LOGINDreston se odiaba a sí mismo en aquel momento. De verdad lo hacía. Tenía ganas de golpear una pared… o incluso de golpearse a sí mismo. No dejaba de preguntarse por qué había aceptado el acuerdo de sus padres desde el principio, por qué había permitido que lo empujaran a tomar decisiones que nunca quiso.
Se culpaba por todo lo que había ocurrido. Cada uno de aquellos problemas lo devoraba por dentro y se negaba a dejarlo descansar. Desde la secundaria, siempre había estado unido a dos mujeres. Una era la mujer que amaba. La otra era su mejor amiga. Y todo había estado bien… hasta que se casó con su mejor amiga. ¿En qué había estado pensando? ¿Por qué no se había negado? ¿Por qué no había luchado contra aquello? En cambio, había seguido adelante con el plan y le había dado a Cassienne una falsa esperanza. No había estado ciego. Incluso durante sus años universitarios, sabía que ella sentía algo por él. Cassienne intentaba ocultarlo, pero él siempre notaba la forma en que lo miraba. Para él, ella era una amiga, una mujer dulce, amable y leal. Alguien que le agradaba, sí… pero no alguien a quien amara de una manera romántica. Y el día anterior… había lastimado a ambas mujeres. Una era su amante embarazada. La otra era la amiga que se había convertido en su esposa dentro de un matrimonio sin amor. En cinco años, jamás había levantado la voz contra Cassienne. Ni una sola vez. Pero el día anterior le había gritado delante de otras personas. Delante de sus empleados. Y lo lamentaba profundamente. Después de aquello, no había regresado a casa. No había tenido el valor. Debería haberse disculpado. Debería haber hablado con suavidad. Pero, en lugar de hacerlo, la había evitado… había evitado la culpa que pesaba con tanta fuerza sobre su pecho. Su plan original había sido hablar con ella sobre la llegada de Tina a la empresa. Quería que Cassienne lo comprendiera. Quería que lo escuchara primero de sus labios. Pero, en cambio, lo había arruinado todo al elegir las palabras equivocadas, palabras hirientes. Ni siquiera sabía que Cassienne estaba en el edificio. Pensaba que se había quedado en casa porque estaba enferma. Si hubiera sabido que había ido a trabajar… Nunca habría permitido que algo así sucediera en su oficina. No mientras ella estuviera cerca. Incluso antes, cuando Tina había entrado en su oficina y se había sentado a horcajadas sobre él, había tenido la intención de detenerla. Quería decirle que aquello no era apropiado. Pero recordó lo que el médico había dicho sobre sus hormonas y su necesidad de afecto, y terminó cediendo. Sabía que lo que Cassienne había hecho el día anterior había nacido de los celos y del dolor. Pero ella podría haber esperado. Podría haber permitido que él se encargara de la situación. Puede que su matrimonio no tuviera amor, pero él seguía respetándola. Siempre lo había hecho. Sin embargo, verla empujar a Tina, embarazada y frágil, había hecho estallar su temperamento. Había reaccionado sin pensar. Aquel día planeaba llamar a Cassienne a su oficina y disculparse. Al menos, ella se merecía eso. Era amable y bondadosa hasta el extremo. Él creía que lo comprendería y lo perdonaría. Solo necesitaba controlar su temperamento. No podía permitir que lo ocurrido el día anterior se repitiera. Llamaron a la puerta. —Adelante, por favor —dijo de inmediato. Debía de ser Peter, el jefe directo de Cassienne. Dreston lo había llamado antes. —Buenas tardes, señor —saludó Peter. Dreston levantó la mirada. —Me gustaría ver a mi esposa en mi oficina. Espero que no haya ningún inconveniente. Peter comprendía su relación con Cassienne mejor que nadie. Nunca la cuestionaba. Pero, de repente, su expresión cambió. La confusión llenó sus ojos, y a Dreston no le gustó lo que aquello podía significar. —¿Ocurre algo? —preguntó, sintiendo cómo la irritación comenzaba a crecer. —Señor… creí que ya lo sabía. —¿Saber qué exactamente? —la voz de Dreston se volvió más dura, impaciente por el tono de Peter. —La señora Tremont presentó su renuncia ayer. Pensé que usted estaba al tanto. Dreston se levantó bruscamente de la silla. —¿Renunció? ¿Por qué? ¿Y cómo? El pecho se le tensó. ¿Había renunciado? ¿Simplemente se había marchado? —¿Por qué me entero de esto recién ahora? ¿Quién autorizó su renuncia? —Oficialmente, nadie —respondió Peter. Dreston sintió una pequeña oleada de alivio. —Puedes retirarte —dijo con rigidez—. Yo mismo me ocuparé de esto. Una vez que Peter salió, volvió a hundirse en la silla mientras respiraba con dificultad. Su mente daba vueltas sin control. Cassienne había renunciado y se había marchado sin decirle una sola palabra. Tomó el teléfono y llamó a Steve. —Prepara el coche. Regreso a casa ahora mismo. Después presionó el intercomunicador. —Cancelen todas mis reuniones de hoy. No estaré disponible. Cuando llegó a casa, la señora Rawlings lo recibió en la entrada. Su rostro no tenía la calidez habitual. —¿Dónde está mi esposa? —preguntó mientras pasaba junto a ella sin esperar una respuesta. Necesitaba que Cassienne le explicara por qué había renunciado tan de repente. Abrió la puerta del dormitorio de Cassienne sin llamar, algo que nunca había hecho antes. Pero necesitaba respuestas. Necesitaba saber por qué había renunciado sin hablar primero con él. La habitación estaba vacía. Se giró para marcharse, pero algo sobre la mesita de noche llamó su atención. Se acercó… y se quedó paralizado. Su anillo de bodas. Lo tomó lentamente, sintiendo cómo la confusión y la conmoción lo atravesaban. No, en realidad era algo más profundo. Su mirada descendió instintivamente hacia el dedo donde llevaba su propio anillo de bodas. El suyo seguía firmemente en su lugar. ¿Estaba en el baño? Antes de que pudiera dar otro paso, una voz habló detrás de él. —No está dentro. Dreston se volvió y vio a la señora Rawlings de pie junto a la puerta. Ella se acercó y le entregó un sobre. —Se marchó esta mañana y me pidió que le entregara esta carta. Él lo abrió rápidamente y recorrió el contenido con la mirada. Papeles de divorcio. La firma de Cassienne ya estaba allí. —Gracias, señora Rawlings. Puede volver a su trabajo —dijo con suavidad. Ella asintió y salió de la habitación en silencio. Dreston permaneció inmóvil durante un momento, mirando fijamente el sobre que sostenía entre las manos. Un leve suspiro escapó de sus labios, casi transformándose en una risa. Cassienne y sus intentos dramáticos… ¿de verdad creía que podía engañarlo con algo así? La conocía demasiado bien. No tenía intención de abandonarlo. No de verdad. Estaba completamente seguro de eso. Rompió los documentos en pedazos y los arrojó a la papelera antes de salir de la habitación.Los motores zumbaban suavemente mientras el último de los coches salía de la propiedad.Dreston estaba de pie justo fuera del gran vestíbulo, con una mano metida en el bolsillo y la otra ligeramente levantada en un gesto breve y educado de despedida.Su expresión era tranquila.Casi indiferente.Pero sus ojos siguieron los vehículos hasta que desaparecieron por completo más allá de las puertas.El coche de Joseph salió primero.Después el de Sheila.Jessica se inclinó ligeramente hacia fuera antes de que su coche se alejara y le lanzó una mirada.Mitad juguetona.Mitad cómplice.Pero Dreston no reaccionó.Simplemente asintió hacia ella.Y así, la casa quedó en silencio.—Señor, ¿quiere que me quede con usted? —preguntó Steve desde detrás.Dreston negó con la cabeza.—No. Estaré bien.Steve vaciló.Dreston se giró ligeramente.Su tono fue firme, pero no duro.—La señora Rawlings está aquí. No necesito seguridad dentro de mi propia casa.Bueno, eso era cierto.Pero no del todo.Steve lo
Jessica no podía hablar.No porque Joseph se lo hubiera prohibido.No.Y tampoco porque Dreston le hubiera pedido que continuara.Sino porque, por primera vez en su vida, no tenía una respuesta rápida.Ni una réplica juguetona.Ni una forma ingeniosa de convertir la situación en algo más ligero.Simplemente permaneció allí, con los labios ligeramente entreabiertos y la mirada pasando de Dreston a Joseph.Porque esta vez…No era una broma.Dreston permanecía firme, con la mirada fija en ella.Ya no había suavidad en sus ojos.Ni paciencia.Solo una exigencia silenciosa y apremiante.—Jessica —volvió a llamarla, esta vez con una voz más baja, pero mucho más peligrosa—. Termina lo que ibas a decir.Jessica cambió ligeramente el peso de un pie al otro.Intentó sonreír.De verdad lo intentó.Pero no pudo.—Bueno… —comenzó, con un tono más ligero de lo que permitía la tensión de la habitación—. En realidad no es tan importante. Solo algo de antes del accidente. Ya sabes, nada serio.Dreston
El silencio que siguió al ultimátum de Dreston fue pesado.Tan denso que casi resultaba asfixiante.Todos permanecieron callados, todavía sopesando sus palabras.Se miraron unos a otros, como si se pasaran la responsabilidad en silencio.Como si esperaran que alguien más diera el primer paso hacia una verdad que todos habían estado evitando.Dreston permaneció de pie, inmóvil.La espalda recta.La mandíbula tensa.Su paciencia se había terminado.—Si nadie va a decir nada…—Dreston.La voz de Abigail atravesó la tensión y lo detuvo.Lentamente, sus ojos se dirigieron hacia su madre.Ella ya lo estaba mirando.En sus ojos había preocupación.Pero también algo más.Abigail dejó suavemente la servilleta sobre la mesa y se puso de pie.Sus movimientos fueron tranquilos.Medidos.El tipo de calma que solo aparecía cuando una decisión ya estaba tomada.—Si esto es lo que necesitas… —dijo en voz baja—, entonces te lo diré.Joseph giró bruscamente la cabeza hacia ella.—Abigail…Ella negó sua
La luz de la mañana entraba suavemente a través de los altos ventanales de la mansión Tremont.Aquella mañana, el ambiente se sentía… vivo.Las voces de la familia se mezclaban unas con otras.Las risas llenaban el comedor.Era algo poco común.Dreston estaba sentado en la cabecera de la mesa, vestido con una sencilla camisa oscura y las mangas ligeramente remangadas por encima de las muñecas.Los débiles moretones de su rostro casi habían desaparecido, dejando al descubierto otra vez la familiar definición de sus facciones.Por fuera, volvía a parecer él mismo.Pero por dentro…Todo seguía disperso.Al otro lado de la mesa, Jessica se inclinó hacia delante con los ojos brillando de picardía.—Te juro que eras el niño más problemático de esta casa —dijo, señalándolo con el tenedor—. Un desastre andante.Dreston levantó una ceja, divertido.—Eso es un poco exagerado, ¿no crees?—¿Exagerado? —intervino Sheila entre risas—. ¿Recuerdas el día que dijiste que querías “probar algo” en el ja
Una suave sonrisa apareció en sus labios y, por instinto, su mano descendió hasta descansar delicadamente sobre su abdomen.Sus dedos permanecieron allí con silencioso cariño.—Papá estará bien —susurró suavemente.Su voz transmitía calidez y seguridad.—Muy pronto hablará contigo.Acarició suavemente su vientre.—No te preocupes. Muy pronto.Las palabras iban dirigidas a la pequeña vida que crecía dentro de ella.Pero, en realidad, también iban dirigidas a sí misma.Cassienne ya no sentía aquel miedo aplastante que la había consumido en el hospital.Ahora tenía esperanza.Y esta vez era una esperanza real.Los recuerdos de Dreston ya estaban regresando en forma de destellos.Tarde o temprano, el resto también volvería.Y cuando eso ocurriera…Tina no sería más que una sombra del pasado.La mirada de Cassienne se volvió más firme.Pero incluso si él nunca recuperaba todo…Incluso si aquellos recuerdos nunca regresaban…Ella seguiría luchando.Podían crear nuevos recuerdos.Incluso mej
Habló como si todo fuera perfectamente lógico.Como si ya hubiera llegado a aquella conclusión por sí mismo.Y, en realidad, así era.La pregunta anterior de la señora Rawlings.La ropa en su vestidor.Las fotografías en la pared.Ya no necesitaba confirmación.Cassienne había estado viviendo allí con él.Y, extrañamente, aquella conclusión no lo hizo sentir incómodo.Todo lo contrario.Solo despertó más su curiosidad, porque en lo más profundo de su interior había algo que quería tenerla cerca.No entendía por qué.Y eso lo inquietaba.El Dreston que recordaba, el hombre de antes del accidente, debería haber sentido únicamente indiferencia hacia su exesposa.Y, sin embargo, cada vez que surgía el nombre de Cassienne, algo cambiaba dentro de su pecho.Algo silencioso.Pero persistente.Quería comprender aquella sensación.Quería comprenderla a ella.Abigail respondió con cuidado.—Debe estar en su apartamento —dijo con una sonrisa suave—. Normalmente se queda allí cuando está muy ocup







