrar a su hermano del hombro.
—Nos vamos —dijo Mathias, arrastrando a Jean-Luc hacia la salida.
—Un momento —los detuve. Mi voz cortó el aire como una cuchilla. Los dos franceses se congelaron a mitad de la sala—. El trato está cerrado. Los fondos se están transfiriendo a París en este instante. Ya no tienen nada que hacer en Milán. Largo de mi edificio.
—Nataly viene con nosotros al hotel a empacar… —empezó Mathias, girándose con los puños apretados.
—Nataly se queda conmigo —sentencié, cruzándome de brazos—. Desde este segundo, vive bajo mi techo. Su equipaje ya fue trasladado a mi residencia por mis hombres. Adiós, señores Laurent.
“Ya no les pertenece, idiotas”.
Jean-Luc tiró del brazo de su hermano, obligándolo a caminar. Las pesadas puertas dobles se cerraron tras ellos, dejando una estela de silencio sepulcral en la oficina.
Me giré hacia Nataly. Estaba estática, mirando fijamente la madera de la puerta por la que su familia la había abandonado. Una sola lágrima de impotencia rodó por su mejilla, pero se la limpió de un guantazo de inmediato, negándose a mostrar debilidad ante mí.
—Eres un monstruo —susurró, dándose la vuelta para encarándome.
—Soy un hombre de negocios, que es diferente —repuse, caminando hacia ella—. Y tú eres mi esposa ante la ley a partir de hoy. Te sugiero que dejes atrás esos berrinches de niña consentida. En mi casa hay reglas, Nataly. Y la primera es que haces lo que yo digo, cuando yo lo digo.
—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer si no quiero? ¿Llamar a tus guardias? —desafió, dándome un paso al frente, acortando la distancia hasta que casi podía sentir el calor de su cuerpo.
La tomé del mentón con los dedos, obligándola a mirarme fijamente. Su piel era suave, pero su mandíbula estaba rígida, tensa por la resistencia.
—No necesito guardias para domarte, ragazza. Lo haré yo mismo.
Alessio se aclaró la gola desde el fondo de la habitación, rompiendo la electricidad que amenazaba con incendiar el espacio.
—Gabriele, lamento interrumpir el idilio —dijo mi primo con su habitual tono sarcástico—, pero tu madre está abajo en el estacionamiento. Y no viene sola. Bianca está con ella.
“Maldita sea.”
Nataly me clavó una mirada de sospecha al escuchar el nombre de mi exesposa. Solté su mentón de golpe y me acomodé el saco del traje, recuperando mi máscara de hielo.
—Llévala a la salida privada del sótano, Alessio —ordené, mirando a mi primo—. Que el chofer la lleve directo a la villa. No quiero que mi madre ni Bianca le pongan un ojo encima todavía.
—¿Me estás escondiendo de alguien? —se burló Nataly, cruzándose de brazos, con una chispa de malicia brillando en sus ojos—. Vaya, resulta que el gran titán italiano le tiene miedo a un par de mujeres.
Me acerqué tanto que mi aliento rozó su oreja.
—No te escondo de ellas, Nataly. Te protejo de mí —susurré con voz peligrosa—. Porque si mi madre te provoca y tú respondes con esa boquita insolente, me veré obligado a castigarte aquí mismo, y no creo que tus hermanos regresen a salvarte. Mídete con tus burlas.
Le hice una seña a Alessio y este la tomó suavemente del brazo para guiarla. Nataly me dedicó una última mirada cargada de desprecio antes de salir por la puerta lateral.
Me quedé solo en la oficina. Caminé hacia el ventanal, viendo los autos negros de mi madre estacionarse en la entrada principal. La guerra acababa de empezar, y yo tenía a la prisionera más peligrosa en mi propio palacio.
Me acomodé los puños de la camisa, respirando el silencio que Nataly había dejado en la habitación. Todavía sentía el rastro de su perfume dulce y rebelde flotando en el aire.
Las puertas principales se abrieron de golpe, rompiendo mi concentración.
Mi madre, Alessandra, entró con la elegancia de una reina dispuesta a decapitar a su corte. Detrás de ella, luciendo un vestido de diseñador asfixiantemente perfecto, venía Bianca. Mi exesposa mantenía esa sonrisa gélida que solía usar cuando sabía que tenía las de ganar.
—Espero que tengas una excelente explicación para esta locura, Gabriele —soltó mi madre, plantándose frente a mi escritorio sin molestarse en saludar.
—No te debo explicaciones de mis negocios, madre —respondí, sentándome en mi sillón de cuero y entrelazando los dedos—. Y menos en mi propia oficina.
—¿Negocios? —Bianca dio un paso al frente, su voz destilaba veneno destilado—. Por favor, Gabi. Comprar la deuda de unos franceses caídos en desgracia solo para arrastrar a una mocosa de dieciocho años a tu cama no es un negocio. Es una crisis de la mediana edad. Es ridículo. El hazmerreír de toda la alta sociedad milanesa.
“Sigue hablando, Bianca. Sigue cavando tu propia fosa.”
—La señorita Laurent es mi prometida a partir de hoy —declaró mi voz, plana y cortante como el granizo—. Y les sugiero a ambas que midan sus palabras. Su apellido ahora está ligado al mío.
Mi madre golpeó el bastón de su sombrilla contra el suelo de mármol. Su rostro aristocrático estaba rígido de la furia.
—¡Esa niña no es de los nuestros! —exclamó—. ¿Una francesa insolente que se la pasa en los clubes de la Costa Azul? ¿Esa es la mujer que va a darle continuidad al linaje Valtieri? ¡Te has vuelto loco por una cara bonita!
—El linaje Valtieri está perfectamente seguro bajo mi mando —le sostuve la mirada a mi madre hasta que ella parpadeó, incómoda por mi frialdad—. El contrato está firmado. Los Laurent cedieron. La boda será privada, rápida y sin discusiones.
Bianca soltó una risa seca, cruzándose de brazos.
—¿Y de verdad crees que una fiera como esa se va a quedar encerrada en tu villa tejiendo mantas, Gabriele? Sé perfectamente qué tipo de mujer es Nataly Laurent. Mis contactos en Francia me lo contaron todo esta mañana. Es indomable. Te va a escupir el apellido en la cara antes de que termine el mes.
Me levanté de la silla lentamente, apoyando las manos en el escritorio. Me incliné hacia delante, fijando mis ojos grises en mi exesposa hasta que su sonrisa fingida se desvaneció.
—A diferencia de ti, Bianca, ella tiene fuego en las venas, no hielo —sentencié con un hilo de voz que congeló el ambiente—. Y domesticarla va a ser el mayor placer de mi vida. Ahora, salgan de mi oficina. Tengo un imperio que dirigir y una esposa que atender.
Mi madre me dedicó una última mirada cargada de decepción y desprecio antes de darse la vuelta. Bianca la siguió, pero se detuvo en el umbral, mirándome de reojo sobre el hombro.
—Disfruta tu trofeo mientras puedas, Gabi —susurró con malicia—. Porque las chicas con tanto fuego… suelen quemar la casa entera antes de dejarse enjaular.
Las puertas se cerraron.
Tomé mi teléfono celular y marqué el número de mi chofer privado, el que llevaba a Nataly hacia mi residencia en las afueras de la ciudad.
—Señor Valtieri —respondió la voz del conductor al segundo tono.
—¿Dónde están? —exigí.
—Saliendo de la autopista, señor. Vamos rumbo a la villa. La señorita Laurent va… en silencio, pero intentó abrir la puerta del auto en marcha hace diez minutos. Tuve que activar el seguro para niños desde el tablero.
Una sonrisa oscura y peligrosa se dibujó en mis labios.
“Preciosa rebelde. No aprende.”
—Mantén los ojos sobre ella. Llegaré en una hora. Y dile a la ama de llaves que prepare la habitación principal. No va a dormir en el cuarto de huéspedes. Desde hoy, comparte mi cama.
NATALYEl sol poniente de Roma teñía el cielo de tonos carmesí y violeta, proyectando la sombra alargada de los cipreses sobre el gran ventanal de la suite principal.El silencio que reinaba en la estancia era denso, sereno y cargado de una satisfacción que pocos mortales llegaban a experimentar jamás. La cuna de caoba descansaba al fondo de la habitación, donde Alexander dormía plácidamente tras una larga jornada. El informe diario de la Bolsa yacía olvidado sobre la mesa de centro: las acciones de la firma Valtieri-Laurent habían alcanzado su máximo histórico tras la botadura en Génova.Estaba de pie junto al cristal, vistiendo una bata de seda transparente en color vino que caía en pliegues suaves hasta mis pies descalzos. Sostenía una copa de cristal con un sorbo fino de vino tinto, observando el horizonte romano con la certeza de quien lo ha conquistado todo.Unos pasos pesados, firmes y lentos anunciaron la presencia de la fiera que compartía mi trono.Gabriel se detuvo justo de
NATALY A las tres de la mañana, la suite principal oliendo a leche tibia, lavanda y el aroma penetrante a madera de sándalo del perfume de Gabriel. Estaba recostada sobre la montaña de almohadones de lino blanco, vestida con un camisón de seda abierta en el pecho. Alexander dormía profundamente sobre mi regazo, envuelto en una manta de punto crema.El pequeño soltaba ruidos suaves y rítmicos que me hacían sonreír de una forma que jamás habría creído posible en mí. La sombra de Gabriel se proyectó desde la puerta del vestidor. No llevaba camisa; solo un pantalón de chándal oscuro y los pies descalzos sobre la alfombra. Traía esa mirada densa, territorial y sobreprotectora que se le había instalado desde que el equipo médico cruzó la puerta de salida dos horas atrás.—Deberías estar durmiendo, chica —murmuró con esa voz cavernosa que resonaba en la penumbra, cruzando la estancia con pasos de felino hasta detenerse junto a la cama.—No puedo dejar de mirarlo, Valtieri —confesé en un sus
NATALYA las tres de la mañana, un dolor sordo y desgarrador me atravesó la espalda baja, sacándome de golpe del sueño. El aire se me congeló en los pulmones. Me incorporé sobre las sábanas de lino de la suite, sintiendo una calidez repentina y fluida recorrer mis muslos. El cristal de mi compostura implacable se rompió en un solo segundo.—Gabriel… —Articulé con la voz rasposa, apretando la tela del colchón con los nudillos blancos. Gabriel no necesitó un segundo llamado. Estaba despierto antes de que terminara de pronunciar su nombre. Se sentó de un brinco en la cama, con los ojos grises abiertos de par en par, pasando de la penumbra del sueño a una alerta absoluta y salvaje en cuestión de un latido.—¿Qué pasa, Nataly? ¿Es el bebé? —su voz, siempre tan calculadora y firme, sonó con un quiebre de pánico crudo que jamás le había escuchado.—Rompí fuente —gimió mi boca, mientras otra contracción, más violenta que la primera, me obligó a arquear la espalda y clavarle las uñas en el an
GABRIELVerla reírse de mis intentos de carpintería con esa arrogancia divina me aceleraba el pulso de una forma que nada en los negocios lograba. Pero detrás de mis quejas por la posición de la cuna, la verdad era que la inminencia del parto me tenía la sangre vuelta un nudo de tensión insoportable.Me detuve justo frente a su sillón, quitándole el plano de las manos para lanzarlo sobre la alfombra. Me arrodillé sobre una pierna entre sus rodillas abiertas, quedando a la altura de su rostro, atrapándole la nuca con una mano firme de hierro.—Te estás burlando mucho del presidente hoy, pequeña rebelde —siseé en su boca, rozando sus labios con los míos hasta sacarle un jadeo corto.—Me burlo porque te veo apretar la mandíbula cada vez que miras la cuna, Gabriel —confesó ella en un susurro, pasándome los dedos por la nuca con una ternura traidora—. El gran magnate de Roma tiene miedo.—Tengo pánico de que algo te pase a ti o al niño —admití en un murmullo rasposo y brutalmente honesto,
NATALYEl sonido de los tres Mercedes negros avanzando por la calzada de gravilla de la villa anunció la llegada que llevaba días esquivando.Estaba sentada en el diván del porche principal, vestida con una túnica fluida de lino verde esmeralda que apenas lograba disimular la marcada curvatura de mi sexto mes de embarazo. A mi lado, de pie y con la espalda erguida como una muralla de bronce, Gabriel observaba el despliegue con los brazos cruzados y una serenidad peligrosa.La puerta del primer vehículo se abrió y mi padre descendió con la elegancia severa de siempre, apoyándose en su bastón de empuñadura de plata. Sin embargo, lo que me sacó un gesto de sorpresa fue ver bajar del segundo coche a Mathias y Jean-Luc. Mis dos hermanos vestían trajes oscuros impecables, pero traían una postura inusualmente dócil y cargaban en las manos tres cajas envueltas en terciopelo azul y seda de París.—Padre… —saludé poniéndome de pie despacio, pero Gabriel me puso una mano firme en la cintura, obl
NATALYEl canal principal de Venecia devolvía el reflejo de miles de luces doradas que iluminaban las fachadas de los palacios renacentistas.El Gran Baile de la Industria Naviera no era solo una fiesta para la aristocracia y los magnates de Europa; era el escenario perfecto donde las dinastías venían a medirse las garras. Tras un mes de retiro absoluto en Liguria, mi regreso a la luz pública al lado de Gabriel tenía que ser una declaración de guerra impecable.Bajé del taxi acuático de caoba apoyándome en la mano pesada de mi esposo. Llevaba un vestido de terciopelo azul noche diseñado a medida, con un escote barco elegante que dejaba al descubierto mis hombros y un corte ceñido que remarcaba con orgullo la hermosa curvatura de mi quinto mes de embarazo. Un collar de diamantes negros y zafiros de la colección privada Valtieri me ceñía el cuello.Gabriel estaba imponente. El esmoquin negro entallado, la camisa blanca impoluta y esa mirada de depredador frío hacían que la multitud de f







