LOGINMientras la espuma se escurría por su cuerpo, Pavel escuchó la voz de su madre que resonaba desde fuera del baño.
Pavel salió del baño con una toalla envuelta alrededor de su cintura, aún con gotas de agua resbalando por su piel. Al abrir la puerta, lo esperaba una escena que lo hizo fruncir el ceño. En su habitación estaban reunidos su madre, su padre, su hermano Aden y su primo Rafael.
Su madre, como siempre, se acercó primero y le dio un beso en la mejilla con cariño. Su padre, de pie junto a la ventana, lo observó con una media sonrisa antes de preguntar:
—¿Estás listo?
La pregunta lo irritó más de lo que debía.
—No soy un niño pequeño —gruñó—. Voy a conocer a mi futura esposa, no a la escuela.
Las risas llenaron la habitación tras su comentario, lo que solo incrementó su molestia.
En ese momento, la puerta volvió a abrirse y entraron su prima política Eve y Kat, la esposa de Aden. Pavel cerró los ojos, sintiendo cómo la paciencia se le deslizaba entre los dedos como el agua de la ducha.
—¿Por qué toda la maldita familia viene a mi habitación? —espetó con fastidio.
Kat se acercó a él con una sonrisa burlona mientras le despeinaba el cabello como si todavía tuviera diez años.
—Porque el chico va a conocer a su futura esposa y queremos desearle buena suerte —bromeó.
—No me llames chico —murmuró Pavel, claramente irritado.
—No lo haremos cuando te cases —se burló Eve con una sonrisa cómplice.
Pavel apretó la mandíbula y señaló la puerta.
—Tengo que prepararme, ahora todos fuera.
—Lo haremos, pero antes quiero darte algo —dijo Aden, deteniéndose antes de salir.
Pavel lo miró con sospecha.
—¿Qué es eso?
Aden le entregó una tarjeta con un número escrito.
—El número del cirujano plástico de Kat. Por si tu futura esposa resulta ser… ya sabes —dijo con una sonrisa provocadora.
La carcajada colectiva fue inmediata. Incluso Kat rodó los ojos antes de darle un puñetazo en el hombro a su esposo por la broma.
Pavel no dijo nada. Se quedó allí, en medio del cuarto, mientras todos salían entre risas. Pero su expresión seguía seria. Se vistió lentamente, en silencio, dejando que sus pensamientos lo invadieran.
No hay fotos. No hay redes sociales. No hay nada.
La única hija del Rey de la Mafia Italiana. Alessia Bianchi.
Su futura esposa era una incógnita. Un misterio. Un acuerdo de paz con forma humana.
Poco después, Pavel descendió al garaje donde su padre y Aden ya lo esperaban en el primer coche. Rafael lo aguardaba en el segundo. Sin decir palabra, se subió con él. Ambos vehículos salieron de la mansión Beranov fuertemente escoltados. A pesar de la tregua, nadie confiaba plenamente. No todavía.
Durante el trayecto, Pavel no dejó de pensar en ella. ¿Y si realmente es fea? La pregunta lo martillaba sin cesar. Pero no importaba. Me casaré con ella si quiero ser rey de la mafia rusa. Y de la italiana.
El viaje concluyó frente a la imponente mansión de los Bianchi. Una estructura elegante, de inspiración clásica, donde el mármol blanco y los detalles dorados reflejaban una riqueza antigua y peligrosa. Los guardias italianos los recibieron con semblantes imperturbables y los guiaron hasta la oficina principal.
Allí, detrás de un escritorio ornamentado, estaba él: Vittorio Bianchi, el temido patriarca. Sonreía como un lobo que ofrecía la rama de olivo con una mano, mientras sostenía un puñal con la otra.
Pavel lo miró directamente a los ojos, y su padre le devolvió el gesto. Apretaron manos como socios, como enemigos obligados a sellar la paz con sangre nueva.
—Hoy es el principio del fin de esta guerra —declaró Vittorio, con voz profunda—. Y todo comenzará con la unión entre tu hijo… y mi hija.
Pavel, de pie junto a su padre, asintió con la mandíbula tensa. No sabía qué rostro iba a encontrar del otro lado de esa puerta, pero lo único que tenía claro era esto: no había vuelta atrás.
Mientras los acuerdos se discutían dentro de la majestuosa oficina de los Bianchi, Pavel apenas podía prestar atención. Su mente estaba nublada por la ansiedad y la incertidumbre. Y entonces sucedió.
La puerta se abrió de golpe y una joven entró con paso firme y mirada segura. Caminó como si el mundo le perteneciera, como si no existieran hombres armados, enemigos ni tensión. Sin embargo, su vestido era anticuado, su rostro no era agradable, y su actitud… demasiado segura. Se sentó con total naturalidad al lado de Vittorio Bianchi y saludó a todos con una sonrisa desagradablemente confiada.
Pavel tragó saliva. ¿Esa… es Alessia? ¿La princesa de la mafia italiana?
Aden, sentado a su lado, soltó una carcajada apenas contenida. Rafael también comenzó a reír, tapándose la boca. Aden, para rematar la humillación, le envió discretamente a Pavel el número del cirujano plástico otra vez. Esta vez con un emoji de guiño.
Pavel sintió que el mundo se le caía encima.
¿Qué m****a es esto? gritó en su cabeza. No, no quiero hacer esto. No quiero casarme con ella. Pero ya acepté este matrimonio. ¡Soy el soltero más codiciado de Europa! ¿Y ella… es mi futura esposa?
Pero antes de que su desesperación pudiera intensificarse, la voz de Vittorio lo sacó de su espiral mental.
—Quiero presentarles a mi segunda esposa —dijo con orgullo, señalando a la joven sentada a su lado.
Pavel parpadeó, confundido. ¿Su segunda esposa? Miró a la chica de nuevo y comprendió. No era Alessia. No era la princesa. Una mezcla de alivio y disgusto cruzó por su rostro. ¿Cómo pudo casarse con una chica de la edad de su hija? Pero esa era su preocupación, no la de él. Lo único que importaba ahora… era que ella no era Alessia.
Relajado, se acomodó mientras los dos jefes mafiosos hablaban sobre fechas, tratos, logística.
Sin embargo, Pavel ya no quería estar ahí. Se levantó sin decir nada y salió de la oficina. Caminó por los pasillos silenciosos de la mansión, admirando la arquitectura. Columnas talladas a mano, suelos de mármol, candelabros traídos de Florencia… todo respiraba poder y tradición.
Entonces la vio.
En el jardín, junto a una fuente, de espaldas a él, estaba una figura femenina vestida con un maxi blanco que se movía suavemente con la brisa. Llevaba perlas verdes en su cuello, y el contraste con su piel oliva era exquisito. Sus curvas delineaban una silueta perfecta. Algo en su porte lo hipnotizó. Se acercó con cautela, sin poder apartar la vista.
Y cuando ella se giró… el tiempo se detuvo.
Sus ojos eran color avellana, brillantes, llenos de vida y peligro. Sus labios eran de un rojo natural, como fresas recién cortadas, y su cabello largo y ondulado caía como una cascada castaña por sus hombros. Era como una obra de arte. No… era más que eso. Era un ángel. Un ángel con aura letal.
Pavel no podía moverse. No podía pensar.
En ese instante, un camarero pasó cerca, tembloroso, llevando una bandeja con tazas de café. Tropezó. Una de las tazas se volcó justo sobre el vestido blanco de la joven.
Pavel dio un paso al frente, furioso. Iba a gritarle, a golpearlo por su torpeza. Pero no le dio tiempo.
En menos de tres segundos, la joven desenfundó un arma de la parte posterior de su vestido, la cargó con precisión y disparó.
Una sola bala. Directa a la cabeza del camarero.
El cuerpo cayó con un golpe seco sobre el mármol del jardín, y el café siguió derramándose… esta vez, mezclado con sangre.
Pavel se quedó helado.
La chica guardó el arma con una elegancia escalofriante, giró su rostro hacia él… y sonrió.
—Odio el café frío —dijo con voz serena.
Pavel sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Esa… debe ser Alessia Bianchi.
Y, por primera vez en su vida, Pavel Beranov sintió que algo, o más bien alguien, podía destruirlo por completo.
El hombre gritó, convulsionó y cayó, lo que me dio un segundo de ventaja.—Ve a pedir ayuda —ordené a Kate con la voz ronca.Ella me miró, incapaz de moverse al principio.—No puedo dejarte así, estás sangrando —sollozó, limpiándose la ropa con manos temblorosas.—Vete ahora. Si él consigue los archivos, habrá una catástrofe —insistí, agarrándome el vientre con la otra mano.Kate dudó, pero entonces sus ojos se llenaron de lágrimas.—Lo siento… —balbuceó—. Perdóname, por traicionarte, por odiarte, por todo —dijo antes de echar a correr.Asentí con la cabeza sin palabras; no había espacio para la venganza ahora. Me aferré al costado herido, conteniendo el dolor, y me incorporé con dificultad. Tenía que alcanzar la oficina donde Brandy había ido por los documentos.Pavel Beranov—Los matamos a todos. La mansión está asegurada ahora —dije por radio—. Sólo quedan algunas de sus ratas con vida.Estaba en medio de darles caza cuando sonó mi teléfono. Era Cristiano.—¿Qué pasa, Cristiano? —p
—Está bien, deja de matar a mis hombres —dijo Brandy—. Puedes quedarte con ella, pero primero suelta tu arma.—Vale —respondí—, lo haré al mismo tiempo. Envía a la chica hacia mí y yo soltaré mi arma —dije, aunque no era lo bastante estúpida como para rendirme realmente. Hacía un momento había usado la ametralladora que Pavel me había quitado; era mi única oportunidad de alcanzar a ese bastardo.La empujaron y yo bajé lentamente el arma al suelo, planeando recogerla de nuevo. Sonreí con confianza. Cuando Kate fue acercándose, sana y salva, me dispuse a recuperar el arma… pero no pude. No entendía qué había pasado: pateó mi arma hasta los pies de Brandy y, acto seguido, me asestó una fuerte patada en el estómago. Caí al suelo; un dolor agudo me atravesó el cuerpo. Sostuve mi vientre, atónita, mientras me pateaban de nuevo; doblé las piernas para proteger mi abdomen.—Perra —gruñó uno de ellos, golpeándome sin piedad.—Kate, ¿por qué haces esto? ¡Somos familia! —pregunté, y las risas au
Tras exactamente cinco minutos, mis hombres se reagruparon y salimos del edificio. No les di tiempo para huir: bombardee el lugar hasta convertirlos en cenizas.—¡Dense prisa, chicos! —grité—. ¡Nos necesitan allá! —Subimos a los coches y partimos a toda velocidad.—Relájate, hermano. Estarán bien. Todos estarán a salvo —me dijo Rafael, dándome una palmadita en el hombro.—Tienen que estar bien —murmuré, apretando la mandíbula.Recorrimos la distancia en apenas quince minutos, conduciendo a más de ciento cuarenta. La rabia ardía en mis ojos. ¿Cómo se atrevían?Alessia BianchiEl embarazo me estaba afectando: el cansancio y las náuseas no me dejaban. Me sentía agotada y con hambre constante.Intentaba dormir cuando una explosión me despertó. Había oscuridad en la habitación; parpadeé un par de veces para situarme. Me puse los zapatos y salí a ver qué ocurría.Desde el pasillo, Romero vino corriendo hacia mí.—¿Qué pasa? ¿Qué es ese ruido? —pregunté.—Estamos siendo atacados. Han bombard
—¿Por qué? ¿Qué hizo la pobre mami? —pregunté sonriendo.—Es cruel. Sabía que tu pobre esposo te esperaba y aun así pasaste dos horas hablando —se quejó.—No te preocupes, ahora compensará sus crímenes —respondí, tomándolo por la cintura. Nos perdimos en la mirada, la respiración y el calor del otro.Fue muy tierno y cariñoso conmigo. Siempre le gustó el sexo duro y rudo, pero Pavel no estaba en ese plan ahora; me amó y me cuidó toda la noche, y yo también lo extrañaba. Luego nos dormimos en los brazos del otro.Por la mañana me desperté y él ya se preparaba para ir a algún sitio.—Bebé, sigue durmiendo. Es muy temprano. Tengo una reunión importante y voy con retraso —dijo mientras se ajustaba la corbata. Iba con prisas.—¡Oh, mierda! —exclamó molesto por la prisa. Me levanté de la cama, desnuda, y me puse frente a él para ayudarle con el nudo.—No digas palabrotas ni vuelvas a soltar esas palabras delante del niño, ¿de acuerdo? —le recriminé mientras le ajustaba la corbata.—¿Por qué
Vi una nota dentro de la caja. La tomé con manos temblorosas y la abrí.Felicitaciones a ambos. Van a ser padres. Ahora conocerán el dolor de perder a su hijo. Nos veremos pronto. —Pavel y Alessia.Pavel arrancó la nota de entre mis dedos y la rompió en pedazos. Llamó a los hombres que habían traído el paquete.—¿Quién te dio esto? —preguntó con furia.—Señor, alguien me dijo que era una sorpresa para la señora. No me dijo quién lo envió —respondió el mensajero.Pavel le propinó una bofetada. —Lo recogiste en la casa sin siquiera preguntar quién era. ¡Idiota! —rugió. Y le dio una patada en el estómago.Intentaba escuchar lo que decían a mi alrededor, pero la sangre me daba náuseas; corrí al baño y vomité. Cuando volví a la habitación, me secaba la cara mientras Pavel caminaba inquieto de un lado a otro.—¿Estás bien? —me preguntó, tomándome en brazos.—Sí, estoy bien. No te preocupes —dije, sentándome en la cama.—No te preocupes, bebé. Estoy contigo. No permitiré que le hagan daño a
—No, estaba más preocupado que enojado. Nunca vuelvas a hacer eso, ¿está bien? —me advirtió con firmeza.Alessia Biachi—Está bien —le respondí, asintiendo con una sonrisa. Pero lo que no sabía era que pronto volvería a repetir la historia.Pavel Rostov—En unos meses pareceré un pingüino… o un pato —dijo Alessia mientras estaba recostada en la cama. Intenté contener la risa ante su ocurrencia, pero fue imposible. Las carcajadas se me escaparon y ella me golpeó el brazo con fuerza.—¿Te estás riendo de mí? —preguntó, frunciendo el ceño.—Solo tú eres capaz de hacerme sonreír así. Nadie más puede hacerlo —dije, y una sonrisa se dibujó en su rostro.Estábamos tumbados en la cama, mirando el techo a oscuras, cuando la escuché murmurar otra vez:—Pavel, los niños huelen mal… y hacen mucho ruido. —Se quejó con voz adormilada.—Estoy seguro de que no pensarás lo mismo cuando sean tus hijos —respondí, conteniendo otra sonrisa ante su comentario.—Vamos, prepárate. Todos nos están esperando p







