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Casada con el Rey de la Mafia
Casada con el Rey de la Mafia
Autor: Alejandra Soto

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last update Data de publicação: 2026-08-26 04:15:05

La habitación era tan grande que podría haber albergado un ejército. Techos altos con molduras doradas, candelabros de cristal que colgaban como coronas silenciosas, y alfombras tejidas a mano que amortiguaban cualquier sonido. La mansión Beranov exudaba poder, opulencia… y peligro. Todo en ese lugar gritaba una sola cosa: él está por encima de todos.

Alessia Bianchi estaba parada en el centro de la habitación, rodeada por tres sirvientas vestidas de negro. No hablaban. Solo trabajaban con precisión, como si supieran exactamente qué hacer sin necesidad de órdenes. Una de ellas sostenía un frasco pequeño de cristal con una esencia ámbar brillante. Abrió el tapón y un perfume embriagador llenó el aire: era dulce, intenso… provocador.

—Levante los brazos, gas-pah —susurró una de ellas.

Alessia obedeció con la dignidad de una reina, aunque por dentro sentía cómo su estómago se encogía. No por miedo… no aún. Era la anticipación, el maldito peso del silencio que envolvía la noche.

Las manos frías de las sirvientas comenzaron a untar la esencia perfumada por su piel desnuda. Su cuello, sus hombros, sus brazos… Bajaban lentamente, como si marcaran un territorio que ya no le pertenecía. El aceite resbalaba con una suavidad insultante, deslizándose por su abdomen, por sus caderas, y más abajo… hasta sus piernas. Alessia contuvo el aliento. Cerró los ojos.

Esta es mi noche de bodas, pensó con amargura. Y él tiene derecho a todo mi cuerpo. A todo.

Su ahora esposo.

Pavel Beranov.

El heredero de la mafia rusa. El hombre al que llamaban el Rey de Hierro. Implacable. Frío. Intocable. Nadie se atrevía a mirarlo directamente a los ojos. Decían que su mirada era como el filo de una navaja… y cortaba sin piedad.

Ella lo había mirado a los ojos. Incluso se había atrevido a desafiarlo con palabras que, en otro tiempo, habrían costado la vida. Pero ahora… ella era su esposa.

Cuando el aceite comenzó a secarse sobre su piel, las sirvientas le colocaron una prenda que Alessia no vio venir. Un camisón de encaje blanco, traslúcido. Apenas un velo que acariciaba su cuerpo, revelando más de lo que ocultaba.

—¿Qué demonios es esto? —murmuró, apenas audible.

—Es la tradición, gas-pah —contestó una de las mujeres, evitando su mirada—. Para su rey.

El camisón se pegaba a su piel como una segunda capa de vulnerabilidad. Cada curva, cada sombra, quedaba expuesta a través de la tela fina. Alessia sintió el calor subirle al rostro, una mezcla de vergüenza y repulsión. No por él. No por su cuerpo. Sino por el hecho de saberse entregada como un trofeo. Como un peón más en el maldito juego de poder entre dos imperios mafiosos.

Pero más allá de la humillación, había algo que Alessia no podía negar: por primera vez en su vida… sentía miedo.

Recordaba cómo lo había tratado. Cómo se había negado a bajar la cabeza, incluso cuando su padre le suplicó que no lo provocara. Ella lo había desafiado con palabras, con miradas, con su actitud. Y ahora… él tenía en sus manos la oportunidad perfecta para hacerla pagar.

La puerta se abrió con un leve crujido. Las sirvientas se retiraron sin decir una palabra. El aire se tensó. Y el sonido de pasos firmes sobre la alfombra anunció que el Rey de Hierro había llegado.

Y que la noche apenas comenzaba.

Días antes

Los jadeos llenaban el aire, seguidos de gemidos ahogados y el sonido húmedo de los cuerpos en movimiento. La habitación, impregnada de deseo y humo de habano, era testigo de otro encuentro ilícito en la cama del hombre más temido del este de Europa.

Irina montaba sobre él, con el cabello desordenado, el rostro encendido y las uñas marcadas en su pecho. Cuando sus cuerpos llegaron al clímax, ella se desplomó sobre su torso, agotada, con el corazón retumbando en su pecho. Ambos respiraban con dificultad, intentando recuperar el aliento.

—¿Por qué te vas a casar con ella? —susurró Irina, su voz aún temblando, pero con una nota de interés más allá del sexo.

Pavel Beranov no abrió los ojos, solo murmuró con desdén:

—Porque es un trato firmado cuando solo teníamos quince años.

Irina levantó la cabeza, molesta por su respuesta.

—Pero no la amas… ni siquiera la has visto —insistió, tratando de sonar dulce, aunque la manipulación era evidente en su tono.

—Es un negocio. —La voz de Pavel era fría, cortante.

Irina frunció los labios.

—Yo también soy de una buena familia. Podrías casarte conmigo...

Pavel abrió los ojos y la miró con una mezcla de aburrimiento y lástima.

—Cariño… ella es la princesa de la mafia italiana. Nuestra mayor competencia. Es un tratado de paz. No es amor, es estrategia.

Irina arrugó el rostro con desprecio.

—¿Y si es fea?

Esa frase bastó para que la paciencia de Pavel se resquebrajara. Se incorporó, con el ceño fruncido.

—No importa. —Su voz fue seca, autoritaria. Molesto. Cortante como un cuchillo—. El trato está hecho. Punto.

—Pero yo te amo… nos la pasamos tan bien juntos… —lloriqueó Irina, tratando de tocar su rostro.

Pavel soltó una risa sarcástica que llenó la habitación como un golpe.

—¿Crees que no sé que te acuestas con otros cuando no estás conmigo? No me importa con cuántos estés. Pero no voy a casarme con una puta.

La apartó sin delicadeza, y se levantó de la cama. Caminó hacia una cómoda, sacó un fajo de billetes y se los arrojó sin mirarla.

Irina, ahora con lágrimas en los ojos, gritó, furiosa:

—¡No necesito tu maldito dinero!

Pavel se giró, su mirada como hielo.

—Aún así tómalo. Y vete de mi habitación.

Su tono final fue como un disparo.

—El matrimonio entre tú y yo… jamás podrá ser.

Pavel se dirigió al baño y cerró la puerta tan fuerte como pudo.

El agua caliente caía en cascada sobre el cuerpo de Pavel, deslizándose por su piel como si quisiera arrastrar también sus pensamientos.

En su mente, la voz de Irina seguía dando vueltas, como un eco persistente.

¿Y si mi futura esposa es fea? La pregunta, que en otro momento podría haber desestimado sin más, ahora se colaba con insistencia entre sus ideas.

Trató de calmarse. Cerró los ojos y respiró hondo, dejando que el agua le cubriera la cara, el cuello, los hombros. No importa cómo sea. Aunque sea fea, tengo que hacerlo. Es un negocio. Un pacto firmado por mi padre, por la familia. No puedo negar lo que ya fue decidido.

Se frotó el rostro con fuerza, como intentando borrar la imagen que había formado en su mente, esa idea que se negaba a desaparecer. Sabía perfectamente lo que estaba en juego. No era solo su futuro, era el de toda la mafia rusa. El futuro rey debía cumplir con su destino, y su destino estaba sellado en ese matrimonio.

Mi padre dijo que solo me convertiré en el Rey de Hierro si me caso con ella, pensó con un dejo de resignación. Así que debo hacerlo. No puedo fallarle. Ni a mi familia.

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  • Casada con el Rey de la Mafia    12

    Se puso un vestido que dejaba al descubierto cada una de sus curvas. La tela se ceñía a su figura como una segunda piel y terminaba apenas a la altura de los muslos. Combinó el atuendo con tacones rojos y un labial carmesí que resaltaba la intensidad de sus labios. Después de mirarse al espejo una última vez, se sintió lista para marcharse, aunque por dentro seguía nerviosa e irritable.El helicóptero despegó, elevándose hacia el cielo mientras los motores rugían con fuerza. El viaje al desierto no le ayudó a calmarse. Aún sentía esa incomodidad en el pecho, como si algo no estuviera bien.Cuando aterrizaron, el personal del desierto salió a recibirlos. La familia de Pavel ya estaba allí, y un largo rollo de alfombra se extendía desde el punto de aterrizaje hasta las lujosas tiendas de campaña que los esperaban.Al descender, saludó a los Beranov con una sonrisa encantadora. Pavel no dejaba de mirarla. Sus ojos recorrían su cuerpo de arriba abajo, deteniéndose en sus piernas y en la c

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    De pronto, la bilis subió por su garganta. Se inclinó hacia un lado y vomitó. Pavel mojó una toalla y le limpió el rostro y el cuello con paciencia. Comenzaba a sentirse un poco mejor.Luego, él se acomodó en el asiento del conductor sin decir una sola palabra y arrancó el auto.—¿A dónde me llevas? —preguntó ella, con voz ronca.Pavel no respondió. Estaba tenso, sus ojos ardiendo de ira. Alessia sabía que algo pasaba. El silencio de Pavel era peor que cualquier grito. Era el tipo de silencio que se sentía antes de una tormenta. Tal vez estaba pensando en cómo castigarla.Cuando llegaron a la mansión, él salió primero del auto y abrió la puerta del lado de Alessia. Como ella aún estaba mareada, la levantó en brazos y la llevó directamente a su dormitorio.—¿Puedes desnudarte? —preguntó al llegar, mirándola fijamente.En cuanto la soltó sobre la cama, cayó de espaldas en el colchón y soltó una carcajada.—Iba a quitarte la ropa yo —anunció él, acercándose.—¡Qué! ¡Ni loca! —replicó ell

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    Mañana sería la despedida de soltero de Pavel y Alessia y, al día siguiente, ambos partirían hacia el desierto para celebrar su unión definitiva. Él la besó en la frente con dulzura antes de desearle buenas noches y salir de la habitación. Ella, demasiado sorprendida por la situación, no logró reaccionar.Hoy era su día: la despedida de soltera. Llevaba un vestido de cóctel verde y toda la mansión había sido decorada para la ocasión. Todas sus amigas estaban invitadas. Mientras se preparaba, recibió una llamada de Pavel.—¿Qué estás haciendo, princesa? —preguntó él.—Preparándome. ¿Y tú? ¿Qué está pasando allá?—Mis hermanos y yo iremos a un club de striptease para celebrar mi despedida de soltero antes de la boda —contestó, como si nada.—Ah, ¿sí? Pues yo también planeo salir con mis amigas después de la fiesta. Tenemos una apuesta: a ver quién consigue más números de chicos —respondió ella con una sonrisa traviesa.—¿Qué…? Espera, ¿vas a salir? —preguntó él, sorprendido.—Bueno, no

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    "Puede que no tenga el título de princesa, pero eso no significa que no pueda actuar como una, idiotas."La reunión estaba organizada en honor a ella. Fue presentada a todos los miembros importantes de la familia. La mayoría la miraban como si fuera una delicada muñeca de porcelana. "Perfecto," pensó, "que crean eso."En el jardín, varios niños jugaban. Alessia, manteniendo su personaje dulce y angelical, se unió a ellos, tomándoles de las manos. Aunque los niños la sacaban de quicio, sonrió como si disfrutara el momento. Los adultos la observaban con ojos brillosos y sonrisas conmovidas.Pavel la observaba desde la terraza. Estaba jugando con los niños, bailando entre risas, y su imagen parecía sacada de un cuento.Aden y Rafael la contemplaban también, visiblemente impresionados.—Quiero advertirles que saquen a esos niños de ahí antes de que conozcan a la verdadera Alessia —murmuró Pavel, cruzado de brazos.—¿Tu prometida es así…? —comenzó a decir Rafael.—Termina esa frase y juro

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