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Capítulo 2 — Limpieza del caos

Author: Chelencho
last update publish date: 2026-05-31 15:33:21

Marie no entendió del todo la frase en ese momento. Solo supo, mientras lo veía barrer el desastre con movimientos seguros, que algo en la forma en que él había mencionado a Alessandro —con la cautela de quien nombra a un enemigo sin quererlo admitir— era la primera grieta real de esa mañana, mucho antes de que la lluvia y las cartas de su abuela abrieran las demás.

El polvo de harina seguía flotando, dulce y terco, cuando Marie tomó la segunda escoba del rincón. No lo hizo por generosidad: lo hizo porque quedarse de brazos cruzados observándolo trabajar se sentía más peligroso que ayudar.

—No tenías que hacerlo tú sola —dijo él, sin levantar la vista del montón de harina que estaba recogiendo.

—No lo hago por ti. Cuanto antes termines, antes te vas.

Octavio sonrió a medias, sin la seguridad de antes. Algo en la frase de Marie le había dolido un poco, y no lo disimuló del todo.

Barrieron en silencio un rato. El silencio no era cómodo, pero tampoco hostil: era el silencio de dos personas midiéndose.

—¿Vas a evaluar la finca tú solo? —preguntó Marie al fin—. ¿O trabajas con alguien del pueblo?

—Solo. Por ahora. —Una pausa breve, calculada—. Alessandro Rossi presentó también una oferta al notario. Es el constructor de referencia en San Vincenzo, y no le hizo gracia que un extranjero recién llegado se quedara con la tasación.

—¿Por eso los perros?

—Los perros son de verdad. Pero no creo que fuera casualidad que estuvieran sueltos justo cuando yo pasaba.

Marie se detuvo con la escoba a medio camino.

—¿Estás diciendo que alguien intentó que te mordieran?

—Estoy diciendo que en un pueblo pequeño, la gente nueva empieza en desventaja. No es la primera vez que me pasa.

Había algo en su tono —ni quejumbroso ni dramático, apenas una constatación— que le recordó a Marie una lección aprendida a la fuerza. No preguntó más. Todavía no.

Terminaron de limpiar. Ella preparó dos espressos sin ofrecerle elegir y le tendió una taza sin decir nada. Fue él quien rompió el silencio esta vez.

—¿Puedo pedirte algo, además del café?

—Depende.

—Que si decides confiar en mi tasación de la finca, lo hagas sabiendo que hay alguien más interesado en que yo fracase. Prefiero que lo sepas ahora, y no que lo descubras después y pienses que te oculté algo.

Marie lo estudió por encima del borde de la taza. Era exactamente el tipo de advertencia que Marco jamás le habría dado: él prefería que ella descubriera las cosas sola, tarde, cuando ya no había manera de protegerse.

—Está bien —dijo—. Puedes acompañarme a ver la finca. Pero solo a observar. No prometo nada más.

—Entendido. Solo observar.

Salieron por la puerta trasera. El aire de octubre olía a tierra húmeda y a hojas de olivo. Octavio cojeaba ligeramente del tobillo derecho, resto de la caída, aunque no lo mencionó y Marie tampoco preguntó esta vez.

Caminaron en un silencio distinto al de la cocina: uno que empezaba, sin que ninguno lo dijera en voz alta, a parecerse a una alianza incómoda contra un tercero que todavía no tenía cara del todo para Marie, pero que ya tenía nombre.

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