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Capítulo 3

last update Data de publicação: 2026-02-07 00:22:13

El corazón de Leyla latía con fuerza mientras caminaba por los pasillos de la empresa con su delantal negro, sus zapatillas a juego en contraste con su camisa blanca, y la falda gris. Cada paso parecía amplificar sus nervios; la imagen del casero enfurecido seguía clavada en su mente. Aún le faltaba dinero para cubrir los dos meses de arriendo atrasado, y la desesperación se aferraba a ella como un frío punzante.

Llegó frente a la oficina de la gerente, respiró hondo y tocó la puerta con las manos ligeramente temblorosas. La mujer levantó la vista de sus papeles, sin la menor pizca de empatía.

—¿Sí? —preguntó Amber, en un tono seco y despectivo, como siempre.

—Jefa, perdone la interrupción —Leyla se apresuró a disculparse—Yo…Quisiera saber si existe la posibilidad de… adelantar mi quincena —dijo Leyla, tratando de que su voz sonara firme, aunque el pánico comenzaba a filtrarse. —Trabaje horas extras sin remuneración por el favor, yo…

—No— esa fue la respuesta tajante de la gerente, sin levantar la vista de su móvil.

Leyla se quedó congela en su sitio, sorprendida por lo tajante que había sido.

Entonces la gerente arqueó una ceja, evaluándola con indiferencia al darse cuenta de que ella seguia inmóvil en su lugar, petrificada.

—¿Un adelanto? —repitió, como si la idea le pareciera absurda—. Lo siento, Leyla, pero la empresa tiene reglas. Nadie recibe adelantos. Supongo que tendrás que arreglártelas como todos los demás.

Abrió la boca para decir algo, pero la mujer se levando del escritorio, con su mirada afilándose sobre ella. Leyla contuvo los instintos de su loba interior, empujándolo hacía bajo al tiempo que bajaba la cabeza en sumisión.

Leyla tragó saliva. La indiferencia de aquella mujer era un golpe frío, uno que le caló los huesos. Sintió que la cabeza le daba vueltas y el aire escaseaba. La desesperación empezó a apoderarse de ella.

Fue entonces, mientras caminaba de regreso por el pasillo, que algo llamó su atención: el personal de limpieza salía de la oficina del CEO, un hombre del que había apenas oído escuchar, pero nunca había visto. La puerta del despacho permaneció entreabierta, dejando escapar un leve rastro de luz y el sonido de papeles que se movían.

Un pensamiento fugaz cruzó su mente. No era prudente, ni correcto, pero el instinto de supervivencia, afilado por la ansiedad y el miedo, la empujó hacía adelante.

—Solo limpiare un poco —se dijo a sí misma, tratando de convencerse—. Solo miraré lo que hay dentro.

Cada paso hacía la oficina del CEO era un latido acelerado en su pecho. Se detuvo junto a la puerta, observando los objetos sobre el escritorio: papeles, una pluma, un maletín de cuero… Y un trofeo en forma de lobo. El cerebro le gritaba que retrocediera, pero el hambre y la necesidad de pagar la renta eran más fuertes que cualquier miedo.

Se acercó un poco más a la pequeña estatuilla, con la excusa de limpiarla talló un trapo en ella hasta dejarla más brillante de lo que ya era.

Algo dentro de ella le decía que era un objeto muy valioso.

—Puedo cambiar algo de esto por dinero —susurró, con la voz temblorosa—. Solo necesito esperar el momento adecuado.

Entonces decidió esperar

La noche llegó lentamente, con sus sombras alargando los rincones de la empresa, la espera no hizo nada por calmar sus nervios. Los últimos empleados abandonaban el edificio, dejando un silencio pesado, casi sofocante, que parecía observarla desde cada pared del lugar. Leyla avanzó con cuidado, los pasos amortiguados por la alfombra. Cada sonido de su respiración parecía un grito en aquel espacio vacío.

Dentro de la oficina del CEO, la luz era tenue, iluminando apenas el escritorio y los objetos más cercanos. Leyla inspeccionó cada cajón con rapidez, su mente calculando cuál sería más fácil de abrir, qué podía tomar sin levantar sospechas inmediatas. Cada movimiento era medido, cada decisión tomada con la urgencia que la desesperación exige.

Su corazón golpeaba su pecho, y un sudor frío recorría su espalda. Sabía que si alguien la atrapaba, las consecuencias podían ser terribles, pero no había alternativa. El casero, la renta, la falta de dinero… todo la empujaba hacía esta línea que jamás pensó cruzar.

Finalmente, con un suspiro contenido, actuó: Tomo la estatuilla y la guardo dentro de su blusa, para luego apresurarse a salir de la oficina.

Con la sangre golpeando sus oídos, apenas se cambió de ropa. Decidió salir por la puerta de emergencia para no ser detectada por la seguridad en la puerta principal de la empresa. Leyla corrió por el pasillo hacía la puerta de emergencia, sintiendo que casi tenía un pie afuera.

Casi.

Abrió la puerta y se estrelló contra una pared. Con un pequeño grito ahogado perdió el equilibrio, cerró los ojos esperando caer, pero un fuerte agarre sujetó su muñeca justo a tiempo. Al abrirlos, se encontró con unos ojos azules brillantes que parecían mirar dentro de su alma.

Un jadeo involuntario escapó de sus labios. La expresión del hombre era una mezcla de confusión, asombro y, sobre todo, enojo. La tenue luz del vestíbulo y del estacionamiento apenas dejaba ver su rostro, pero era suficiente para que el miedo de Leyla creciera.

—¿Qué demonios? —gruñó él—.

Antes de que pudiera reaccionar, Leyla se vio arrinconada entre la pared detrás de ella y el cuerpo de músculos que tenía enfrente.

—¿Quién eres y qué haces aquí? —dijo el hombre, la mandíbula apretada.

Leyla se estremeció, intentando encogerse, pero al levantar la mirada se encontró de nuevo con esos pozos azules que la atravesaban con intensidad. La luz iluminaba sus facciones, y en un instante la sangre se le drenó del rostro.

«Oh, mierda»

—Dios… —balbuceó, incapaz de moverse ni de alejarse del contacto. No solo por quién era él, sino por lo que realmente era: un hombre lobo.

Aron alzó una ceja, listo para exigir quién era y qué hacía allí, cuando de repente un aroma nuevo lo paralizó. Su garganta se secó, las palabras se negaron a salir. Su lobo se agitó violentamente en su interior, moviendo la cola en su mente y dejando un gruñido bajo retumbando en su pecho, un sonido que no podía contener.

«Mia. Ella es mía» El pensamiento se filtró dentro de la conciencia de Aron, como un disparo, y de repente todo cambió. Su visión de aquella mujer, que hasta hace segundos era solo un desconocido más, se transformó. La percibía diferente, irresistiblemente diferente, y su instinto le gritaba con urgencia.

—¿Quién eres? —logró articular, cada palabra contenida con dificultad mientras luchaba por controlar a su lobo.

Pero Leyla ya lo había visto todo: el destello de su verdadera naturaleza, el brillo animal en sus ojos, la fuerza que emanaba de él. Sin pensar, reaccionó. Le dio un golpe rápido y salió disparada hacía su moto automática, sintiendo cada latido de su corazón como un tambor en sus oídos.

El rugido del motor fue un salvavidas mientras huía. La adrenalina corría por sus venas, mezclándose con el miedo y la confusión. No sabía quién era ese hombre ni qué hacía allí, pero algo en él era peligroso, diferente, y lo peor: su aroma había despertado algo en su interior.

Debía mantenerse lejos. Alejada de los shifters -cambia formas. Alejada de cualquiera que pudiera percibir su aroma de mujer alfa. Porque si la atrapaban, si descubría su esencia… no habría vuelta atrás.

Mientras se alejaba, cada mirada que había intercambiado con el hombre de hace un momento quedaba grabada en su mente: los ojos azules, penetrantes, que parecían ver hasta lo más profundo de su ser. Y en algún rincón de su instinto, algo le decía que eso apenas era el principio.

Un aullido a lo lejos, detrás de ella, resonó en la noche, erizando cada bello de su cuerpo.

«Mierda» pensó, acelerando el motor del vehículo.

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