LOGIN¿Volverías al primer amor? Luego de un corto matrimonio, el esposo de Livy muere a manos de un aparatoso accidente. Y ella termina encontrándose con Demián Daniels, un dominante mafioso con quien tuvo un intenso romance, y quien aún la ama. ¿Podría ese frio hombre haber terminado con la vida de su esposo con tal de tenerla de vuelta? ¿O quizás hay alguien más detrás de todo?
View MoreSu respuesta lo absolvió inmediatamente de toda sospecha mía. Él no era el asesino de mi marido. Su coartada era perfecta, solida y sin grietas. No había duda, él no era el culpable. No lo era.Sin embargo, saberlo no me hizo sentir mejor. No me trajo alivio, solo un aguijonazo de dolor traicionero, resentimiento y celos, una ola enorme de frios celos.—¿Vivian juntos? ¿Cómo... pareja? —completé en un hilo, mirando esa expresión culpable suya.Tragó de forma visible y asintió lento.—Si. Hace un año me fui a vivir a Londres, para resolver asuntos legales, y siendo mi abogada, ella me acompañó —explicó—. Vivimos juntos, y de repente, nuestra relación rebasó la linea de cliente y abogada.Uní los labios con fuerza. ¿Por qué me afectaba tanto saber eso? No tenía derecho, yo lo había dejado por otro, yo había sido la primera en avanzar y formar una vida con alguien más. No tenía derecho de disgustarme, de sentirme así.—¿Te gustaba tanto como para volverla tu pareja? —inquirí apartando la
Me volví rápidamente, abandonando la terraza a toda prisa, sin despedirme o siquiera mirar atrás. Entré apresuradamente a la casa y caminé entre los invitados sin saber a dónde iba, solo buscando distanciarme de Randall. Escuchaba las conversaciones y las estruendosas risas, el tintineo de las copas al brindar, la suave música clásica. Recorrí la casa, como si tuviera prisa por llegar a algún lado, pero solo recorría los salones mientras mi mente vislumbraba ese auto lujoso, exclusivo, costoso... Un Rolls Royce. Y solo conocía a un hombre con un auto como ese. Era su sello personal. Una parte de sí mismo. Me detuve en un salón vació y suspiré cerrando la puerta a mis espaldas. Los muebles aún se encontraban cubiertos por sabanas y las cortinas en los ventanales seguían cerradas. Cerré los ojos y apreté fuertemente mis puños, temblaban incontrolablemente. En la oscuridad de ese salón, pensé en el único coche Rolls Royce que conocía, y en su único propietario. Solo era capaz de pens
—Esperaba por ti, Lizbeth —me dijo con una sonrisa amable. Observé a Randall a una distancia prudente, aun dudando de estar ahí. ¿Qué podría decirme él? ¿Qué sabía él sobre mi esposo? Inspiré entre dientes, sintiendo cómo sí el ceñido vestido negro me estuviera cortando el aliento. Hacía un poco de frío, lo notaba en mi aliento y en mi piel, pues no traía abrigo conmigo. —¿Por qué dudas? —inquirió Randall y sin más se aproximó a mí quitándose su chaqueta—. Seguro crees que te he mentido y no tengo nada qué decirte sobre ese accidente. Me colocó la prenda sobre los hombros y sin esperar mi consentimiento tomó mi rostro entre sus manos, al tiempo que en su boca se extendía una amplia sonrisa de regocijo. —¿Has estado pensando en el momento que compartimos? Yo sí, inusualmente mi mente vuelve una y otra vez a esto —dijo, llevando el pulgar a mi boca y presionando mi labio inferior—. Me gustó más de lo esperado, debo confesar. Sonrió y yo me sentí enrojecer un poco, pero no porque me
Después de ese enfrentamiento, nos volvimos distantes por unos días; ambos molestos con el otro, excepto en la cama. Pues, aunque me indignaba que insinuará cómo podía retenerme a su lado y a él lo tenía furioso el hecho de que yo le hubiese dicho que me iba, al final del día siempre acabábamos teniendo sexo y durmiendo juntos. No cruzábamos palabra, ni siquiera nos besábamos, pero él procuraba que yo alcanzará el clímax y yo cooperaba dejando que terminará en mí. Y cuando él acababa, me daba las buenas noches y se iba para dormir en otra habitación, dejándome con la sensación de que solo me usaba para el sexo, como en el pasado. Durante el día no estaba en casa, y sí yo quería salir, Mad siempre me acompañaba. Era como un horrible custodio que ya comenzaba a cansarme. —¿Dices que alguien provocó tu accidente? —me preguntó Isabel con escepticismo. Asentí moviendo mi bebida con la pajilla. Ella me había llamado esa mañana e invitado a desayunar, y yo me había alegrado de salir de cas
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