Compartir

SÁNAME

Autor: Tatty G.H
last update Fecha de publicación: 2023-12-07 04:11:05

A diferencia de las noches del último mes, esta vez no soñé con mi esposo, sino con un pasado más remoto y con el hombre en él. En sueños, volvió el recuerdo de nuestros días juntos, cuando nos conocimos en un burdel, la noche en que yo, forzada por una deuda, acababa de convertirme en una prostituta y él se presentaba como mi primer cliente.

"Liliana, la chica que se aseguraba de que no escapará, y yo nos detuvimos frente a una puerta negra en el fondo de un pasillo en la planta más alta del burdel. Allí ella me soltó el brazo y en silencio me ajustó el antifaz a la cara.

—No te lo quites por nada del mundo, porque no solo es nuestra carta de presentación, sino también es nuestro seguro de vida. El antifaz mantiene nuestras identidades seguras de los clientes.

Posteriormente, me arregló la corta falda de malla transparente y el sexi bustier.

—Solo haz lo que él te ordene. Y no le hagas ninguna pregunta, ni siquiera sobre su nombre. Solo llámalo "Mi señor".

Me estremecí por dentro cuando Liliana abrió la pesada puerta de metal para mí. Entonces, antes de poder ver qué había en el interior, me empujó suavemente dentro. Inmediatamente escuché la puerta cerrarse detrás de nosotras. Lo primero que procesé de la habitación fueron las paredes de cristal, luego miré el techo de espejos negros y el suelo cubierto por una aterciopelada alfombra roja.

Y finalmente, mis ojos se concentraron en el hombre en el centro de la habitación, sentado en un sillón individual de piel, con una pierna descansando despreocupadamente sobre otra, mientras su brazo derecho descansaba en el reposabrazos y mantenía una interesada mirada puesta en mí, al tiempo que se acariciaba los labios con unos largos dedos.

Al cruzarme con la filada mirada del hombre, una esquina de la boca se curvó hasta formar una media sonrisa nada amistosa.

—Mi señor Daniels —lo saludó Liliana, hablándole como si el fuese el Rey y nosotras, sus esclavas.

Tragando saliva, observé al hombre sin moverme y él me devolvió la mirada con cierto desdén y visible arrogancia; exactamente como un Rey miraría a alguien inferior. No usaba nada que le cubriera el rostro, así que podía ver que era bastante apuesto: de mandíbula firme y rostro anguloso; sus ojos eran dorados, como el color de la miel o, quizás, más cercano a la lava que escapa del volcán. Pero de su persona, además de gran atractivo, también emanaba algo más: peligro y poder. Aunque lo que era peor, no estaba solo. Se encontraba rodeado por varias chicas en escandalosa lencería negra, cuyas sensuales miradas maquilladas se asomaban a través del antifaz distintivo del burdel.

Es joven, pensé sin dejar de verlo. Debe tener 27 o 28 años, tal vez menos.

Por su parte, él también me observó fijamente por más de un minuto, estudiando mi cuerpo a detalle, traspasándome con una crítica mirada que me heló el pecho. Mientras nos observábamos, el color intenso de su mirada me recordó vagamente a los feroces lobos, a sus ojos y a sus peligrosas fauces abiertas...

Pero también, por un brevísimo instante, muy en el fondo de esos ojos creí ver una cálida tarde de otoño; las hojas cayendo y el sol brillando entre las ramas de los árboles.

—¿Quién es ella? —preguntó repentinamente, despedazando mi ilusión. Tenía una increíble voz demasiado varonil, profunda y ligeramente gutural. Su voz era una carta que invitaba a imaginar muchas cosas.

Me ruboricé un poco y esa fue la primera vez que me sorprendí de mis pensamientos impuros. Porqué pensé en los distintos contextos donde sería dichosa de oír esa voz..."

Me desperté de golpe, con el corazón acelerado y un leve rubor en las mejillas. Intenté levantar una mano para tocarme la cara, pero me fue imposible y al mirar a mi lado, noté cómo su mano envolvía la mía.

—Lizbeth —dijo mi nombre real con un tono suave y dulce, como solo me hablaba a mí.

¿Qué significaba ese reencuentro? Había pasado más de un año desde ese recuerdo donde lo conocí, pero él seguía exactamente igual. Igual de apuesto y oscuramente perfecto. Su mirada seguía tan dorada como siempre, desentonando con el resto de su sombría persona.

¿Qué ocurrirá ahora que nos hemos vuelto a encontrar? Esa fue la pregunta que rondó en mi cabeza mientras observaba al señor Demián cuidar de mí durante el día. Él se quedó conmigo una semana completa y se encargó de todos mis cuidados; pero no preguntó sobre mi accidente ni sobre la muerte de mi esposo, tampoco sobre lo que haría después de salir del hospital. Solo me acompañó y cuidó de mí, hasta que los médicos me dieron el alta.

Entonces, mientras me acomodaba en la silla de ruedas y nos preparábamos para irnos, al fin tocó el tema.

—Lizbeth, ¿qué ocurrirá ahora? —inquirió arrodillándose frente a mi silla, mirándome con una expresión intensa—. ¿Qué piensas hacer?

¿Qué pensaba hacer a partir de ese punto? Mi esposo Sebastián, con quién había vivido los últimos 4 meses, había muerto y yo aun no superaba su partida. Nos habíamos casado hacía tan poco y nuestra vida juntos había sido tan breve, que parecía más un sueño que una realidad.

Además, sabía que, debido a que mi marido Sebastián Isfel había sido un rico Ceo, fuera del hospital todo debía ser un lío, habría reporteros, periódicos, noticias, líos en su empresa y filiales. ¿Cómo podría lidiar yo con todo eso? Yo no era una empresaria como mi esposo, yo aún tenía 19 años y cursaba la universidad: era una estudiante que se había casado con un Ceo sin saber nada acerca de ese mundo. Sí salía, la prensa me destruiría, me harían trizas por el accidente.

Y solo conocía a alguien que podría ayudarme, un hombre que estaba sumergido en un mundo peligroso y sombrío: la mafia, pero que mantenía las apariencias al ser socio de algunas empresas. Entre ellas, las de mi esposo. El señor Demián tenía acciones en la cadena inmobiliaria de mi esposo.

¿Tenía derecho a pedirle ayuda después de haberlo abandonado para casarme con otro hombre? No, no lo tenía. Pero en ese punto, no me importaba rogarle.

—Mi señor —lo llamé y él se sorprendió, pues solo solía llamarlo así cuando era su prostituta—. Por favor, ocúpese de las empresas de mi esposo. Yo... yo no soy capaz.

Bajé la mirada y apreté los párpados para no llorar de nuevo.

—No quiero volver a casa y limpiar su oficina —dije con dolor—. No quiero ver a sus amigos ni recibir sus condolencias. Solo... solo quiero irme lejos por un tiempo y despedirme de él en paz. Ocuparme de sus asuntos... sería demasiado doloroso para soportarlo —admití al borde del llanto.

Durante un largo minuto, el señor Demián no me respondió. Solo me miró, observó el dolor que aun latía dentro de mí, hasta que finalmente llevó una mano a mi mejilla y, acariciándome como en el pasado, asintió.

—Lo haré, me encargaré de todos los asuntos de Sebastián Isfel. Tú ve a donde quieras y dile adiós, mientras tanto, yo me ocuparé de cualquier cosa que tenga que ver con sus negocios. Puedes confiar en mí.

Mis labios temblaron cuando le sonreí levemente en señal de agradecimiento. No merecía que estuviera conmigo, menos que me apoyará. Yo había abandonado a ese hombre, le había roto el corazón y, aun así, él seguía preocupándose por mí, cumpliendo la promesa que me hizo la última vez que nos vimos: "estaré para ti hasta que muera, eso también lo prometí. Sí algún día me necesitas, vendré a ti sin dudarlo".

—Pero, Livy, debes hacer algo por mí a cambio —agregó repentinamente, acercando su rostro al mío.

Me tensé en la silla, de repente me veía reflejada en sus pupilas, justo como solía hacerlo en el pasado. Me vi rodeada de ese halo dorado, como si estuviese en medio de un fuego. Y, como si resurgieran de un pozo sellado, mis sentimientos por él volvieron y atravesaron mi pecho con un fugaz latigazo.

Volví a sentir un matiz de amor por él: intenso, pasional y chispeante.

—Cuando estés lista, vuelve —me dijo, acercándose más y tomando mi cara entre sus manos, hablándome en voz baja y apasionada. Era como si temiera que yo escapase—. Y esta vez, quédate a mi lado, donde puedas estar segura. No vayas a ningún lado otra vez, solo vuelve a mí y déjame cuidarte, como siempre debió ser.

Contuve la respiración, mirándome en sus ojos dorados, mientras mis emociones resurgían y me envolvían en un poderoso torrente. ¿Podía hacerle esa promesa? Sí volvía a su lado después de despedirme de mi marido, sería para quedarme para siempre a su lado, ¿cómo su mujer? Igual que durante nuestra etapa juntos, ¿volvería a ser la mujer de un mafioso? ¿Eso quería él? ¿Quería recuperarme?

Mientras nos mirábamos, mi historia con él volvió a mi cabeza: A causa de que mi hermana mayor se había fugado y robado una fortuna de Odisea, el burdel donde trabajaba, a los 18 años yo me hice cargo de su deuda y entré a trabajar como prostituta al burdel. Como consecuencia, el señor Demián y yo nos conocimos; él era un importante socio de Odisea y yo, una novedad. Esa primera noche le entregué mi virginidad y, al no querer compartirme con nadie más, el señor Demián me compró al burdel y me convertí en su prostituta exclusiva. Me llevó a vivir con él y con el paso del tiempo nuestra relación dejó de ser solo sexo para volverse más íntima. Nos enamoramos.

Pero no acabó bien. Nos amamos, reímos, sufrimos y cuando mi esposo Sebastián se involucró en mi vida, el señor Demián y yo pusimos fin a nuestra relación. Creí que lo nuestro nunca podría ser.

—Lizbeth, prométeme que después de recuperarte, volverás conmigo —añadió a un palmo de mi boca, ansioso por oír mi respuesta—. Solo así haré lo que pides y te dejaré salir de este hospital.

Contuve el aliento, mirando su apuesto rostro llenó de angustia y expectación. Mis profundos sentimientos por él que en esos momentos comenzaban a envolverme como una ola, ¿serían suficientes para reconstruir lo que alguna vez tuvimos? ¿Sería apropiado o inmoral recuperar mi relación con un mafioso?

¿Realmente podría volver a ser la mujer de Demián Daniels, un hombre tan amenazante como apasionado y explosivo, uno de los mafiosos más poderosos del bajo mundo? Solo algo tenía claro: yo ya había tomado demasiado de él, incluso le pedía hacerse cargo de los negocios del hombre por quién lo dejé, y todo mientras yo huía lejos y dejaba esa vida atrás como una cobarde.

—Mi señor —expiré al fin, apoyando mi palma sobre la suya y presionando mi mejilla, hasta sentir el reconfortante calor de sus dedos—. Prometo volver. Y prometo no volver a irme jamás.

Como respuesta, ambos suspiramos al unísono. Él aliviado y yo llena de dudas. Esta vez, ¿podría alcanzar la felicidad a su lado? Esta vez, ¿mi historia inconclusa con él tendría otro final?

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • CONDÉNAME Y ADÓRAME   PROMETEME

    Su respuesta lo absolvió inmediatamente de toda sospecha mía. Él no era el asesino de mi marido. Su coartada era perfecta, solida y sin grietas. No había duda, él no era el culpable. No lo era.Sin embargo, saberlo no me hizo sentir mejor. No me trajo alivio, solo un aguijonazo de dolor traicionero, resentimiento y celos, una ola enorme de frios celos.—¿Vivian juntos? ¿Cómo... pareja? —completé en un hilo, mirando esa expresión culpable suya.Tragó de forma visible y asintió lento.—Si. Hace un año me fui a vivir a Londres, para resolver asuntos legales, y siendo mi abogada, ella me acompañó —explicó—. Vivimos juntos, y de repente, nuestra relación rebasó la linea de cliente y abogada.Uní los labios con fuerza. ¿Por qué me afectaba tanto saber eso? No tenía derecho, yo lo había dejado por otro, yo había sido la primera en avanzar y formar una vida con alguien más. No tenía derecho de disgustarme, de sentirme así.—¿Te gustaba tanto como para volverla tu pareja? —inquirí apartando la

  • CONDÉNAME Y ADÓRAME   DESEAME

    Me volví rápidamente, abandonando la terraza a toda prisa, sin despedirme o siquiera mirar atrás. Entré apresuradamente a la casa y caminé entre los invitados sin saber a dónde iba, solo buscando distanciarme de Randall. Escuchaba las conversaciones y las estruendosas risas, el tintineo de las copas al brindar, la suave música clásica. Recorrí la casa, como si tuviera prisa por llegar a algún lado, pero solo recorría los salones mientras mi mente vislumbraba ese auto lujoso, exclusivo, costoso... Un Rolls Royce. Y solo conocía a un hombre con un auto como ese. Era su sello personal. Una parte de sí mismo. Me detuve en un salón vació y suspiré cerrando la puerta a mis espaldas. Los muebles aún se encontraban cubiertos por sabanas y las cortinas en los ventanales seguían cerradas. Cerré los ojos y apreté fuertemente mis puños, temblaban incontrolablemente. En la oscuridad de ese salón, pensé en el único coche Rolls Royce que conocía, y en su único propietario. Solo era capaz de pens

  • CONDÉNAME Y ADÓRAME   CONFIESAME

    —Esperaba por ti, Lizbeth —me dijo con una sonrisa amable. Observé a Randall a una distancia prudente, aun dudando de estar ahí. ¿Qué podría decirme él? ¿Qué sabía él sobre mi esposo? Inspiré entre dientes, sintiendo cómo sí el ceñido vestido negro me estuviera cortando el aliento. Hacía un poco de frío, lo notaba en mi aliento y en mi piel, pues no traía abrigo conmigo. —¿Por qué dudas? —inquirió Randall y sin más se aproximó a mí quitándose su chaqueta—. Seguro crees que te he mentido y no tengo nada qué decirte sobre ese accidente. Me colocó la prenda sobre los hombros y sin esperar mi consentimiento tomó mi rostro entre sus manos, al tiempo que en su boca se extendía una amplia sonrisa de regocijo. —¿Has estado pensando en el momento que compartimos? Yo sí, inusualmente mi mente vuelve una y otra vez a esto —dijo, llevando el pulgar a mi boca y presionando mi labio inferior—. Me gustó más de lo esperado, debo confesar. Sonrió y yo me sentí enrojecer un poco, pero no porque me

  • CONDÉNAME Y ADÓRAME   CONVENCEME

    Después de ese enfrentamiento, nos volvimos distantes por unos días; ambos molestos con el otro, excepto en la cama. Pues, aunque me indignaba que insinuará cómo podía retenerme a su lado y a él lo tenía furioso el hecho de que yo le hubiese dicho que me iba, al final del día siempre acabábamos teniendo sexo y durmiendo juntos. No cruzábamos palabra, ni siquiera nos besábamos, pero él procuraba que yo alcanzará el clímax y yo cooperaba dejando que terminará en mí. Y cuando él acababa, me daba las buenas noches y se iba para dormir en otra habitación, dejándome con la sensación de que solo me usaba para el sexo, como en el pasado. Durante el día no estaba en casa, y sí yo quería salir, Mad siempre me acompañaba. Era como un horrible custodio que ya comenzaba a cansarme. —¿Dices que alguien provocó tu accidente? —me preguntó Isabel con escepticismo. Asentí moviendo mi bebida con la pajilla. Ella me había llamado esa mañana e invitado a desayunar, y yo me había alegrado de salir de cas

  • CONDÉNAME Y ADÓRAME   RETENME

    Mi garganta se contraía dolorosamente con cada sollozo y notaba como el dolor me estrujaba todo el pecho. Durante un año completo había vivido culpando a la vida por habérmelo quitado, por haberse llevado a la única persona que estaba a mi lado y por haber sido tan cruel por dejarme atrás; pasé un tortuoso año sola, llorando y sufriendo por él. Había maldecido al destino por haber causado ese accidente y haberme quitado al hombre que amaba. Viví un año completo preguntándome porque a nosotros, por qué él y no otro. Él, que apenas tenía 28 años y era tal dulce conmigo, ¿por qué se había ido de esa forma tan repentina? Y ahora, ahora que comenzaba a vivir de nuevo y me resignaba a que había su partida sido inevitable por ser producto de un accidente, descubría que no era así. Me partía el alma saber que alguien me lo había quitado. —Livy, escúchame —oí decir a Demián con voz ansiosa. Negué y me aferré a sus brazos, sollozando en el suelo con el alma rota. —Solo déjame explicarte, por

  • CONDÉNAME Y ADÓRAME   DIMELO

    ¿Nuestro accidente había sido un acto provocado? No lo podía procesar, solo volvía a ese día y volvía a preguntarme cómo un horror así pudo ser causado por alguien. —¿Por qué pareces tan impresionada? —inquirió Abigail con confusión al ver cómo mi mirada se humedecía. Sin embargo, antes de poder sacarme una respuesta, otra voz intervino. —Demián ya viene —dijo la señora Mariel, al fin volviéndose y mirándonos a ambas. Efectivamente, podía oírlo descender por las escaleras. Escuchar sus pasos me hizo recuperar la compostura y rápidamente aparté la mirada para limpiarme apresuradamente los ojos. No quería que me viera llorar, menos por algo que Abigail me había revelado y de lo cual aún no sabía sí era cierto. ¿Qué pasaría se me veía llorando y descubría la razón? Es más, ¿qué me aseguraba que Abigail no estaba equivocada? Podría ser un error, debía serlo. —Lizbeth —dijo al entrar a la cocina. Me volví en su dirección con una sonrisa y salté de la silla para ir a recibirlo con

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status