INICIAR SESIÓNRespiré entrecortado y una de mis manos se fue a mi seno, apretándolo con cuidado, haciendo que el riachuelo que bajaba por mi torso aumentara de caudal, engrosando el hilo de leche.
Jadeé, cerrando los ojos por un instante en el que me permití disfrutar de una sensación que hacía mucho no apreciaba. Hacía tanto tiempo no me sentía excitada, que hasta pensé que me estaba volviendo araxual, no obstante, ahí estaba el cosquilleo en mi sexo, el calor en mi piel, los latidos erráticos que presagiaban el orgasmo.
Estaba tan necesitada de ponerle atención a mi cuerpo, que no me di cuenta de cuánto me estaba gustando aquella fantasía absurda.
Resoplé y me solté el pecho.
Sacudí la cabeza, y volví al correo, revisándolo por última vez para asegurarme que no fuera una creación de mi cerebro abrumado.
Pasé los dedos por la dirección a la que se me pedía acudir y solté el aire que ni siquiera supe que estaba reteniendo.
¿Iría?
Preparada para llamar a la puerta, me arreglé la falda de lápiz, gris, hasta la rodilla. Una de las pocas prendas que me quedaban de mis años de estudiante. Era una suerte que no hubiera rebajado debido a que el consumo de comida que realizaba era rico en grasas, todo gracias a que la mayoría venía del restaurante en el que laboraba. Me puse una de mis mejores blusas en color crema que no contrastaba con mi piel clara, pero que me daba un toque refinado y pulcro. Además, me peiné y maquillé para la ocasión.
Tras tomar dos largas bocanadas de aire, me armé de valor para tocar el timbre de la mansión en la que tenía la entrevista.
La cámara que apuntaba a las afueras del portón se giró con un sonido muy particular y me enfocó. Tras unos segundos que se me antojaron eternos, la puerta se abrió con un chasquido y entré sin que nadie me lo dijese, confiando en que aquel gesto indicaba que estaba en la dirección correcta.
Mis ojos se abrieron al apreciar la magnitud del jardín delantero. Si bien desde afuera me pareció una mansión en todo el uso de la palabra, con su portón grande, alto y fuerte, hecho de madera sólida que no dejaba ver hacia el interior, rodeado de un muro perimetral de rocas aplanadas, por dentro, la estampa era todavía más impresionante.
Un camino de rocas, como las del muro, pero en tonos más oscuros, me indicó el camino a recorrer. A los lados, el césped marcaba dos grandes parajes en donde el verdor lo cubría todo, con grandes árboles de diferentes claras, desde frutales hasta ornamentales, algunos más altos que otros, proveyendo de suficiente sombra, y sus raíces estaban decoradas por arbustos y plantas de diferentes estilos, algunas con flores muy bonitas que resaltaban el toque mágico de alrededor.
La casa parecía alargarse unos metros hasta llegar a la gran fachada en donde un edificio de estilo colonial de dos pisos me recibió, con una enorme terraza al frente que se afianzaba con dos pilares que, a su vez, servían para crear el pórtico, por el que se subía por unas gradas de lustroso piso que no supe precisar si era mármol o algún material carísimo que ante la mínima suciedad se rallaba.
Antes de llegar al límite del pórtico, un hombre mayor, como de unos setenta años, salió a recibirme. Iba vestido con un traje oscuro hecho a la medida, con una pajarita tan negra como la chaqueta y unos guantes blancos que hacían juego con la camisa pulcra y bien fajada.
Tragué saliva y los nervios que desde antes tenía y que hicieron latir con más fuerza mi corazón, salieron por completo a la superficie, humedeciendo mis manos.
―Señorita Salas ―saludó e hizo una reverencia pequeña.
Lo imité pera a que no pude decir ni una sola palabra, tan abrumada con las circunstancias que no pude abrir la boca, que se me cerró a cal y canto.
Un nudo en la garganta atenazó mi respiración y me hizo sonreír con el rictus petrificado.
―Adelante, por favor. El señor Lars la espera en la oficina ―anunció cediéndome el paso para entrar en la casa.
―Gr-gracias ―logré decir, tartamuda, con la boca seca y la espalda tan recta que me dolieron los omóplatos del esfuerzo, sin embargo, sentí la necesidad de hacerme ver más formal, más alta, pese a que el hombre era pequeño.
El que supuse que era el mayordomo me condujo por la casa, girando hacia la derecha, por un pasillo bastante oscuro, cuyas paredes blancas estaban sin ningún cuadro.
A decir verdad, la decoración de la casa era bastante sobria. Frente a la puerta delantera unas grandes escaleras dividían la atención y en medio había un jardín de bonsáis bastante peculiar, rodeado de un estanque precioso donde nadaban peces koi. Pese a ese detalle, las paredes no conservaban ni un solo cuadro, estaban blancas, impolutas. El piso seguía al del pórtico, reluciente y limpio, al punto que me dio pena pisarlo con mis tacones viejos, los últimos que conservé, a los que les quedaba poco tiempo de vida.
Pasamos por algunas puertas cerradas, hechas de madera maciza, así como el barandal de las escaleras que subían al segundo piso, mismo que no me atreví a ver por miedo a descubrir algo raro.
La mansión me causó una fuerte impresión e, ir tras el que creí que era el mayordomo, acentuó esa sensación de estarme metiendo en la boca del lobo.
Aparte del mayordomo, no vi a nadie más. El eco de nuestros pasos resonaba en el pasillo.
Cuando llegamos a la tercera puerta del pasillo, el mayordomo se detuvo y la abrió.
―El señor Lars la está esperando ―indicó con su voz seria, carente de emoción.
Asentí e hice una media reverencia a modo de agradecimiento, algo que él imitó y luego giró sobre sus talones y se fue por donde habíamos llegado.
Un escalofrío me cruzó desde los pies y tuve que armarme de valor para atravesar la puerta.
Al ingresar, la luz que entraba por las cristaleras me deslumbró, cegándome por un instante, obligándome a entornar los párpados y fruncir el entrecejo.
Al pestañear, descubrí una estancia bastante agradable y trasparente, una oficina enorme, dos veces más grande que mi pequeño y mugroso piso. Enfrente, grandes cristaleras que iban casi desde el piso, a casi un metro del mármol, hasta el techo, enmarcadas por regletas de madera que se complementaban con las paredes del mismo material, con el mismo aire familiar y reconfortante de una cabaña de madera en medio del bosque. A mi izquierda, una gran librera eclipsaba la imponente vista de unos jardines majestuosos. Libros y libros engullían las estanterías, cuyos lomos eran bastante clásicos, parecidos a los que había en casa que pertenecían a las viejas enciclopedias de papá.
Me agarré a sus hombros para rebotar con más fuerza sobre sus ejes erguidos que estaban llegando a lo más profundo de mis canales, con sonoros vaivenes que me levantaron los sentidos, así como sus bocas que succionaban con fuerza, deseando vaciar mis tetas que se llenaban con más frecuencia, al punto en el que podía alimentarlos a ambos y dejarlos saciados.Mi cuerpo siendo agitado por sus músculos, llevado al orgasmo una vez tras otra, con mis extremidades tensas, con los pies en puntas, pese a que mis piernas brincaban sobre sus fuertes antebrazos, y mi cuerpo era abierto por sus voluptuosidades de esa forma tan profana que me hacía estremecer por dentro, seducida con nuestra impudor, con la relación obscena en la que mi cuerpo era compartido por padre e hijo, sin distinción, porque los anhelaba a los dos con la misma intensidad, porque estaba enamorada de ellos, así como ellos de mí, al punto de que, al quedar embarazada, a ninguno de los tres nos importó saber quién era el padre d
Solo se vistió con un bóxer oscuro que no le quedaba tan apretado, pero que tampoco era flojo y que, cuando su tienda de campaña se elevó, me hizo salivar.Pero no, no tuvimos sexo en ese instante, en su lugar, me hizo darle de comer, sentada en sus piernas, en el comedor, con sus muslos sirviéndome de asiento, sus muslos grandes y musculosos que se abrieron para hacerme lugar y esa imagen de Aiden masculino, grande y dominante me hizo ronronear y besarlo.No, no me sentí culpable por serle infiel a Daniel, él seguro sabía que a esa hora su padre y yo ya nos habíamos saciado con nuestros cuerpos, al menos lo suficiente para poder bajar nuestra temperatura unos minutos antes de que la lujuria lo atacara y me hiciera descender por su cuerpo, probar su piel, sus pezones pequeños y rosados, seguir lamiendo sus cuadritos, guiada por esa V que me llevó a su camino feliz, y después a su dureza grande, dura y tirante que se agitó cuando lo metí entre mis pechos suaves y apretados que lo envol
Jadeé, palpité y me perdí en el movimiento de su pelvis, en la forma en la que estaba disfrutando de mi cavidad acuosa, caliente, que se acopló a su miembro, despacio, entrando y saliendo, creando estática entre nuestros sexos, el suyo engrosándose con la fricción y el mío estrechándose.Su mano subió y me apretó el pecho, pellizcando el pezón entre sus falanges que estiraban mi perla achocolatada.Nuestros ojos conectaron, mis gemidos casi ahogados por el sofoco de verlo tan masculino, tan fuerte, tan…Descendió por mi cuerpo, directo a comerme los labios, a nutrirse con mis jadeos. Lo envolví con mis piernas, con mis brazos, pegué mi torso al suyo y nos movimos con precisión acompasando su movimiento pélvico a mis caderas que hicieron pequeños círculos. Mi piel quemaba, su cuerpo aplastó el mío con posesión, una de sus manos me retenía y se sostenía y la otra me apretaba el muslo, la cadera, la cintura.Nos besamos con necesidad, recreándonos con los gemidos que quedaron soterrados
Temblé, mi centro hirvió, me despeiné con una mano y con la otra apreté su cabeza, podía sentirlo, podía sentir las burbujas de lava ardiente arremolinándose en mi vientre bajo, construyendo un mortal orgasmo, maniatándome al antojo del magma que iba subiendo y subiendo, a punto de hacer erupción, y entonces, se alejó, lamiendo el pezón, torturándome con su boca que me dejó pendiendo de un hilo, solo para bajar mi pantaloncito con fuerza, arrancándome la prenda por una pierna, y luego… estallé cuando su mano entró en contacto con mi sexo que hervía y caló sus dedos que se metieron en una profunda estocada en mi interior.Todo se revolvió en mi centro, el aire dejó de entrar en mi nariz, mis músculos se tensaron, mis pies se encogieron, mis manos se crisparon en su cabello y en el mío. Cerré los párpados con fuerza y mordí mi antebrazo con la cabeza ladeada antes de dejar escapar un gemido femenino que salió de lo más profundo de mi ser cuando mi interior detonó y me corrí con fuerza,
Tirité de excitación, con las piernas abiertas para darle espacio a su cuerpo grande.―N-no tiene-tienes que… ―traté de decir al ver que se quedó fijo en mis pechos inflamados, sin hacer un solo movimiento más allá de alzármelos hasta casi dejarlos en mi cuello, haciéndolos ver más hinchados y redondos, con mis clavículas enmarcando más las masas de carne grandes.Sollocé cuando pasó el pulgar por el pezón derecho y un pequeño riachuelo me mojó la piel.Inhaló hondo, su cuello se tensó, las venas de sus sienes y del cuello se abultaron y tras un largo gruñido bestial, atacó mis pechos directo al pezón.Grité entre asombrada, perturbada y excitada, corriéndome al instante en un pequeño orgasmo que me hizo llevar la mano a mi boca y morderme el dorso.Temblé, lloriqueé y me dejé llevar por su boca golosa que comenzó a succionar con fuerza, alimentándose de mi dulce néctar, gimiendo cada que un chorro salía despedido a su paladar. Sus manos en mis tetas, alzándolas para comerme con deses
Su mano subió y elevó mi pecho derecho, pesándolo. Gimió al sentir mi teta grande que ni su mano pudo cubrir.―¡Joder! ―exclamó y llevó los dedos hasta el pezón.Gemí y temblé con fuerza cuando me pinzó la perla achocolatada y la tensión en mis senos se hizo palpable, derramándose sobre su mano, empapando sus dedos y palma.―¡Qué mierda! ―prorrumpió asombrado, alzándose, dejando mi espalda y culo, al tiempo que me soltaba, para, un segundo después, girarme, sin dejar de acorralarme contra la encimera.Agitada, lo miré con las mejillas sonrojadas, avergonzada.Sus ojos descendieron de los míos hasta mis pechos. Me cubrí, me cubrí antes de que notara las manchas de leche que se extendieron por la blusa cuando me apretó el pecho y el otro no se contuvo ante tan delicioso estímulo.Aparté el rostro, realmente avergonzada como nunca lo estuve con Daniel, sabiendo que, fuera de la cama, fuera de mi relación con mi marido, nadie sabía de mi estado, de la petición extraña que hizo mi esposo,







