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Capítulo 46

Author: D. Winter
last update publish date: 2026-09-06 08:52:39

Capítulo 46

​Las mañanas en Caraballeda pueden apreciar la frescura hasta las seis y media; luego de ahí, sale un sol increíble que transforma la brisa marina en una ráfaga de aire tan caliente y pegajoso que parece que nos va a derretir a todos. Pese a que tenemos aire acondicionado, se puede sentir el calor. Me despierto antes de que el reloj marque las seis, impulsada por el suave llanto de hambre de mi hija. A este ritmo, voy a parecer un auténtico zombi despertándome cada dos horas. Me aco
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  • CUIDANDO AL ALFA EQUIVOCADO   capítulo 52

    Capítulo 52​Apenas las primeras luces del amanecer empiezan a teñir el cielo salgo al porche. El aire matutino se siente pesado esta mañana, cargado de una calma que contrasta con la tormenta de sentimientos que llevo por dentro. El carro negro sigue estacionado al frente. Dante se encuentra afuera, caminando a pasos cortos mientras sostiene el celular pegado a su oreja; está en una llamada. Pero al escuchar el chasquido de la puerta principal cerrarse detrás de mí, corta la comunicación al instante y se gira para verme.​Poco le dura la compostura. Algo debe de ver en mi rostro, porque espero que la determinación que siento se esté reflejando y la esté mirando en este preciso momento. Sus ojos azules se clavan en los míos con una mezcla de sorpresa y expectación.​No veo a Killian por ningún lado y siento un alivio tremendo, porque él es el único que verdaderamente podría saber la causa real que se oculta tras lo que estoy a punto de decir.​—Cassandra... —murmura, dando un par de p

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    Capítulo 51—Les dije a los dos que no los quería por aquí arriba. Tampoco lo quiero cerca de Adriana —le susurro a Dante con la voz quebrada por la ira y el pánico, pegándome a la pared del pasillo—. ¡Te lo dije, Dante! Tu hombre es un peligro para ella. ¡Quiero que se largue de esta casa! ¡No lo quiero aquí, me voy a volver loca! No puedo perder la cabeza porque tengo una bebé a la que cuidar.​—Tranquilízate, Cassandra, por favor... —pide Dante en un murmullo urgente, manteniendo un brazo extendido para protegerme mientras le hace una señal con la mano a Killian para que baje las escaleras. Killian obedece a regañadientes, desapareciendo en la oscuridad del primer piso—. Yo me encargo de él. Te juro que no va a pasar nada. Vuelve a la habitación.​Decir que pude pegar un ojo esa noche sería un eufemismo. La semilla del miedo ya estaba plantada. Pero dos noches después, la colisión definitiva termina por reventar.​La bebé se despierta llorando una vez más, como todas las madrugadas

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    ​Capítulo 50​Ya han pasado quince días desde aquella primera noche en la que la lluvia torrencial, junto con Adriana, me obligaron a abrirles las puertas de la casa a Dante y a Killian. Quince largos días donde la rutina del hogar se ha visto alterada por la presencia de esos dos gigantes. Las noches en el sofá se volvieron cada vez más frecuentes; la excusa del calor sofocante, la lluvia de la tarde o simplemente la insistencia silenciosa de Dante terminaron por acostumbrar a Adriana a dejar la puerta abierta para que no durmieran en el carro.​Sin embargo, para mí esos días han sido una tortura de alerta constante. Mientras Dante intenta por todos los medios ganarse mi perdón —trayendo comida, regalando detalles para la bebé que no puedo rechazar y mirándome con esa devoción dolorosa que me quema por dentro—, mis ojos no se han apartado de su amigo.​He visto cómo Killian acecha. Adriana, en su ignorancia del mundo sobrenatural, no entiende la naturaleza del hombre que la observa;

  • CUIDANDO AL ALFA EQUIVOCADO   Capítulo 49

    Capítulo 49Antes de que pueda reaccionar o dar un paso atrás, la mano grande de Dante se apoya en la pared, justo al lado de mi cabeza, arrinconándome contra el borde del mesón de la cocina. Su cuerpo emana un calor abrasador, una temperatura casi febril propia de su naturaleza animal que me envuelve por completo.​—Aléjate de mí —le ordeno, pero mi voz no sale con la firmeza que desearía; sale temblorosa, traicionada por la cercanía de sus labios.​—No sabes cuánto me he estado muriendo por tocarte —susurra, bajando la cabeza hasta que su aliento caliente roza el cuello de mi camisa—. Meses pensando que estabas muerta... Meses oliendo tu ausencia en la última prenda de ropa que llevabas puesta la vez que partí de la cabaña, tratando de mantener tu olor lo más que pudiera. ¿Tienes idea del infierno que fue para mi lobo y para mí no tenerte?​Extiende su otra mano y, con una lentitud tortuosa, desplaza sus dedos desde mi muñeca, subiendo por mi brazo desnudo hasta llegar a mi hombro.

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    Capítulo 48​El sol termina de ocultarse, dejando un cielo teñido de violeta y naranja. Sé que la humedad en el ambiente es densa y pegajosa; por suerte para nosotros, tenemos aire acondicionado en toda la casa y, aun así, podemos sentir el ligero calor... no me puedo imaginar cómo deben estar ellos.​Miro por la ventana de la sala: el auto negro sigue estacionado bajo la luz parpadeante del poste eléctrico. Dante y Killian llevan más de veinticuatro horas acampando en ese espacio reducido. Se nota a leguas el desastre en la postura del Beta, pero es Dante quien realmente parece un león enjaulado. Va y viene a lo largo del auto con los primeros botones de la camisa desabrochados, la tela blanca pegada a la piel del torso por el sudor y esa aura oscura y cargada de testosterona que ni el calor del trópico logra sofocar.​Adriana se acerca a mi lado sosteniendo una jarra de agua helada. Observa la calle y luego suspira con una mezcla de lástima y nerviosismo.​—Cassandra... parece que v

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    Capítulo 47​—Déjelo sobre la mesa, por favor —pide Killian con una voz baja, rasposa y cargada de un tono tan profundo que hace vibrar el ambiente. Su español no es perfecto como el de Dante, pero la intención en sus palabras es demasiado clara.​Adriana coloca la bandeja en la mesita del porche casi corriendo, sin atreverse a sostenerle la mirada ni un segundo más, y se regresa a toda prisa hacia el interior de la casa, cerrando la puerta tras de sí y apoyando la espalda contra la misma mientras se lleva una mano al pecho desbocado.​—Dios mío, Cassandra... ese hombre me va a dar un ataque al corazón —susurra Adriana, con las mejillas completamente rojas y la respiración agitada.​—Buenos días para ti también —murmuro. Ella intenta sonreírme, pero aún está temblando—. Sí, ¿qué te puedo decir? Así son los hombres de negocios: todos grandotes e intimidantes. Dante me ha contado que es su mano derecha y su mejor amigo. Hablaré con él para que deje de asustarte.​—Es que no es solo mied

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