Compartilhar

EXTRAÑAME

Autor: Tatty G.H
last update Data de publicação: 2023-12-10 01:22:17

Luego de prometerle que regresaría a su lado, me prestó su avión privado para dejar el país y tras despedirnos con una simple mirada, yo viajé sola.

Me instalé en una pequeña ciudad del mediterráneo, renté una sencilla casa en una playa solitaria y viví en ese lugar durante casi 9 meses; no lo llamé ni él me buscó, solo me dejó recuperarme a mi ritmo. Allí le lloré a mi esposo y le pedí perdón por haber sobrevivido sin él.

Una mañana me levanté solo para ver con sorpresa el avión privado del señor Demián acercándose. Pensé que era él y sentí una especie de entusiasmo, pero del avión solo bajó su asistente, su mano derecha tanto dentro como fuera de la mafia: su subordinado.

—¡Mad! —exclamé corriendo a recibirlo.

Él vino a mi encuentro y nos abrazamos con una sonrisa, como si fuésemos dos hermanos que se acaban de reencontrar.

—Hola, Livy. Realmente eres tú, pensé que Demián se había vuelto loco cuando me dijo que se habían reencontrado —me dijo, estrechándome contra sí—. Me alegra tanto verte de nuevo, viva y sana.

Mad había sido un buen amigo durante el tiempo en que viví con el señor Demián, me cuidaba y procuraba como un hermano mayor. Estaba feliz de verlo.

—Yo también estoy contenta de que estés aquí —le dije separándome y sonriéndole—. ¿A qué has venido?

Su sonrisa se hizo pequeña, y entonces lo comprendí. Dejé de sonreír mientras lo miraba darse la vuelta y volver al avión. Cuando regresó conmigo, en la mano derecha traía consigo una caja pequeña de negro cristal cortado, con detalles en carmesí; en su mano derecha sostenía un sobre sellado.

Tragué saliva. La caja era una urna.

—Demián me pidió traerte los restos del señor Isfel y ... el certificado de defunción.

Miles de recuerdos de mi esposo pasaron por mi cabeza, como una película mal proyectada; vi el color azul de sus ojos, su sonrisa juguetona, sus miles de "te amo, Evelyn". No me di cuenta de que lloraba hasta que Mad se acercó y volvió a abrazarme.

—¿Quieres me lleve esto y vuelva otro día? —me ofreció.

Sorbí mis lágrimas mientras negaba y tomaba la caja. Vi su nombre, y abajo la fecha de nacimiento y ... muerte. Nuestra relación había sido muy breve, menos de un año siendo pareja: 6 meses vivimos juntos y 4 como esposos. Pero, aun así, él había significado tanto para mí, me había dado otra vida y otra identidad.

Sonreí temblorosamente y abracé la urna.

—Gracias, Sebastián. Fui muy feliz a tu lado —murmuré.

Me despedí de Mad prometiendo volver a verlo, y volví a casa con la urna y el certificado. En el último decía que mi marido había muerto por traumatismo cerebral, y eso de alguna forma me quitó la terrible idea de que hubiese muerto en el fuego del coche. Luego de pensar en qué hacer, durante la noche salí y caminé por la playa con la urna en brazos, apenas vestida con un pequeño pijama de dos piezas.

Mientras andaba sin rumbo, recordé mis pocos días junto a mi marido, y cuando los pies se me entumieron del frio y me empapé de la helada brisa del océano, entré al mar. Con las olas empujándome y la espuma rozando mis muslos, metí la urna bajo el agua y la abrí. Él no tenía más familia que yo, y yo no quería verlo atrapado dentro de una lápida o en una casa. Siendo tan intrépido y espontaneo como era, mi esposo merecía estar en un lugar mejor.

Merecía seguir viviendo de alguna forma. Y yo merecía seguir con mi vida: volver a ser feliz. Siempre lo llevaría en el corazón, dentro de lo más profundo de mí, pero estaba lista para avanzar y dejarlo marchar.

Me despedí de él entre las frías olas del mar y cuando ya no quedó nada, le sonreí en un definitivo adiós.

Dos semanas después de esa noche, me sentí lista para volver a aquella vida que había dejado atrás. Estaba lista para comenzar de nuevo y dar vuelta a la página. Hice mis maletas y no llamé a nadie, solo tomé un vuelo y regresé. Lo primero que hice al dejar el aeropuerto fue tomar un taxi y dirigirme a la casa que había sido mi hogar hacia más de un año. En el interior de una exclusiva residencia, había una enorme casa de muros blancos y ventanas enormes; con un hermoso Rolls Royce estacionado en la entrada. Era una de las casas del señor Demián, donde habíamos vivido juntos.

Ese día era especial, una fecha importante para alguien que me esperaba. Con gran anticipación y algo de inquietud, toqué el timbre y esperé aferrándome a mi maleta de mano. Un momento después, la puerta se abrió lentamente y apareció una mujer mayor, de lacio cabello plateado a la altura del cuello y ligeras arrugas en el rostro.

Su expresión seria cambió al verme.

—¡Señorita Ricci! —exclamo sin creerlo e inmediatamente salió a abrazarme.

Sonreí y la estreché también.

—¡Madame Mariel! Me alegra tanto verla —le dije con una sonrisa.

Esa mujer había sido como una madre para mí mientras viví en esa casa; me cuidaba y hacía compañía. Además, era la ama de llaves del señor Demián.

—Dios... no puedo creer que te vea de nuevo —me dijo, hablándome como una hija—. Ha pasado casi dos años... Cielos, Livy, qué alegría me da que estés bien.

Me soltó para alejarse y verme bien. Me acarició la cabeza y después me invitó a entrar. Cuando cruzaba la puerta, sentí como me desprendía de mi otra vida donde me llamaba Evelyn y volvía a ser Lizbeth; el último año se volvió solo un recuerdo.

—Bienvenida a casa —dijo Madame Mariel con una sonrisa orgullosa.

Mis ojos recorrieron el interior; vi las escaleras estilo industrial, el moderno comedor, las habitaciones del segundo piso cuyas paredes eran solo de cristal y la sala de impecable color blanco. Todo seguía exactamente igual, excepto por...

—¡Madame Mariel! —exclamó una voz femenina desde la cocina.

Volteé, solo para ver una chica salir con un bowl en sus brazos y una expresión angustiada. Sorprendida, me miró con unos ojos claros como el cielo; era un poco alta, tenía un rostro de facciones finas y un lacio pelo color negro. Era muy hermosa.

Y no la reconocí. Me quedé muda. Una mujer en la casa del señor Demián, eso nunca había pasado. A la única mujer que se le permitía estar en esa casa y tocar las cosas en ella, era a mí. 

—¿Quién... eres tú? —pregunté antes de darme cuenta.

A mi lado, Madame Mariel apretó los labios en señal de preocupación.

—Hola, lo siento —se disculpó la chica con una sonrisa amable y dejó el bowl en la isla de la cocina. Se acercó extendiéndome una mano—. Yo me llamó Abigail Carpenter. Soy abogada y amiga del señor Daniels. Puedes decirme Abby, así me llama él.

¿Abogada? ¿Amiga? ¿Él la llamaba Abby, un diminutivo que sonaba muy parecido a Livy? No tomé su mano, sino que miré el bowl tras ella, contenía una especie de preparación. 

—Oh, eso es masa para pastel —dijo ella al ver cómo miraba su bowl—. Estoy preparándole un pastel de cumpleaños a Demián. Hoy cumple 29 años.

Volví a verla, más sorprendida que nunca. ¿Eran tan cercanos como para llamarlo por su nombre? Ella, al igual que yo, estaba allí por el cumpleaños del señor Demián. Mis dedos se cerraron con fuerza en torno a la correa de mi maleta. No estaba celosa, solo era... ¿Que podría ser lo que de repente sentía hacía aquella mujer?

—¿Por qué no vas arriba y descansas? —me propuso Madame Mariel—. Yo te avisaré cuando el señor esté aquí.

Pero, aunque quería hacer lo que decía, no pude moverme. Mis ojos siguieron sobre la asistente, preguntándome desde cuando estaba allí. Sabía que no tenía derecho a quejarme, era solo que...

—A propósito, ¿quién eres? —dijo ella de pronto, mirándome con una curiosa mirada azulada y una sonrisa un tanto desconfiada—. Tenía entendido que a Demián no le gusta que otras mujeres entren a su... casa.

¿Quién era yo? Abrí los labios, pero no pude decirle nada. No tenía palabras para explicar quién era; había sido una prostituta, luego la esposa de un Ceo, pero ahora que había dejado esa vida y vuelto a ser Livy, era una chica sin familia y cuyo único vínculo era el señor Demián: mi señor.

—¿Cómo lo conoces? —insistió Abigail, a pesar de la mirada de advertencia que Madame Mariel le dirigía—. Es que nunca antes me mencionó a una chica como tú.

Sentí un aguijonazo de traición. Sabía que no merecía sentirme mal, pero lo hacía.

—Lo sé, él y yo... hace tiempo que no nos vemos —le expliqué sonriendo apenas.

Ella frunció las cejas y asintió.

—Ya veo. En ese caso, podemos esperarlo juntas. Pronto volverá a casa, si quieres, puedes cenar...

No terminó de decirme que podía quedarme a cenar con ellos, pues en ese momento la puerta detrás de mí se abrió y dos voces masculinas llenaron la casa. Entraron conversando como 2 amigos. Lo miré aflojarse la corbata y comenzar a quitarse el largo abrigo negro mientras caminaba hacía nosotras, sin notarnos. Miré la línea de su mandíbula, su dorada mirada seria y su ceño fruncido de siempre.

Sentí un revoloteo en el estómago. Lo había extrañado mucho, incluso antes del accidente.

—¡Demián, volviste! —dijo Abigail con emoción, llamando la atención de ambos hombres.

Entonces, tanto él como Mad voltearon al frente y nos vieron a las 3 de pie en medio del corredor, simplemente se detuvieron en seco.

—Lizbeth —suspiró su voz, mirándome solo a mí. Cómo si solo yo estuviese frente a él.

Me volví despacio, con mi mirada atraída por la suya. Había imaginado ese encuentro mientras volaba de regreso, pero fue mucho más especial e intenso de lo que había creído. Mirar su figura alta y fornida frente a mí, hizo latir fuerte mi corazón. Y su expresión asombrada e incrédula, le hacía ver más apuesto y perfecto de lo que ya era.

Sonreí como una niña perdida que al fin vuelve a casa.

—He vuelto —le dije.

Sin vacilar, se adelantó en pocas y firmes zancadas, y cuando llegó a mí, simplemente tomó mi rostro entre sus grandes manos, mirándome con un brillo intenso en sus dilatadas pupilas. Sus pulgares me acariciaron los pómulos, asegurándose de que yo era real.

—Volviste... Al fin has vuelto a mi lado —murmuró y esbozando una sonrisa de incrédula alegría, posó su frente en la mía—. Temía que... temía que nunca volvieses —dijo y yo sentí su cálido aliento cosquillearme en la piel. Era la primera vez que oía a ese hombre vacilar al hablar.

Entonces suspiré y sentí formarse en una sonrisa en mi boca.

—Mi señor Demián, yo...  —le dije, mirando esos dorados ojos suyos incendiados de incondicional amor—. Lo eché tanto de menos

Mis palabras murieron cuando repentinamente sujeto firmemente mi rostro y me besó con hambre. Sus labios separaron los míos e introdujo su lengua en mi boca, profundizando el beso en una pasión desmedida y trayendo miles de flashes a mi mente. Sentir el sabor de sus labios hizo encender dentro de mí un fuego casi consumido y en in instante llameó como nunca. Un beso fue suficiente para despertar el pasado.

—Tú no sabes la locura que me consumió durante esos meses, sin saber de ti...—dijo sin dejar de besarme, todo lo contrario, se volvió fiero al grado de comenzar a lastimarme los labios—. Ansiaba verte... Lizbeth, varias veces estuve tentado a ir en tu busca.

Aunque me faltaba el aliento y su brusquedad me recordaba mis días como su prostituta, besarlo me gustó. En mi pecho, miles de intensas emociones batieron sus alas. Él seguía ocupando un enorme lugar en mi corazón; era mi primer amor, un protector, y mucho más. Ahora podía admitirlo, siempre lo había extrañado y él me había mantenido viva durante esos últimos 9 meses de luto.

Continue a ler este livro gratuitamente
Escaneie o código para baixar o App

Último capítulo

  • CONDÉNAME Y ADÓRAME   PROMETEME

    Su respuesta lo absolvió inmediatamente de toda sospecha mía. Él no era el asesino de mi marido. Su coartada era perfecta, solida y sin grietas. No había duda, él no era el culpable. No lo era.Sin embargo, saberlo no me hizo sentir mejor. No me trajo alivio, solo un aguijonazo de dolor traicionero, resentimiento y celos, una ola enorme de frios celos.—¿Vivian juntos? ¿Cómo... pareja? —completé en un hilo, mirando esa expresión culpable suya.Tragó de forma visible y asintió lento.—Si. Hace un año me fui a vivir a Londres, para resolver asuntos legales, y siendo mi abogada, ella me acompañó —explicó—. Vivimos juntos, y de repente, nuestra relación rebasó la linea de cliente y abogada.Uní los labios con fuerza. ¿Por qué me afectaba tanto saber eso? No tenía derecho, yo lo había dejado por otro, yo había sido la primera en avanzar y formar una vida con alguien más. No tenía derecho de disgustarme, de sentirme así.—¿Te gustaba tanto como para volverla tu pareja? —inquirí apartando la

  • CONDÉNAME Y ADÓRAME   DESEAME

    Me volví rápidamente, abandonando la terraza a toda prisa, sin despedirme o siquiera mirar atrás. Entré apresuradamente a la casa y caminé entre los invitados sin saber a dónde iba, solo buscando distanciarme de Randall. Escuchaba las conversaciones y las estruendosas risas, el tintineo de las copas al brindar, la suave música clásica. Recorrí la casa, como si tuviera prisa por llegar a algún lado, pero solo recorría los salones mientras mi mente vislumbraba ese auto lujoso, exclusivo, costoso... Un Rolls Royce. Y solo conocía a un hombre con un auto como ese. Era su sello personal. Una parte de sí mismo. Me detuve en un salón vació y suspiré cerrando la puerta a mis espaldas. Los muebles aún se encontraban cubiertos por sabanas y las cortinas en los ventanales seguían cerradas. Cerré los ojos y apreté fuertemente mis puños, temblaban incontrolablemente. En la oscuridad de ese salón, pensé en el único coche Rolls Royce que conocía, y en su único propietario. Solo era capaz de pens

  • CONDÉNAME Y ADÓRAME   CONFIESAME

    —Esperaba por ti, Lizbeth —me dijo con una sonrisa amable. Observé a Randall a una distancia prudente, aun dudando de estar ahí. ¿Qué podría decirme él? ¿Qué sabía él sobre mi esposo? Inspiré entre dientes, sintiendo cómo sí el ceñido vestido negro me estuviera cortando el aliento. Hacía un poco de frío, lo notaba en mi aliento y en mi piel, pues no traía abrigo conmigo. —¿Por qué dudas? —inquirió Randall y sin más se aproximó a mí quitándose su chaqueta—. Seguro crees que te he mentido y no tengo nada qué decirte sobre ese accidente. Me colocó la prenda sobre los hombros y sin esperar mi consentimiento tomó mi rostro entre sus manos, al tiempo que en su boca se extendía una amplia sonrisa de regocijo. —¿Has estado pensando en el momento que compartimos? Yo sí, inusualmente mi mente vuelve una y otra vez a esto —dijo, llevando el pulgar a mi boca y presionando mi labio inferior—. Me gustó más de lo esperado, debo confesar. Sonrió y yo me sentí enrojecer un poco, pero no porque me

  • CONDÉNAME Y ADÓRAME   CONVENCEME

    Después de ese enfrentamiento, nos volvimos distantes por unos días; ambos molestos con el otro, excepto en la cama. Pues, aunque me indignaba que insinuará cómo podía retenerme a su lado y a él lo tenía furioso el hecho de que yo le hubiese dicho que me iba, al final del día siempre acabábamos teniendo sexo y durmiendo juntos. No cruzábamos palabra, ni siquiera nos besábamos, pero él procuraba que yo alcanzará el clímax y yo cooperaba dejando que terminará en mí. Y cuando él acababa, me daba las buenas noches y se iba para dormir en otra habitación, dejándome con la sensación de que solo me usaba para el sexo, como en el pasado. Durante el día no estaba en casa, y sí yo quería salir, Mad siempre me acompañaba. Era como un horrible custodio que ya comenzaba a cansarme. —¿Dices que alguien provocó tu accidente? —me preguntó Isabel con escepticismo. Asentí moviendo mi bebida con la pajilla. Ella me había llamado esa mañana e invitado a desayunar, y yo me había alegrado de salir de cas

  • CONDÉNAME Y ADÓRAME   RETENME

    Mi garganta se contraía dolorosamente con cada sollozo y notaba como el dolor me estrujaba todo el pecho. Durante un año completo había vivido culpando a la vida por habérmelo quitado, por haberse llevado a la única persona que estaba a mi lado y por haber sido tan cruel por dejarme atrás; pasé un tortuoso año sola, llorando y sufriendo por él. Había maldecido al destino por haber causado ese accidente y haberme quitado al hombre que amaba. Viví un año completo preguntándome porque a nosotros, por qué él y no otro. Él, que apenas tenía 28 años y era tal dulce conmigo, ¿por qué se había ido de esa forma tan repentina? Y ahora, ahora que comenzaba a vivir de nuevo y me resignaba a que había su partida sido inevitable por ser producto de un accidente, descubría que no era así. Me partía el alma saber que alguien me lo había quitado. —Livy, escúchame —oí decir a Demián con voz ansiosa. Negué y me aferré a sus brazos, sollozando en el suelo con el alma rota. —Solo déjame explicarte, por

  • CONDÉNAME Y ADÓRAME   DIMELO

    ¿Nuestro accidente había sido un acto provocado? No lo podía procesar, solo volvía a ese día y volvía a preguntarme cómo un horror así pudo ser causado por alguien. —¿Por qué pareces tan impresionada? —inquirió Abigail con confusión al ver cómo mi mirada se humedecía. Sin embargo, antes de poder sacarme una respuesta, otra voz intervino. —Demián ya viene —dijo la señora Mariel, al fin volviéndose y mirándonos a ambas. Efectivamente, podía oírlo descender por las escaleras. Escuchar sus pasos me hizo recuperar la compostura y rápidamente aparté la mirada para limpiarme apresuradamente los ojos. No quería que me viera llorar, menos por algo que Abigail me había revelado y de lo cual aún no sabía sí era cierto. ¿Qué pasaría se me veía llorando y descubría la razón? Es más, ¿qué me aseguraba que Abigail no estaba equivocada? Podría ser un error, debía serlo. —Lizbeth —dijo al entrar a la cocina. Me volví en su dirección con una sonrisa y salté de la silla para ir a recibirlo con

Mais capítulos
Explore e leia bons romances gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de bons romances no app GoodNovel. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no app
ESCANEIE O CÓDIGO PARA LER NO APP
DMCA.com Protection Status