Mag-log inCassienne permaneció sola dentro del cubículo del baño, llorando en silencio. Las lágrimas no dejaban de caer, no por lo que Tina había hecho, sino por la expresión que había visto en los ojos de Dreston. Una mirada cargada de odio frío y furia, dirigida completamente hacia ella.
Él había sido distante durante años, sí, frío e inalcanzable. Pero nunca la había mirado de aquella manera. Nunca había mostrado un desprecio tan evidente, como si la sola presencia de Cassienne lo ofendiera. Y la forma en que le había gritado delante de su secretaria y de sus guardaespaldas… —Fuera. Solo recordar aquellas dos palabras hacía que su pecho se contrajera dolorosamente. Más lágrimas resbalaron por sus mejillas mientras abrazaba sus rodillas con más fuerza. Entonces escuchó cómo se abría la puerta del baño y unos pasos se acercaban. El sonido seco de unos tacones contra las baldosas llenó el lugar. —¿Qué pasó en tu departamento? —preguntó Sandra, una de sus compañeras. —Creo que la señora Tremont atacó a la señorita Arcley, y el jefe la echó —respondió Janet con seguridad. El estómago de Cassienne se retorció. Por supuesto que Janet diría algo así. —Todo el mundo sabe que el jefe y la señorita Arcley se aman —añadió Kate—. Escuché que la señora Tremont lo sabía y aun así se casó con él. Su corazón volvió a romperse, por lo que parecía la centésima vez. En eso se había convertido: en un chisme de oficina, en susurros cargados de juicio, en una historia lamentable que otros compartían a sus espaldas. —Incluso escuché que la señora Tremont y la señorita Arcley eran mejores amigas. —Dios mío. —¿Y aun así se casó con el novio de su amiga? —Esto es grave. Con razón nunca parecían marido y mujer. Siempre me pregunté por qué, pero ahora lo entiendo. Él solo ha amado a una mujer, y esa mujer es la señorita Arcley. —Deberías haber visto cómo se la llevó en brazos. Ya era suficiente. Cassienne había escuchado más que suficiente. Se secó rápidamente las lágrimas con el dorso de la mano y se puso de pie. Abrió la puerta del cubículo. En cuanto la vieron, sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa. La vergüenza quedó reflejada en sus rostros. Ninguna fue capaz de decir una sola palabra. Pero Cassienne las ignoró. Abrió el grifo, se echó agua fría en el rostro para ocultar el enrojecimiento y salió sin decir nada. Cuando regresó a su puesto, sintió las miradas. Demasiadas. La noticia de lo ocurrido se había extendido claramente mucho más allá de su departamento. Y en ese momento tomó una decisión. Una decisión drástica, dolorosa y necesaria. Abrió un correo nuevo. Sus dedos temblaron una sola vez. Después redactó su carta de renuncia, la imprimió y la colocó dentro de un sobre. Cuando terminó, se sentó y se concentró en su trabajo, su último trabajo para Auralink. Pasaron las horas. La oficina comenzó a vaciarse poco a poco. A las siete de la tarde, todos se habían marchado. Cassienne completó todas las tareas que tenía sobre el escritorio y entregó su trabajo final a Peter. Él levantó la mirada de sus documentos, con una voz incómodamente fría. Cassienne ignoró el tono. —Ha infringido las normas de la empresa, señora Tremont —dijo. Cassienne estuvo a punto de reír. ¿Había infringido las normas? Si él supiera toda la humillación que había soportado aquel día, comprendería que las normas eran la menor de sus preocupaciones. Ignoró el comentario, dejó el sobre sobre su escritorio y se giró para marcharse. —¿Y qué demonios es esto? —espetó él. Sin mirar atrás, respondió: —Mi carta de renuncia. No esperó su reacción. Simplemente se alejó. Cuando regresó a su puesto, el personal de limpieza ya estaba limpiando las superficies y colocando las sillas en orden. Reunió sus pertenencias despacio y en silencio. Entonces sus ojos se posaron sobre un retrato enmarcado, una fotografía de ella y Dreston tomada un año después de su boda. La recogió y estudió las sonrisas congeladas y la falsa felicidad… antes de dejarla caer directamente en el cubo de basura. Ya no significaba nada. Salió del edificio y se adentró en la ruidosa calle. La gente se apresuraba a volver a casa. Los coches tocaban la bocina. La ciudad estaba llena de vida. Pero dentro de ella… todo se sentía silencioso, como si acabara de salir de las ruinas de su propia existencia. Condujo de regreso a casa sin pensar. Su cuerpo se movía en piloto automático, guiado únicamente por el agotamiento. Cuando llegó a la mansión, fue directamente a su habitación. Sacó dos maletas grandes del armario, abrió las cremalleras y después abrió las puertas del guardarropa. Una por una, comenzó a guardar todas las cosas que le pertenecían. No cenó. No bebió agua. Y, como era de esperar, Dreston tampoco regresó a casa. Cuando abrió el cajón donde guardaba los documentos importantes, encontró algo que había escondido mucho tiempo atrás: los papeles de divorcio que una vez le había pedido a su abogado que preparara. Nunca los había firmado. No porque quisiera quedarse, sino porque siempre se había aferrado a la esperanza. Siempre había creído que algo podía cambiar, que quizá algún día él la miraría de una manera diferente. Pero aquella noche… aquella noche acabó con hasta la última gota de esperanza. Contempló los documentos mientras respiraba lentamente. ¿Qué sentido tenía? ¿Por qué aferrarse a un hombre que nunca la veía? ¿Que nunca la había amado? ¿Que probablemente jamás lo haría? Si su madre no estuviera enferma, le habría rogado que se marchara mucho tiempo atrás. Cassienne tomó el bolígrafo. Su mano tembló una vez. Después firmó el documento. Por fin podía respirar. Guardó nuevamente los papeles dentro del sobre y los dejó a un lado. A la mañana siguiente, colocó el sobre dentro de su bolso y dejó su anillo de bodas sobre la mesita de noche. El espacio vacío en su dedo se sentía extraño, pero también extrañamente liberador. Había terminado de fingir. Había terminado de llorar. Había terminado de amar a alguien que no la amaba. Había terminado de sacrificarse por un matrimonio que había estado muerto desde el principio. Mientras salía de su habitación, recordó lo feliz que había sido durante la secundaria. Lo alegre y radiante que solía ser, lo llena de sueños que estaba. Entonces Tina había aparecido… y se lo había arrebatado todo, incluso al chico que una vez la había mirado como si ella importara. Sus amigos se habían quejado de que había cambiado. Echaban de menos a la antigua Cassienne. Y quizá… ella también echaba de menos aquella versión de sí misma. Había abandonado sus propios sueños y sus proyectos personales, todo por Auralink y por un hombre al que nunca le había importado. Pero eso se había terminado. A partir de aquel día, volvería a encontrarse a sí misma. Reconstruiría sus sueños, trabajaría en su propio proyecto y trabajaría para sí misma. Había terminado de ser la buena esposa, de ser invisible y de suplicar amor. Ahora era libre. Un ave libre con las alas rotas, pero sabía que volvería a desplegarlas. Y cuando lo hiciera… volaría más alto de lo que nadie hubiera esperado.Los motores zumbaban suavemente mientras el último de los coches salía de la propiedad.Dreston estaba de pie justo fuera del gran vestíbulo, con una mano metida en el bolsillo y la otra ligeramente levantada en un gesto breve y educado de despedida.Su expresión era tranquila.Casi indiferente.Pero sus ojos siguieron los vehículos hasta que desaparecieron por completo más allá de las puertas.El coche de Joseph salió primero.Después el de Sheila.Jessica se inclinó ligeramente hacia fuera antes de que su coche se alejara y le lanzó una mirada.Mitad juguetona.Mitad cómplice.Pero Dreston no reaccionó.Simplemente asintió hacia ella.Y así, la casa quedó en silencio.—Señor, ¿quiere que me quede con usted? —preguntó Steve desde detrás.Dreston negó con la cabeza.—No. Estaré bien.Steve vaciló.Dreston se giró ligeramente.Su tono fue firme, pero no duro.—La señora Rawlings está aquí. No necesito seguridad dentro de mi propia casa.Bueno, eso era cierto.Pero no del todo.Steve lo
Jessica no podía hablar.No porque Joseph se lo hubiera prohibido.No.Y tampoco porque Dreston le hubiera pedido que continuara.Sino porque, por primera vez en su vida, no tenía una respuesta rápida.Ni una réplica juguetona.Ni una forma ingeniosa de convertir la situación en algo más ligero.Simplemente permaneció allí, con los labios ligeramente entreabiertos y la mirada pasando de Dreston a Joseph.Porque esta vez…No era una broma.Dreston permanecía firme, con la mirada fija en ella.Ya no había suavidad en sus ojos.Ni paciencia.Solo una exigencia silenciosa y apremiante.—Jessica —volvió a llamarla, esta vez con una voz más baja, pero mucho más peligrosa—. Termina lo que ibas a decir.Jessica cambió ligeramente el peso de un pie al otro.Intentó sonreír.De verdad lo intentó.Pero no pudo.—Bueno… —comenzó, con un tono más ligero de lo que permitía la tensión de la habitación—. En realidad no es tan importante. Solo algo de antes del accidente. Ya sabes, nada serio.Dreston
El silencio que siguió al ultimátum de Dreston fue pesado.Tan denso que casi resultaba asfixiante.Todos permanecieron callados, todavía sopesando sus palabras.Se miraron unos a otros, como si se pasaran la responsabilidad en silencio.Como si esperaran que alguien más diera el primer paso hacia una verdad que todos habían estado evitando.Dreston permaneció de pie, inmóvil.La espalda recta.La mandíbula tensa.Su paciencia se había terminado.—Si nadie va a decir nada…—Dreston.La voz de Abigail atravesó la tensión y lo detuvo.Lentamente, sus ojos se dirigieron hacia su madre.Ella ya lo estaba mirando.En sus ojos había preocupación.Pero también algo más.Abigail dejó suavemente la servilleta sobre la mesa y se puso de pie.Sus movimientos fueron tranquilos.Medidos.El tipo de calma que solo aparecía cuando una decisión ya estaba tomada.—Si esto es lo que necesitas… —dijo en voz baja—, entonces te lo diré.Joseph giró bruscamente la cabeza hacia ella.—Abigail…Ella negó sua
La luz de la mañana entraba suavemente a través de los altos ventanales de la mansión Tremont.Aquella mañana, el ambiente se sentía… vivo.Las voces de la familia se mezclaban unas con otras.Las risas llenaban el comedor.Era algo poco común.Dreston estaba sentado en la cabecera de la mesa, vestido con una sencilla camisa oscura y las mangas ligeramente remangadas por encima de las muñecas.Los débiles moretones de su rostro casi habían desaparecido, dejando al descubierto otra vez la familiar definición de sus facciones.Por fuera, volvía a parecer él mismo.Pero por dentro…Todo seguía disperso.Al otro lado de la mesa, Jessica se inclinó hacia delante con los ojos brillando de picardía.—Te juro que eras el niño más problemático de esta casa —dijo, señalándolo con el tenedor—. Un desastre andante.Dreston levantó una ceja, divertido.—Eso es un poco exagerado, ¿no crees?—¿Exagerado? —intervino Sheila entre risas—. ¿Recuerdas el día que dijiste que querías “probar algo” en el ja
Una suave sonrisa apareció en sus labios y, por instinto, su mano descendió hasta descansar delicadamente sobre su abdomen.Sus dedos permanecieron allí con silencioso cariño.—Papá estará bien —susurró suavemente.Su voz transmitía calidez y seguridad.—Muy pronto hablará contigo.Acarició suavemente su vientre.—No te preocupes. Muy pronto.Las palabras iban dirigidas a la pequeña vida que crecía dentro de ella.Pero, en realidad, también iban dirigidas a sí misma.Cassienne ya no sentía aquel miedo aplastante que la había consumido en el hospital.Ahora tenía esperanza.Y esta vez era una esperanza real.Los recuerdos de Dreston ya estaban regresando en forma de destellos.Tarde o temprano, el resto también volvería.Y cuando eso ocurriera…Tina no sería más que una sombra del pasado.La mirada de Cassienne se volvió más firme.Pero incluso si él nunca recuperaba todo…Incluso si aquellos recuerdos nunca regresaban…Ella seguiría luchando.Podían crear nuevos recuerdos.Incluso mej
Habló como si todo fuera perfectamente lógico.Como si ya hubiera llegado a aquella conclusión por sí mismo.Y, en realidad, así era.La pregunta anterior de la señora Rawlings.La ropa en su vestidor.Las fotografías en la pared.Ya no necesitaba confirmación.Cassienne había estado viviendo allí con él.Y, extrañamente, aquella conclusión no lo hizo sentir incómodo.Todo lo contrario.Solo despertó más su curiosidad, porque en lo más profundo de su interior había algo que quería tenerla cerca.No entendía por qué.Y eso lo inquietaba.El Dreston que recordaba, el hombre de antes del accidente, debería haber sentido únicamente indiferencia hacia su exesposa.Y, sin embargo, cada vez que surgía el nombre de Cassienne, algo cambiaba dentro de su pecho.Algo silencioso.Pero persistente.Quería comprender aquella sensación.Quería comprenderla a ella.Abigail respondió con cuidado.—Debe estar en su apartamento —dijo con una sonrisa suave—. Normalmente se queda allí cuando está muy ocup







