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3.

Author: Jessiwrites
last update Petsa ng paglalathala: 2026-10-08 15:30:03

Ya no había vuelta atrás; Hazel exhaló profundamente cuando el ascensor llegó al ático de Damiete. Extrañaría a Pearl, que ahora se quedaba con Beatrice. Le había costado un mundo no llorar al dejarla atrás.

Hazel entró usando la tarjeta de acceso que le habían dado, arrastrando sus maletas por el elegante suelo de mármol. Según las condiciones impuestas, compartirían el dormitorio principal. Algo que le desagradaba profundamente.

La única señal de que había alguien en la habitación eran las sábanas revueltas de la cama *king-size*. ¿Dónde estaba él?

La puerta del baño chirrió al abrirse y él salió. Un jadeo escapó de sus labios: «¡Dios mío!». Sus ojos lo recorrieron por completo de un vistazo, aunque ella se había dicho que no lo hiciera.

Sin camisa, con el cabello revuelto, pantalones deportivos grises colgando peligrosamente bajo en las caderas... y aquel bulto... Tragó saliva con dificultad.

Damiete esbozó una sonrisa burlona, habiendo captado claramente su reacción. «Buenos días, señora Torres».

Hazel hizo una mueca de disgusto y siseó. Ni siquiera seis meses bastarían para acostumbrarse a ese nombre.

«Has llegado temprano». Él bostezó y se estiró con una confianza despreocupada que le revolvió las entrañas.

«La puntualidad es un hábito mío. Tú no lo entenderías».

Él señaló hacia el vestidor. «Puedes guardar tus cosas ahí».

«Vale». Hazel abrió las cremalleras de sus maletas y comenzó a colocar la ropa en los cajones, mientras Damiete se ponía a hacer flexiones con total naturalidad, como si nada.

Intentó ignorarlo, pero de vez en cuando sus ojos la traicionaban, observando cómo se movían los músculos de su espalda, el tatuaje que se extendía por ella y el sudor que brillaba sobre su piel, haciéndolo parecer un pecado prohibido esculpido en piedra.

«¿Qué te pasa?». Hazel se dio una bofetada mental.

«Hoy tenemos una sesión de fotos», dijo él, poniéndose en pie para alcanzar sus mancuernas.

«¿Qué sesión?».

«Una portada para la revista NUDE», respondió sin mirarla.

Los ojos de Hazel se abrieron de par en par. ¿NUDE? Era una de las revistas más populares del sector. Ella había pasado noches soñando con ser una de esas mujeres atrevidas que aparecían en sus páginas satinadas.

—¿Qué pasa? —preguntó él, al notar su expresión—. Si no quieres...

—Lo haré —interrumpió Hazel rápidamente, neutralizando el tono de su voz.

Él sonrió. —Va a ser divertido.

LA SESIÓN DE FOTOS

El dormitorio principal se había transformado en un estudio fotográfico profesional. Luces, fondos y accesorios llenaban el espacio. Hazel estaba sentada en un rincón, preparándose con una maquilladora.

La estilista se acercó mientras hojeaba unas fotos de los conjuntos que ella luciría. Hazel parpadeó al verlos: lencería roja y negra. Sensual, atrevida y peligrosa. Sintió que se le secaba la garganta.

En la primera escena, Damiete estaba esposado a una silla; sin camisa, lucía peligroso y sexy. Hazel vestía encaje rojo y sostenía un látigo.

—¡Uno, dos... acción! —gritó el director.

Hazel caminó lentamente hacia él, dejando que su bata de seda se deslizara por sus hombros. La lencería roja se ceñía a sus curvas; cada paso atraía la atención de la cámara... y la mirada de Damiete. Su nuez se movió al tragar saliva mientras sus ojos la devoraban.

Ella deslizó lentamente el látigo por el pecho de él. La cámara disparó, capturando la primera imagen.

En la siguiente pose, ella le sostenía el rostro entre las manos mientras ambos se miraban a los ojos. Se le cortó la respiración.

—Estás disfrutando de esto más que yo —dijo él con voz baja y burlona.

—No, no es así —respondió ella rápidamente, intentando sonar indiferente.

Pero sus pezones endurecidos, rozando el pecho de él, la delataron. Sintió cómo el calor le subía a las mejillas.

—Ahora —dijo el director dando una palmada—, vamos a darle más picante. Tenéis que besaros; es la guinda del pastel.

Hazel se tensó. ¿Besarse? Eso no estaba en el plan, y era lo último que ella quería.

—¿Hay algún problema, señora Torres? —preguntó el director.

Hazel negó con la cabeza. —No. —Veo que eres tímida —bromeó la directora—. Haz como si no estuviéramos aquí. Imagina que estáis solos los dos —añadió, guiñándole un ojo.

—Sí, señora Torres —dijo Damiete con una sonrisa pícara—. Solo nosotros dos.

Hazel quiso estrangularlo, pero entonces recordó el dinero. En su lugar, se inclinó hacia él —con el corazón latiéndole con fuerza— y presionó sus labios contra los de él.

Damiete no dudó: la besó con auténtica pasión.

—Besas bien —murmuró contra su boca—. Y tus labios...

—Solo hago lo que pidió la directora —respondió ella bruscamente, apartándose.

La siguiente escena era en la cama.

Hazel se cambió y se puso lencería negra. Esta vez no esposaron a Damiete; él estaba encantado.

Ella se colocó a horcajadas sobre él, con las manos en la corbata de seda roja que él llevaba al cuello. Él le agarraba los glúteos y su aliento cálido rozaba la piel de ella.

—Prefería el rojo —susurró él al oído de ella—. Aunque el negro también es sexy.

—Nadie te ha pedido tu opinión. —Ella sonrió para la cámara, pero su tono era cortante.

—Eres una mujer de armas tomar —gruñó él, atrayéndola más hacia sí—. Eso es lo que te hace inolvidable... incluso después de cinco años.

La sangre le hirvió. Eso fue la gota que colmó el vaso. Cualquier pensamiento sensual que hubiera tenido se esfumó. Le lanzó una mirada furiosa.

La directora aplaudió. —Perfecta, Hazel. Mantén esa expresión.

Las cámaras dispararon, tomando más fotos.

Cuando por fin....finalmente terminó, el director prometió enviarle un ejemplar de la revista antes de su lanzamiento. El equipo recogió sus cosas y se marchó.

Una hora más tarde, la puerta se cerró tras los últimos miembros del equipo. El ático quedó envuelto en un silencio ensordecedor, denso y cargado de electricidad.

Hazel exhaló. Su piel aún hormigueaba donde habían estado las manos de él; sus labios todavía ardían por el beso que, en teoría, no debía haber disfrutado.

—Voy a darme un baño —dijo, envolviéndose con fuerza en su bata.

—¿Ya estás huyendo de mí? —preguntó él, con voz tranquila y divertida.

Hazel se volvió hacia él. —¿Qué quieres decir con eso?

—Quiero decir... —él se levantó de la cama, estirando los brazos con pereza por encima de la cabeza— que tienes prisa por escapar.

—Estuve semidesnuda frente a gente durante media hora; necesito un baño.

—Desconocidos —rio entre dientes—. Me besaste como si no hubiera nadie más aquí aparte de nosotros.

—Tú también me besaste —señaló ella, levantando la barbilla.

Él se encogió de hombros. —Nunca dije que no quisiera hacerlo.

Ella retrocedió un paso. —Eso no fue real. Estábamos trabajando.

—¿De verdad? —Su tono era oscuro y juguetón—. Porque tu cuerpo decía lo contrario.

Las mejillas de Hazel ardieron de vergüenza. Odiaba lo mucho que él tenía razón y cómo su cuerpo la había delatado tantas veces.

—Diez millones de dólares, señor Torres —le recordó ella con frialdad—. De eso se trata esto. No de una historia de amor —puso los ojos en blanco.

Damiete se movió con rapidez, acorralándola entre su cuerpo y la pared. Apoyó la palma de la mano junto a la cabeza de ella y bajó la voz.

—Entonces deja de mirarme como si fuera el único hombre con el que te has acostado.

Sus miradas se cruzaron durante lo que pareció una eternidad: calor, resentimiento, tensión y algo no dicho ardían en el espacio que los separaba. —Eres mía, Hazel. Durante este año, cada centímetro de ti me pertenece, y me aseguraré de que así siga siendo.

Hazel se acercó; sus ojos ardían de odio.

—Y yo me aseguraré de que sufras exactamente igual que yo.

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